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jueves, 13 de febrero de 2014

Especial de San Valentín 2014 (Día 4)


Bueno... este especial llega prácticamente a su final con otra novela ambientada en este día tan especial.
Sinceramente, me costó bastante encontrar novelas de este tipo pero al final, aquí están....
Hoy, os traigo Boda en San Valentín de Jane Feather


Sinopsis

De niños, lady Emma Beaumont y lord Alasdair Chase habían sido amigos inseparables, y más tarde, novios prometidos. Pero algo salió mal y Emma lo abandonó a un paso del altar. Dos años después, Emma hereda una sustanciosa fortuna pero sujeta a una pequeña condición: hasta el día en que se case no podrá gastar ni un centavo sin el consentimiento de Alasdair.

La idea de tener que acudir a él y ver su sonrisa sardónica cada vez que necesita dinero se le hace insoportable, así que Emma le jura que antes del día de San Valentín tendrá un esposo...y un amante.

En adelante, Alasdair empleará todas sus energías en convencer a la terca y apasionada Emma de que él le conviene más que cualquier otro hombre. ¿Lo conseguirá ?

Y como los días anteriores, aquí está el libro AL COMPLETO.
Que lo disfrutéis, y por favor, espero vuestros comentarios!!!!




miércoles, 12 de febrero de 2014

Especial de San Valentín 2014 (Día 3)


Tercer día y el último para esta pequela Antología, que llega a su fin con la novela El Sabor del Pecado de Kate Hoffmann.


Sinopsis

Los propietarios de una prestigiosa tienda de dulces querían demostrar la teoría de que el chocolate era el mejor afrodisiaco del mundo. Para ello llevaron a cabo un estudio muy poco ortodoxo que disfrazaron de promoción de San Valentín. Cuando los confiados clientes empezaron a probar el chocolate... los resultados fueron sencillamente sorprendentes.
Kel Martin y Darcy Scott, que habían tenido una aventura de una noche hacía cinco años, acabaron de nuevo en la cama juntos... ¡y no deseaban salir!

Y, como en los días anteriores, aquí os dejo esta "dulce" historia para poder leerla:



martes, 11 de febrero de 2014

Especial de San Valentín 2014 (Día 2)



Vamos allá con el segundo día de este especial, continuando con la Antología "Dulce Pecado" y la novela Salvaje y Deliciosa de Jacquie D'Alessandro.


Sinopsis

Todos ellos estaban a punto de descubrir el excitante poder del chocolate. Los propietarios de una prestigiosa tienda de dulces querían demostrar la teoría de que el chocolate era el mejor afrodisíaco del mundo. Para ello llevaron a cabo un estudio muy poco ortodoxo que disfrazaron de promoción de San Valentín. Cuando los confiados clientes empezaron a probar el chocolate… los resultados fueron sorprendentes. El formal Daniel Montgomery y la atrevida Carlie Pratt descubrieron que los opuestos no sólo se atraían… ¡sino que hacían que saltaran chispas!

Y aquí está el libro completo:


lunes, 10 de febrero de 2014

Especial de San Valentín 2014 (Día 1)


Ya estoy de vuelta!!
Por falta de tiempo, no he podido publicar nada en estos días, pero ya estoy de vuelta y, como no podía ser de otro modo tratándose de un blog sobre literatura romántica, con un pequeño especial dedicado al día de San Valentín.
Por eso, desde hoy hasta el viernes 14 de febrero, publicaré una novela ambienada en ese día dedicado al  amor y la amistad.
Comenzamos con la pequeña Antología "Dulce Pecado" y la novela Gustos Atrevidos de Janelle Denison.


Sinopsis

Todos ellos estaban a punto de descubrir el excitante poder del chocolate. Los propietarios de una tienda de dulces querían demostrar la teoría de que el chocolate era el mejor afrodisíaco del mundo. Para ello llevaron a cabo un estudio muy poco ortodoxo que disfrazaron de promoción de San Valentín. Cuando los confiados clientes empezaron a probar el chocolate…los resultados fueron sorprendentes. La sensata Rebecca Moore se atrevió a aceptar la propuesta de tener una aventura erótica con un millonario playboy llamado Connor Bassett.

¿Queréis leer la novela? pues en este especial podréis hacerlo, a continuación encontraréis esta pequeña novela al completo para que podáis leerla o descargarla, ¡Que la disfrutéis!


lunes, 6 de enero de 2014

Antología "Relatos para una Navidad" (Completa)


Hoy es el último día de este especial de Navidad y para acabar, subiré la Antología "Relatos para una Navidad" compuesta por tres navideñas y románticas historias.
- "Una Navidad para dos Corazones" de Nora Roberts
- "La Esperanza de la Navidad" de Debbie Macomber
- "Bajo el árbol de Navidad" de Robyn Carr

Una Navidad para dos Corazones
Nora Roberts


Sinopsis

Después de pasar años viajando, el reportero Jason Law volvió a casa. Se había llevado los recuerdos de Faith Kirkpatrick, la novia a la que dejó en su pueblo de nacimiento, y los había conservado durante diez años. Sin embargo, había llegado el momento de recuperar su amor. Ella se había convertido en una mujer con responsabilidades, y él era un aventurero errante. Lo único que podían tener era aquella Navidad…

La Esperanza de la Navidad
Debbie Macomber


Sinopsis

La futura mamá Mary Jo Wyse llegó a Cedar Cove el día de Nochebuena en busca del padre de su bebé. David Rhodes le había dicho que estaría en el pueblo, pero no era cierto. Al averiguarlo, Mary Jo se vio perdida, embarazada y sola. Y no había sitio en ningún alojamiento de la zona… Así pues, Grace Harding recibió a Mary Jo en su casa.
Mary Jo se puso de parto aquella misma noche, y un joven llamado Mack McAfee, técnico médico del cuerpo de bomberos, acudió en su rescate justo en el momento en que los tres hermanos de Mary Jo, los tres hombres Wyse, llegaban al pueblo. La gente de Cedar Cove se unió a ellos para celebrar el nacimiento de la pequeña Noelle. Sin embargo, nadie tenía más que celebrar que Mack. Porque aquella Navidad le dio fe, esperanza y amor…

Bajo el árbol de Navidad
Robyn Carr


Sinopsis

Cuando los amigos de Virgin River descubren una caja de entrañables perritos bajo el árbol de Navidad, llaman al veterinario local Nathaniel Jensen para que les ayude.
¡Pero es su reciente romance con Annie McCarty lo que tiene a las lenguas –y colas– del pueblo meneándose!
 

domingo, 5 de enero de 2014

Especial de Navidad, 5 de Enero del 2014 (Doble Publicación)


Hola de nuevo!!
He estado desaparecida estos día pero ya he vuelto y con doble publicación para compensaros.
Así que hoy, acabaremos la Antología "Cuentos de Navidad" con las novelas "Navidad en Australia" de Margaret Way y "La Primera Navidad de Sarah" de Rebeca Winters.


Antología Cuentos de Navidad 2000
Título: Navidad en Australia (2000)
Título Original: Outback Christmas (1999)
Autor: Margaret Way
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Internacional 229
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Kelvin y Rowena Warrender

Sinopsis:

Después de una separación y del descubrimiento de que alguien había intentado arruinar su feliz matrimonio, la tranquilidad y la soledad de las llanuras australianas parecían el lugar ideal para que el espíritu de las fiestas obrara su hechizo y consiguiera que Rowena y Kelvin comprendiesen que valía la pena luchar por el amor.

Capítulo Uno

La sala de convenciones se hallaba casi llena cuando Ronnie llegó diez minutos tarde y sin aliento. El Primer Ministro se encontraba presente, junto con el ministro de Industria, un senador, representantes de la Unión de Ganaderos y muchos industriales que habían llegado de todos los rincones de las llanuras de Queensland para discutir sobre lo que sucedía con la industria cárnica. Querían hacerle llegar al gobierno la preocupación que tenían y con suerte encontrar algunas estrategias necesarias para encarar el nuevo milenio. Al ser el mayor productor de carne del mundo, Australia, igual que el resto de países productores de carne, padecía un revés en dicho terreno y las convenciones como esa recibían la máxima prioridad.
Tal como se esperaba, los medios escritos y televisivos daban cobertura a la ocasión. Ronnie los conocía a todos. Eran sus colegas. Con la vista abarcó rápidamente la sala repleta y se esforzó por pasar junto a una figura masculina especialmente alta que parecía sobresalir por encima de todos.
Al final vio a dos de sus camaradas. Había un asiento vacío entre ellos, como si se lo estuvieran guardando a ella. Y así era. Muy poca gente lo cuestionaría. Rowena Warrender empezaba a labrarse un nombre en el mundo de las noticias televisadas. No se trataba exactamente de un talento nuevo, ya que llevaba un par de años trabajando para la principal cadena de televisión de Brisbane antes de su resonado matrimonio con Kel Warrender. En aquella época él era uno de los solteros más codiciados del país, hijo y heredero de sir Clive Warrender, el más pintoresco y controvertido de los magnates del ganado.
En ese momento, cuando se decía que su «espléndido» matrimonio se tambaleaba, había regresado a su antigua cadena de televisión para incorporarse al equipo de noticias. Era inteligente, ecuánime, una mujer ya, y no la joven de rostro fresco que había sido.
Además, era una buena periodista y una entrevistadora experta, con un talento natural para conectar con la gente con la que hablaba. Y lo mejor es que quedaba maravillosa ante las cámaras, con su pelo dorado, sus ojos castaños y una voz cautivadora llena de matices. En resumen, poseía el don para atraer al público y, en el proceso, subir en los niveles de audiencia. Para sus jefes del Canal 8, Rowena Warrender era pura magia.
A unos metros de ella, impaciente por que comenzara todo, se encontraba Owen Humphries, el jefe del departamento político de The Courier. Giró la cabeza y vio a Ronnie, que se acercaba nerviosa. «Por su marido, desde luego», pensó Owen con simpatía. Él tampoco había salido ileso de su ruptura matrimonial. Como uno de los potentados del mercado ganadero del país, Warrender estaría presente y sin duda participaría en los debates.
—Eh, Ronnie —llamó, señalando el asiento que había entre Josh Marshall, el famoso presentador de televisión, y él—. Aquí tienes un asiento.
La pobre daba la impresión de poder desplomarse sobre la silla. Todo el mundo en la profesión conocía su triste historia. El matrimonio fallido que había comenzado de manera fulgurante en un torrente de publicidad. Se decía que la pequeña Tessa, de cinco años, al parecer muy traumatizada por la separación de sus padres, se había convertido en una muda que solo hablaba con su madre y con un amigo imaginario. La niña poseía una inteligencia elevada. Owen la había visto con su madre en varias ocasiones.
Tessa Warrender era una jovencita preciosa, pero, como su madre, tenía el corazón roto. Él conocía a la persona vulnerable que se ocultaba detrás de la encantadora fachada de Ronnie.
Como siempre, se la veía magnífica. Todos los hombres de la sala se volvieron a mirarla. Salvo Warrender. A Owen no le extrañó. Se rumoreaba que la separación los estaba desgarrando a los dos.
Ella avanzó en dirección a sus amigos mientras se apartaba el pelo de la cara. En el exterior soplaba un viento fuerte, típico de septiembre. Se había retrasado por quedarse a hablar con la maestra de Tessa, una joven adorable y simpática, y con la psicóloga del colegio, a punto de arrojar la toalla ante la determinación de la pequeña de guardar silencio. Todo el mundo se afanaba por ayudar a su hijita. Sin éxito. Ningún esfuerzo conseguía hacerla hablar.
Por suerte, las compañeras de clase encontraban su «diferencia» exótica. La querían mucho y no se burlaban de ella. Aun así, Tessa era la primera de las alumnas. Incluso había ganado un premio por su extraordinaria habilidad como dibujante. Un libro maravilloso lleno de ilustraciones de hadas y elfos en el reino de la maravilla. También Tessa vivía en su pequeño mundo secreto, que para su madre era fuente de mucha preocupación y angustia.
Josh le sonreía, sin hacer intención de cambiar de asiento… los dos la querían en medio, de modo que tuvo que pasar por delante de las generosas rodillas de Owen, a pesar de que las movió a un lado para hacerle sitio. Era una especie de sibarita de la cocina. Alguien había dicho que no pasaría de los cincuenta si no reducía las grandes cantidades de platos exquisitos y vinos selectos que ingería. Josh, de rostro delgado y atractivo, era su opuesto, y mantenía las distancias con la buena mesa, un esclavo de la excelente condición física y siempre perfecto ante el ojo implacable de la cámara.
—Veo que tu ex está aquí —advirtió Josh con tono de simpatía y protección. Desde su regreso al trabajo sentía pasión por Ronnie.
—No es mi ex, Josh —corrigió con una mueca de dolor—, y tú lo sabes.
—Es solo cuestión de tiempo. Está ahí.
—Cuesta pasarlo por alto —gruñó Owen—. Es demasiado atractivo. Debe ser maravilloso tener ese aspecto y todo ese dinero. Mejor aún, poseer el cerebro y la energía que necesita este país. He de confesar que tengo ganas de oírlo hablar.
Ronnie se alisó la falda corta de su traje rosa y se acercó el bajo a las rodillas.
—No hay nadie mejor —comentó lacónica—. Uno de las grandes virtudes de Kel es avivar el entusiasmo de la gente.
Kelvin Clide Warrender. Un hombre extraordinario. Tenía la piel oscura de pasar la vida bajo el cegador sol de las llanuras y el tupido pelo negro con cierta ondulación. Siempre le había encantado cuando le crecía. Sus ojos eran de una claridad extraordinaria, que iban del plata al gris oscuro, pómulos duros y altos, que acentuaban sus rasgos, aunque exhibía una severidad nueva en su magnético atractivo. Luego surgía la sorpresa inagotable de su sonrisa. Como el sol al salir detrás de una nube. ¿Cuántas veces la había cegado con esa sonrisa?
Incluso sin el asombroso magnetismo de su atuendo cotidiano de ganadero, parecía increíblemente dinámico. Kel era único.
Para la conferencia se había vestido como los demás, aunque no con tanta seriedad. Llevaba un traje gris carbón de lana australiana, de eso Ronnie no tuvo dudas, una cara camisa blanca con rayas azules y una elegante corbata rojo rubí con puntos dorados. Con un metro noventa, sobresalía por encima del grupo con el que hablaba. Todos los rostros lo miraban con atención y respeto. Aparte de su poderosa y aguda inteligencia, deslumbraba de tal manera que a la mayoría de la gente le costaba no mirarlo fijamente. Era como verse atrapado en algún campo gravitatorio.
No había un sitio seguro donde ocultarse.
Kelvin Clive Warrender era un hombre que encendía pasiones. ¿Quién iba a saberlo mejor que ella? En el pasado la pasión que despertó en ella la había consumido. Sin límites. Desde el primer día había llenado su vida con el júbilo más dulce y salvaje. Cielos, ¿de verdad habían pasado siete años? Entonces su carrera ya estaba lanzada; la dominaba la energía y la intensa curiosidad que motivaban a los buenos reporteros. Fue su antiguo jefe, Hugh Denton, quien la envió a tratar de entrevistar a sir Clive.
Este, igual que su hijo, siempre tenía ojos para una mujer hermosa. Había descubierto que los dos emplearían cualquier medio que no incluyera la fuerza para conseguir lo que pretendían. Aunque tampoco necesitaban recurrir a la fuerza. Eran los hombres más dulces y, en última instancia, los más brutales, capaces de robar y aprisionar el corazón de una mujer.
El suegro de Ronnie, como su marido, poseía una naturaleza complicada. Los dos se habían descarriado, demasiado a menudo, pero quizá se debía a sus naturalezas apasionadas. En cualquier caso, los había querido a ambos. A un precio elevado. Kel la había atado en cuerpo, corazón y alma. Los ojos comenzaron a arderle y los apartó del que había sido su adorado esposo. Lo bueno que tenía era que amaba a su pequeña hija aunque no amara a su esposa. Al final Ronnie solo había representado una posesión para él.
Recordó la última y amarga confrontación, cuando por primera vez mostraron sus verdaderos sentimientos… una escena grabada para siempre en su memoria.
—Dejemos clara una cosa, Rowena —le había advertido con esa voz sosegada infinitamente más gélida por su propia serenidad—. Nunca, jamás, abandonaré los derechos que tengo sobre mi hija. Es una Warrender y ocupará su lugar en nuestro mundo. Y te recuerdo también que tú eres mi esposa. Las palabras sobre divorcio para mí significan poco. Eres mi esposa. Lo que tengo, lo retengo.
—¿Por qué no, cuando la posesión lo es todo para ti? —había asentido con amargura—. No creas que he olvidado que eres un gran propietario ganadero, y quítame las manos de encima —centelleó, con el cuerpo aún entonces confuso y agitado.
Pero él apretó las manos con más fuerza.
—Tu decisión de abandonarme solo sirve para dañarnos a todos, Rowena —la fría máscara de control empezó a agrietarse—. No piensas en Tessa. ¿Es que eres emocionalmente ciega? Estos últimos meses han sido terribles para ella y la han afectado hasta el punto de que se retrae como un pequeño animal en su caparazón.
Eso había encendido su indignación maternal.
—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no me domina un pesar insoportable? Pero, ¿qué alternativa hay, Kel? Dímelo. ¿Que tolere tus miserables aventuras?
—Mi transgresión, Rowena —exhibió un rostro casi oscurecido por el dolor—. Una única y maldita noche en que mi estado de ánimo no habría podido estar más bajo. Sé que te sorprendió, pero he intentado repararlo de todas las maneras que conozco. Me estabas haciendo pasar un infierno. Te habías alejado de mí sin ningún buen motivo. Nada era normal.
Intentó abrazarla, pero ella se soltó.
—¿Tratas de decirme que para ti ya no significa nada? ¡Ni lo sueñes! Eres igual que tu padre —se enfureció—. Cualquier mujer atractiva es una presa para vosotros.
—Entonces, ¿por qué me amas? —la aferró por los hombros—. Eres muy hermosa, pero una diosa de hielo, santurrona, llena de prejuicios e incapaz de perdonar. ¿Qué fue de la joven apasionada con la que me casé? Llena de un amor ilimitado e incondicional. ¿Cómo diablos te convertiste en otra cosa? Ahora eres tan fría que bien podrías ser una monja.
—¡Ya es suficiente! —clavó unos ojos furiosos en él—. ¿Quién eres tú para hablar de amor? Nunca me amaste. Lo único que desperté en ti fue lujuria.
Entonces él alzó la mano, como si fuera a golpearla, pero incluso mientras el corazón se le encogía, Ronnie supo que jamás lo haría. Kel era un hombre con estilo. Lo habían educado para comportarse con perfecta cortesía con las mujeres y los niños. Era un caballero meticuloso. No obstante, no era verdad lo que había dicho, pero esa era la posición tan amarga que había alcanzado.
Luego hizo lo que Hilary, su cuñada, le aconsejó.
—Déjalo un tiempo, Ronnie. Sé que yo lo haría. Kel siempre ha conseguido todo a su manera. Haz que se detenga a pensar y note lo que ha perdido. Vete.
Y lo hizo. Huyó mientras Kel se hallaba fuera en viaje de negocios. Por lo que ella sabía, quizá se encontraba con Sasha, la mujer que nunca había salido del todo de su vida. Ni siquiera fue capaz de escribirle una nota. Dominada por la ira de la traición, dejó su hogar y al marido al que adoraba.


La vio en cuanto entró. Había que ser ciego para pasarla por alto. Rowena siempre había irradiado brillo. Su hermoso cabello dorado, el suave resplandor de sus ojos oscuros, que heredó de su madre italiana junto con su fabulosa piel cetrina, el cuerpo grácil que tan bien resaltaba su ropa elegante, esas piernas largas y esbeltas, todo su espíritu, tan luminoso… Rowena Warrender. Su esposa.
Se había trasladado con celeridad para sentarse antes de que el Primer Ministro inaugurara la conferencia, pero su cuerpo se movió más despacio nada más verlo.
«Vete. Déjame en paz, Kel», parecía decir. La verdad era que nunca la dejaría en paz. Formaba parte de su carne, de su ser, y ya nunca podría recuperar la autosuficiencia. Siguió su avance incluso cuando parecía que no lo hacía. Fue a reunirse con Owen Humphries, uno de los periodistas más conocidos y respetados del país, y con ese cabeza hueca de Josh Marshall.
Se concentró en este, interesado en su lenguaje corporal. No había duda al respecto. No hacía falta mucho para percatarse de que Marshall estaba enamorado de su esposa. La gran sacerdotisa de la santidad. Qué incauto al haber elegido a Rowena. Esta no se había relacionado con ningún hombre desde el terrible día en que lo dejó. Se mantenía informado de esas cosas. Con Rowena, cuando te equivocabas, te equivocabas. Otras mujeres perdonaban a sus hombres. Ella jamás.
—Jamás tendrías que haberte casado con ella en primer lugar, Kel —su hermanastra, Hilary, había intentado consolarlo a su no intencionada manera insensible—. No pienses que te culpo. Cuesta mucho no fijarse en Ronnie. Yo misma la quiero, pero no cabe duda de que sabe cómo hacer daño.
¿Daño? Debía haber otra palabra. Para él era como haber caído en el infierno. Las noches eran lo más duro. Por el día podía sumergirse en el trabajo. Su vida transcurría en una especie de trance. Como en ese momento. Ahí estaba con los principales ganaderos del país cuando su mente se hallaba concentrada en Rowena. Sabía muy bien cómo castigarlo. Y a la pobre Tessa, su pequeña princesa, de cabellos dorados como su madre pero con sus ojos grises. En el pasado estos habían reflejado un gozo y una serenidad enormes.
—Papaíto, papaíto, ¿puedes construirme una casa en un árbol?
Para su hermosa hijita él había sido un mago. Podía hacer cualquier cosa. Su última Navidad juntos como familia había sido mágica. En ese momento se acercaba otra Navidad.
No le había puesto las cosas fáciles a Rowena. Había conseguido el derecho a tener a su hija durante períodos de tiempo. En las próximas fiestas la iba a tener siete semanas. Estaba impaciente, aunque la pequeña, sumida en su trauma, nunca le hablaba. Lo besaba, dejaba que la abrazara, le rodeaba el cuello con sus bracitos, pero nunca hablaba. ¿Por qué? Lo consideraba responsable de la nueva y extraña vida que debía llevar.
No era Rowena que la manipulaba. Esta jamás haría algo semejante. Adoraba a su hija tanto como él. En tiempos recientes la había visto llorar al llegar a su límite. Pero nunca le había permitido compartir su pesar. Al acostarse con Sasha, diablos, ¿de verdad lo había hecho o era una de las fantasías de ella?, había destruido la confianza de su esposa. Pero maldita sea si pensaba dejar que se marchara.
Kel pensaba abordarla en cuanto terminara la reunión de la mañana. Si Rowena amaba a su hijita tanto como afirmaba, más le valía aceptar volver a Regina Downs al menos el tiempo que duraran las vacaciones del colegio. Al infierno con su trabajo. ¿Qué había tan satisfactorio en ser una reportera de televisión? Eran padres de una niña herida. Ambos debían encontrar una salida para la pequeña Tessa antes de que quedara atrapada en su mundo de silencio.


Poco después de la una, cuando la conferencia paró para almorzar, Kel la alcanzó cuando ella se dirigía a una salida. El monigote, Marshall, estaba con ella, casi pegado a su lado, pero Rowena captó el mensaje en sus ojos.
—Te veré más tarde, Josh —musitó, sin realizar intento alguno de presentarlos.
—¿Estás segura? —Marshall parecía dispuesto a defender a la hermosa doncella.
—Está segura —corroboró Kel.
—Entonces te veré luego, Ronnie —dijo el otro, apartando la vista de los ojos duros de Warrender.
—Es todo un caballero, ¿eh? —murmuró Kel, con voz divertida e irritada al mismo tiempo, mientras Josh Marshall se alejaba.
—Ha intentado ser un amigo.
—Mientras no intente otra cosa —la tomó por el codo y la guió por el recibidor atestado, sin prestar atención a las miradas especulativas clavadas en ellos.
Era tan poderoso y tan seductor que Ronnie sintió que el antiguo deseo bullía en su sangre. Eso sucedía cada vez que se encontraban y ella tenía que aceptar que no era capaz de controlarlo. Lo achacaba a las hormonas. Kel siempre la había afectado de esa manera.
—¿Has tenido tiempo para comer algo? —preguntó él cuando salieron al pavimento iluminado por el sol.
Parecía tan guapo, tan vital, tan perfecto, que ella revivió otra vez su pérdida.
—Kel, ¿no has entendido que no quiero estar contigo? —intentó contener sus emociones.
—Tenemos que discutir cosas, Rowena —con urgencia la tomó por el brazo—. Me asombra tu frialdad.
—Es injusto —protestó ella—. Después de todo, fuiste tú…
—Me pregunto si podríamos dejar el tema de mi abyecta infidelidad para hablar de nuestra hija —los ojos le centellearon—. Quiero verla. Si es posible, antes de que regrese al rancho.
—Claro que puedes verla —Ronnie movió la cabeza consternada—. ¿Alguna vez te lo he negado?
—Me negaste bastante a menudo tu cuerpo —soltó con amargura.
—Quizá mi orgullo herido tuvo algo que ver con eso —apartó la vista.
—Supongo —convino cansado—. No podemos quedarnos aquí. Por algún motivo que jamás entenderé, la gente parece sentir curiosidad por nosotros.
—Estar ante el ojo público te vuelve vulnerable, Kel. No puedes moverte con libertad.
—Entonces, larguémonos —alzó la mano para llamar un taxi que pasaba y que se detuvo de inmediato—. Dispones de una hora. Me alojo en el Sheraton. Su restaurante es bastante bueno.
A pesar de su preocupación, Ronnie se encontró en el asiento del taxi mientras cubría la distancia que había entre el Centro de Convenciones y el hotel. Estar con él era como tener un puñal al cuello. Bajo ningún concepto podías desafiarlo. Era el resultado de ser educado como un príncipe de las llanuras.
En el restaurante, Ronnie miró alrededor y vio un par de caras que conocía socialmente; una pareja que la saludó con la mano antes de volver a concentrarse con diplomacia en sus menús.
—¿Qué vas a pedir? —inquirió Kel.
—No quiero mucho —rió sin ganas.
—¿Qué te parece marisco?
—Decide tú, Kel —intentaba sonar indiferente, pero el leve temblor en su voz la delató.
Se les acercó una camarera joven, que le sonrió a Kel.
—Es agradable volver a verlo otra vez, señor Warrender. ¿A la dama y a usted les apetece beber algo?
—Para mí nada, gracias —Ronnie sacudió la cabeza. Al menos había alguien que no veía el Canal 8.
Kel se recostó en la silla, le sonrió a la chica y pidió una cerveza.
—También queremos ver el menú.
—Desde luego, señor Warrender —regresó a los pocos segundos, sin dejar de sonreírle a Kel.
Con ironía Ronnie pensó que un hombre tan sexy y dinámico como Kel Warrender tendría que estar registrado como un peligro para las mujeres. Se recostó también y trató de ocultar todo el dolor que había en su interior. ¿Cómo debería sentirse una mujer al saber que el hombre al que adoraba tenía una aventura con otra mujer?
No cabía esperar que Sasha Garland adoptara una postura moral elevada. Sasha era víctima de la obsesión sexual. Había sido la chica de Kel desde siempre. Su padre, George Garland, era un importante ganadero, millonario, y amigo de toda la vida del difunto sir Clive Warrender. Sasha había sido una asidua en la casa de los Warrender y al parecer ambas familias habían albergado esperanzas de que algún día sus hijos se casaran.
Pero Ronnie había entrado en escena y destruido las esperanzas de todos. No era de extrañar que Sasha quedara rota, aunque al final había conseguido vengarse.
—¿Y cómo está mi pequeña princesa? —preguntó Kel—. Espero que no peor.
—Esta mañana tuve una reunión con su maestra y con la psicóloga del colegio. Por eso llegué tarde al Centro de Convenciones.
—¿Y? —como de costumbre, iba directo al grano.
—Nada ha cambiado, Kel. Ojalá pudiera contarte otra cosa. Tessa mantiene su silencio con todo el mundo menos conmigo. Pero, asombrosamente, no se retrasa en los estudios. Figura entre las tres primeras de la clase y le va de maravilla con el dibujo.
—¿Por qué no va a ser inteligente? —soltó para ocultar su propio dolor—. Dios sabe que tú lo eres y que yo conseguí sacar un par de licenciaturas —de hecho, había terminado con honores en economía y derecho—. Esa psicóloga no debe ser muy buena.
—No es la única a la que ve Tessa —protestó ella—. La llevo a una excelente profesional, Kel.
—Quizá intenta enseñarme una lección que jamás olvidaré —repuso con dolor.
—Te adora. Lo sabes —aseguró Ronnie.
—Pero no me habla. Me considera responsable de nuestra separación. Pero no pienso aceptarlo en su totalidad —alzó la cabeza—. Tú desempeñaste tu parte.
—Tuve que dejarte, Kel —soltó un suspiro angustiado—. No podía ser de otro modo.
—La verdad es que no quieres respetar tus votos matrimoniales.
—¿Y si hubiera sido yo la infiel, Kel?
La miró con unos ojos tan deslumbrantes como el sol sobre el hielo.
—No creo que vaya a responderte esa pregunta. Pero puedo decirte esto. Despedazaría al tipo involucrado en ello, aunque tú jamás te irías. Te amaba apasionadamente. Me casé contigo y pienso mantener los votos. Hasta que la muerte nos separe.
—No esperas mucho, ¿verdad? —lo observó desconcertada—. Tengo veintinueve años. Podría tener una vida larga. Podría enamorarme otra vez, casarme, tener más hijos. Los quiero. Pero primero necesitaría el divorcio.
—¿Por qué causa? —desafió.
—Por Sasha Garland, Kel. ¿Has llegado a romper con ella?
—Eso sería casi imposible —se hundió con gesto cansado en la silla—. La conozco de toda la vida. Su padre es mi padrino, el mejor amigo de mi padre. Nuestras madres siempre han sido íntimas. Sasha ha sido muy amable con Hilary. Le ha mostrado mucha comprensión. Solo Dios sabe por qué Hilary ha salido tan poco atractiva.
Era un misterio. El padre que Kel y Hilary tenían en común, sir Clive, había sido un hombre muy atractivo. Los dos se parecían mucho a él, pero así como Kel había salido guapo, Hilary, que medía un metro ochenta y tenía una buena complexión, exhibía unos rasgos demasiado fuertes para una mujer, aparte de un carácter hosco y beligerante. Ronnie siempre había considerado a la hermanastra de Kel con simpatía e intentado ser amigable, aunque había hecho falta tiempo para que ella la aceptara.
—No cambies el tema a Hilary —advirtió—. Y no creas que te es absolutamente leal.
—¿A qué diablos te refieres? —inquirió irritado.
—Es una conclusión que me ha costado aceptar, Kel. Hilary tiene problemas. Tú conoces la mayoría. Pero algunos no. Sé que adora el suelo que pisas. Pero tú eres más grande, fuerte y brillante de lo que ella podrá llegar a ser jamás. Y eres un hombre. Eres el que manda. Fuiste el heredero de tu padre. Sin embargo, Hilary fue la primogénita.
—Demonios, Ronnie —en su angustia recurrió a su diminutivo—. Hilary jamás podría dirigir Regina Downs, y menos aún un imperio ganadero. Peor, a los hombres no les cae bien. Le muestran deferencia y respeto, pero solo porque saben que tienen que hacerlo.
—Hilary sabe cómo sacar la arrogancia —lo había presenciado innumerables veces, en su intento por imitar a su hermanastro, su autoridad—. Es una mujer que necesita desesperadamente atención.
—De acuerdo, coincido en eso, pero a ti te quiere mucho.
—¿Sí? —musitó, sintiendo que de algún modo Hilary la había traicionado—. Después de todo, fue Hilary quien me aconsejó que te dejara.
—No te entiendo —pareció muy aturdido.
—Entonces olvídalo.
—¿Cómo podría? —apretó los dientes—. Quiero hablar.
—Sería estupendo, pero ya es demasiado tarde —la observó como si quisiera penetrar en su alma.
—Jamás oí que Hilary dijera una palabra en tu contra.
—¿Estás seguro? —los ojos le brillaron.
—Coincidimos en que sabías cómo hacer daño. En cualquier caso, Hilary intentaba consolarme. Está entregada a Tessa.
—Lo sé —asintió—. Estamos dando vuelta en círculos. Este tema no soluciona nada.
—Entonces, ¿por qué lo has sacado? —retó—. ¡No puedo creerlo! ¿Hilary te dijo que me dejaras?
—No te miento, Kel —bajó la cabeza—. Sé que no pretendía que fuera por mucho tiempo, pero pensaba que necesitabas que te enseñaran una lección.
—¡Por el amor de Dios! —movió la cabeza atónito—. Hilary se ha esforzado en mostrarse comprensiva.
—Quizá quiere que las cosas vuelvan a como estaban antes —indicó Ronnie—. Sasha y tú, la elección de la familia. Como eres el padre de Tessa y un hombre muy influyente con amigos en puestos poderosos, podrías obtener la custodia de nuestra hija. En otras palabras, todo el paquete.
—Nunca he oído algo más estúpido en toda mi vida —frunció el ceño.
—Quizá los celos ablandan el cerebro —soltó una risa frágil—. Últimamente he leído bastante sobre psicología. Cuando empecé a unir las piezas, se me ocurrió que Hilary tenía una especie de amor-odio en lo referente a ti. Tú eras el preferido de tu padre. Su hijo maravilloso. Tu madre te idolatraba. Sir Clive siempre fue amable con Hilary, pero se notaba que tenía que esforzarse. Ella carece de encanto, y tanto a ti como a él os sobraba. Su propia madre murió siendo ella niña, lo cual debió representar un golpe terrible, y Hilary y tu madre jamás se llevaron bien, a pesar de los esfuerzos de Madeleine. Siendo tan distintas, aunque Hilary daba la impresión de aceptarme, quizá en el fondo estaba resentida conmigo.
Kel lo meditó, luego salió en defensa de su hermanastra.
—¿Quieres olvidar los momentos en que te apoyó? Lo que dices es absurdo.
—No quería enfadarte —desvió la vista.
—Estoy enfadado, Rowena. Créelo. Tuve una aventura insignificante de una noche con Sasha que ni siquiera recuerdo mucho. No es una excusa, pero estaba muy borracho y poseído por un demonio. Me avergoncé a mí mismo y te hice daño. He suplicado tu perdón y no soy un hombre que suplique. Pero tú vas a ahorcarme como si hubiera cometido un crimen horrible.
—La infidelidad es un pecado —señaló con voz queda, pensando en el efecto terrible que había tenido en ella.
—Y he recibido mi castigo. Lo acepto, pero no puedo permitir que nuestra hijita sea castigada por lo que sucedió entre nosotros.
—¿Y quieres que haga, Kel? —preguntó desesperada.
—No me impongas una situación imposible —espetó—. Te he echado de menos más de lo que podría expresar. Echo de menos a mi pequeña. Quiero que estemos juntos para siempre. No que sea así. ¿Es que no te queda nada de amor hacia mí?
—Kel, me he vuelto muy precavida —intentó explicar al tiempo que mantenía serena la cabeza.
—Lo veo —el indómito Kel Warrender parecía vacío—. ¿Hay alguna posibilidad de que puedas venir con Tessa a pasar las navidades en casa? Debes saber que ella te necesita allí. Hemos de solucionar el problema que aqueja a nuestra hija juntos.
—Me asusta volver, Kel —sentía que podría desmoronarse con el dolor.
—¿Asustada? Tú no —su voz vibrante se suavizó.
—No quiero que vuelvas a seducirme.
—Pensé que atesorabas nuestra vida sexual —se encrespó.
—Así es. La atesoraba —fracasó en contener una lágrima—. Pero no soporto cuando me mientes.
—¿Mentirte? Demonios… —se acercó—… ¿es que no te lo confesé de inmediato?
—Lo hiciste aquella vez —movió la cabeza.
—No hubo otras veces, Ronnie —soltó—. Lo prometo.
No era del todo verdad. Recordó la ocasión en que lo había sorprendido apartándose del abrazo apasionado de Sasha. Recordó con intensidad el asombro, la sensación enfermiza que la dominó, el modo en que tuvo que sostenerse en una silla. Pensó en las veces en que Hilary tuvo que ocultar las cosas para luego reconocer los encuentros de los dos ante la insistencia de Ronnie.
La camarera se acercó otra vez y los miró.
—¿Está listo para pedir ahora, señor Warrender?
Kel asintió con gesto distraído, miró el menú y terminó por solicitar el plato del día, emperador con patatas y ensalada para dos. Ninguno tenía hambre.
Guardaron silencio unos momentos mientras esperaban, luego él comenzó a interesarse por su trabajo, escuchando con atención lo que Rowena le contaba. Siempre había sido un buen oyente.
—¿De verdad es lo que crees que quieres? —inquirió al final.
—Tengo que vivir, Kel. Es lo único que sé hacer —repuso a la defensiva.
—Cuando puedes tener todo el dinero que necesitas —soltó una risa cáustica.
—Pero no quiero aceptarlo de ti.
—Eres mi esposa —le recordó con expresión tensa.
—También una mujer independiente. Y con éxito.
—No pretendo menospreciar tu ambición, Rowena. Eres magnética en la televisión. Pero no se te da muy bien ocultar el corazón roto. Todo aparece en esos hermosos ojos oscuros.
—Ninguno de los dos puede esquivar el dolor —respondió.
—Pero podemos enfrentarnos a él. Quiero que vuelvas, Ronnie. Moriría antes que decepcionarte otra vez. Y hay más. Deseo más hijos. Tuyos. Quiero un varón.
—Claro, un hombre debe tener un varón —sonrió con un poco de amargura.
—Yo debo tener un varón, varones, que puedan recibir su herencia —la corrigió—. Adoro a mi hija, pero jamás esperaría que una mujer trabajara ni una cuarta parte de lo duro que trabajo yo. Sabes que se trata de un mundo muy físico, y muy peligroso. Amo a mi pequeña Tessa con todo el corazón. Quiero lo mejor para ella. Y eso solo puede pasar cuando su madre y su padre estén juntos.
Era infructuoso intentar defenderse de su poderoso encanto.
—No lo sé, Kel. No podría soportar pasar de nuevo por momentos tan terribles.
—Haré que funcione, Ronnie —su sonrisa la inflamó—, lo prometo.
—Deja que lo piense —movió la cabeza—. Como tú, estoy terriblemente preocupada por Tessa, pero tengo compromisos. Un contrato que respetar —de hecho, se lo iban a renovar con la promesa de un fuerte aumento salarial.
—Te quedan dos meses para que venza. ¿No se te ocurrirá algo? Si hace falta, los indemnizaremos.
Qué maravilloso era que te sobrara el dinero.
—Es mucho lo que pides, Kel. No te prometo nada aparte de acompañar a Tessa. Sé que le encantará, a pesar de lo mucho que le gusta ir a verte.
—Es la pequeña a la que solían chiflarle los cuentos que le narraba en la cama —gimió con dolor.
—Eran tan buenos que la hacían dormir —a pesar de sí misma, sonrió y mostró el hoyuelo en sus mejillas.
—Porque era muy pequeña. Soy un gran narrador de cuentos.
—Que Dios me ayude, pero así es.
—Ronnie, déjalo —musitó—. Ya me tuviste en el potro de tortura, pero es suficiente. Mi corazón, mi cabeza y mi cama están vacíos sin ti.
Era un verdadero mago. Comenzaba a flaquear.
—Parece tan lejano…
—Los peores catorce meses de mi vida. Los he contado —respondió con suavidad y ternura.
—¿Madeleine está en el rancho? —inquirió inquieta.
—En este momento no —se burló de ella con los ojos—. Mi madre viene y va, pero regresará en cuanto sepa que Tessa y tú habéis vuelto.
—Vayamos paso a paso, Kel —temía su propio deseo—. No te hagas ideas de que voy a volver a ocupar nuestro dormitorio.
—Me sorprendes, Ronnie —enarcó una ceja—. ¿Cuándo te he forzado?
—Un par de veces —mintió. Ambos habían estado jugando.
—Te doy mi palabra —se encogió de hombros.
La recorrió despacio con la vista y a Ronnie se le aceleró el corazón. Había pasado una eternidad desde que le hizo el amor. Mirarlo bastaba para que sintiera como si se hallara en caída libre. La embriagó la sensación, pero le daba miedo caer a tierra.
—¿Debo creerte? —lo inmovilizó con sus ojos grandes y líquidos.
Él se adelantó para tomarle las manos.
—No se me ocurre nadie en quien puedas confiar más.


Historia corta publicada en Cuentos de Navidad 2000
Título: La primera Navidad de Sarah (2000)
Título Original: Sarah’s first Christmas (1999)
Autor: Rebeca Winters
Editorial: Harlequin Ibérica.
Sello / Colección: Internacional 229.
Género: Contemporáneo.
Protagonistas: Vance McClain y Brooke Longley.
Sinopsis 

Brooke Longley y Vance McClain habían jurado mantenerse alejados del amor hasta que rescataron a una niña pequeña llamada Sarah, que jamás había oído hablar de la Navidad. Ella los unió, mientras ambos se esforzaban por enseñarle el significado de ese momento especial del año.

Capítulo Uno
—Buenas noches, Brooke. Gracias otra vez por la bonificación. Has sido muy generosa. Lo aprecio más de lo que imaginas. ¡Feliz Navidad!
—De nada, Dave. Feliz Navidad para ti y tu familia. Nos vemos el lunes.
Una ráfaga de nieve entró en la tienda antes de que el empleado favorito de Brooke Longley pudiera cerrar la puerta de Western Outfitters. Durante la última semana, la pequeña comunidad de West Yellowstone, Montana, ya había sufrido dos tormentas. Al parecer se avecinaba una tercera.
A pesar de que el reloj de pared indicaba que eran las siete pasadas, parecía medianoche. Por lo general Brooke mantenía la tienda abierta hasta las diez, pero no en Nochebuena.
Esa noche los Garnett daban la fiesta anual para los clientes en el Cowhide Bar & Grill, a un par de manzanas de la tienda. Brooke no tenía un deseo especial de asistir, pero su buena amiga, Julia Morton, que vivía con su marido, Kyle, en el otro extremo de la ciudad, le había hecho prometer que iría.
—Haber jurado que no quieres saber nada de los hombres, Brooke, no significa que desees que la gente piense que te has vuelto antisocial desde que rompiste tu compromiso.
Al exponerlo de esa manera, la entendió. Por lo tanto había decidido que asistiría a la fiesta una hora, luego regresaría a casa en el fiable todoterreno de su padre.
Después de apagar las luces y cerrar, comenzó a avanzar a duras penas a través de la cegadora nieve con sus botas de piel de foca. A pesar del constante esfuerzo de sus vecinos de las otras tiendas por limpiar la acera, la nieve la había vuelto a cubrir y le dificultaba el avance.
El termómetro que había bajo el toldo de la farmacia marcaba dos grados bajo cero. Sin duda caería hasta diez bajo cero antes de la mañana. El año anterior a esa hora las condiciones habían sido similares.
Gracias al cielo no era el año anterior y ella no esperaba que Mark llegara desde California.
Su novio y ella habían planeado casarse en la pequeña Iglesia de los Pinos en West Yellowstone, entre la Navidad y el Año Nuevo. Luego se produjo aquella llamada de pesadilla que le anunció que él no pensaba presentarse. Había conocido a otra mujer y esperaba que ella lo entendiera. Era mejor terminar su compromiso entonces en vez de enfrentarse más adelante a un divorcio.
Un mes más tarde, su padre murió por culpa de un fatal ataque al corazón, dejándola sola en su dolor. En el punto más bajo de su vida, no pudo imaginar que viviría el tiempo suficiente para ver otro año.
Pero la vida le había demostrado otra cosa. Para su sorpresa, habían pasado doce meses de duro trabajo en el negocio familiar. En ese período de tiempo, la empresa había prosperado y ella había cumplido veinticuatro años. No solo seguía aún con vida para ver otra Navidad, sino que Julia y Kyle, que durante el verano se habían trasladado a vivir allí desde Great Falls, se habían convertido en sus mejores amigos. Como las chicas con las que había crecido y estudiado se habían ido a una gran ciudad o fuera del estado, sería agradable pasar parte de la Nochebuena con los Morton.
Aceleró el paso pero la ventisca parecía crecer en intensidad. Con condiciones como esas, nadie sacaba el coche. Todo se había detenido. Era un interminable mundo blanco. Bastante hermoso si sabías que podías alcanzar un abrigo.
Al cruzar la calle, que parecía un camino de ganado, le pareció que oía llorar a un niño. Pero el viento a menudo imitaba los sonidos humanos, de manera que descartó la idea y prosiguió la marcha, ansiosa por abandonar los feroces elementos.
Al llegar al otro lado de la calle, el llanto sonó otra vez, pero más alto. Se detuvo a escuchar. No había error. Era un sonido mortal. Un niño aterrado se hallaba bajo la tormenta.
¿Dónde?
Al percibir que procedía desde un callejón lateral, giró en redondo y se dirigió en esa dirección. No había avanzado ni una docena de pasos cuando avistó una figura pequeña que golpeaba el escaparate de la joyería de artículos indios de Clark. El lugar estaba a oscuras. Sin duda Harmon Clark había cerrado temprano para irse a su rancho o a la fiesta de los Garnett. Se trataba de una niña que no podía tener más de cinco años. Entre sollozos no paraba de repetir un nombre, pero Brooke no pudo entenderla. La pobre llevaba unas ligeras zapatillas de tenis sin calcetines, un vestido y un fino chubasquero que no la aislaba de la nieve. Unos minutos más y no tardaría en morir congelada.
Sin vacilar, se arrodilló a su lado y pasó un brazo protector por sus pequeños hombros.
—Me llamo Brooke. Quiero ayudarte. ¿A quién buscas, cariño?
La niña no dejó de aporrear el escaparate con las manos desnudas. Parecía que decía algo sobre Charlie.
—Cariño... dentro no hay nadie. Si vienes conmigo, te ayudaré a encontrar a Charlie. ¿De acuerdo?
—¡Nooooo! ¡Charlie no! ¡No dejes que me lleve!
Brooke no fue inmune al miedo que había en la súplica desesperada de la niña. Sin perder otro segundo, la alzó en brazos y comenzó a correr por la nieve hacia su tienda. Dentro haría calor. Había un teléfono.
Varias veces estuvo a punto de caer. El cuerpo rígido que sostenía no dejaba de temblar.
—No pasará nada —murmuró una y otra vez en su intento por tranquilizar a la pequeña.
Imaginó una docena de posibilidades que habrían podido llevar a esa niña inocente e indefensa a ese punto, ninguna buena. Jamás se había considerado un ser humano violento, pero quienquiera que fuera ese Charlie, el deseo de matarlo se había convertido casi en una necesidad.
—Ya hemos llegado; aquí estaremos a salvo.
Sacó las llaves y abrió la puerta. Un bendito calor las envolvió al cerrar con el pie, para luego encender las luces y correr por el interior hasta la cocina que había en la parte de atrás.
Un conducto de aire del horno atravesaba el suelo. Acercó una silla allí y sentó a la pequeña. Luego se dirigió a la otra sala a buscar una manta térmica.
Cuando regresó a la cocina, el llanto histérico se había convertido en unos gemidos. A la niña le castañeteaban los dientes. Brooke se puso de rodillas y le quitó las zapatillas gastadas. Después de sacarle el chubasquero, la rodeó con la manta y comenzó a frotarle los pies helados al tiempo que les aplicaba una suave presión.
—¿Cómo te llamas, cariño? —la nieve aún no se había derretido de su pelo castaño oscuro y revuelto.
—Sa... Sarah.
—¿Sarah qué?
—No lo sé —se frotó los ojos con el dorso de la mano.
Horrorizada por esa revelación, Brooke quiso ir tras el hombre responsable y estrangularlo. Pero su primera prioridad era proporcionarle a esa niña el cuidado que necesitaba.
—Voy a prepararte un chocolate caliente. ¿Te apetece?
Entre sollozos, no supo si había respondido que sí o que no. No importaba. Se levantó de un salto, mezcló chocolate instantáneo con agua y lo calentó en el microondas.
Una vez listo, acercó la taza a los labios de la pequeña y le dijo que bebiera. Para su alivio, Sarah sostuvo la taza con sus manos y se lo bebió todo. No solo tenía sed; ¡estaba muerta de hambre!
—Apuesto que te ha gustado —la niña asintió—. ¿Dónde está tu mamá?
—Charlie dice que no tengo ma... mamá.
—¿Quién es Charlie?
—Estaba furioso porque el coche se paró —mientras hablaba, Brooke detectó un leve acento sureño. La pequeña se hallaba muy lejos de casa—. Cuando él bajó, yo salí por la puerta y escapé —le tembló el labio inferior—. Ha... hacía frío en la nie... nieve. No... no podía ver —se puso a llorar otra vez. Unas lágrimas enormes cayeron de sus ojos azules.
Brooke sintió un nudo en la garganta. El corazón se volcó en la pequeña. La rodeó con los brazos y la consoló.
—Voy a cuidar de ti. Todo saldrá bien.
—¿Crees que Charlie me buscará?
—No lo sé.
—Se pondrá furioso y me pegará cuando me encuentre. No dejes que me encuentre —suplicó.
Al instante Brooke supo que no se trataba de un juego ni de una exageración infantil... la pequeña decía la verdad. Tuvo que morderse la lengua antes de responder.
—Jamás volverá a acercarse a ti. ¿Me crees? —la abrazó—. Se está bien aquí, ¿verdad? —con desesperación intentó cambiar de tema.
—Sí.
—¿Quieres unas galletitas?
—Sí.
Alargó la mano hacia la caja que había quedado del almuerzo y la depositó en el regazo de la niña.
—Come todas las que quieras mientras yo voy al otro cuarto a hacer una llamada de teléfono.
—¡No me dejes! —gritó con pánico.
Demasiado tarde Brooke comprendió su error. La alzó en brazos con las galletitas y la llevó a la parte delantera de la tienda. Después de sentarla sobre el mostrador, levantó el auricular y marcó el número de la policía.
—¿Julia? —preguntó al oír la voz de su amiga—. ¿Cómo es que estás de servicio esta noche? Pensé que nos íbamos a reunir en la fiesta de los Garnett.
—Y así es, pero Ruth me pidió si podía suplirla hasta las nueve. Iba a llamarte para decirte que te reunieras con Kyle y conmigo después.
—Me temo que no iré. Ha surgido una emergencia.
—Cuéntame qué sucede.
De pronto su amiga se convirtió en la profesional que era. En cuanto oyó la historia de Brooke, le dijo que se llevara a la pequeña a casa con ella, que en uno o dos días enviaría a un agente a comenzar la investigación.
Al parecer se habían producido algunos accidentes de coche en la carretera y en ese momento los caminos se hallaban cerrados en todas las direcciones. Los patrulleros disponibles se encontraban ocupados. Lo que pensaba hacer era transmitir la información a la policía estatal.
A Julia se le pagaba para pensar deprisa y tomar la decisión acertada. Al ser Nochebuena, Brooke alabó la sabiduría de su amiga. Como en West Yellowstone no había hospital y los caminos estaban cerrados, su casa era el mejor lugar para ocuparse de las necesidades de Sarah. En una zona remota como esa, en particular en invierno, lo práctico resultaba tan importante como la letra de la ley.
—Quienquiera que sea ese Charlie... —a Brooke le tembló la voz—... ha traumatizado a esta niña y debería pagar por lo que ha hecho.
—Estoy de acuerdo —convino Julia con igual crispación—. Pobrecita. Tuvo suerte de que la encontraras. Si alguien es capaz de hacer que una niña se sienta mejor, esa eres tú. Me mantendré en contacto. Cuando salga de trabajar, Kyle y yo pasaremos por tu casa a ver si podemos ayudarte en algo.
—Sería maravilloso —le dio las gracias a su amiga, colgó y volvió a tomar a Sarah en brazos—. ¿Te gustaría venir conmigo a casa esta noche? No se encuentra muy lejos de aquí. Cenaremos algo rico. ¿Te parece bien? —Sarah asintió—. Antes de que nos vayamos necesitamos buscarte ropa. Puedes elegir lo que más te guste.
Resultó evidente que a la pequeña jamás se le había permitido elegir qué ponerse. Al principio no pareció entenderlo, pero después de que Brooke insistiera, escogió una camisa roja de lana, vaqueros, calcetines, botas vaqueras, un anorak de estilo vaquero con gorra y guantes de esquí. Mientras se ponía la ropa nueva, Brooke guardó algunos otros artículos en una bolsa.
Cuando Sarah terminó de vestirse, le dijo:
—Tengo el coche justo afuera. Va a estar frío antes de que pueda calentarlo, así que creo que nos llevaremos la manta. ¿Estás lista?
No fue necesario que formulara la pregunta. Su diminuta sombra la siguió al exterior de la tienda y se aferró a su mano con todas sus fuerzas.

martes, 31 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 31 de diciembre del 2013


Muy buenas a tod@s!!
Ya tenéis todo preparado para esta noche?? Quienes seáis de España, preparados para las uvas??
Dejamos atrás un año repleto de novedades, estrenos y sucesos para recibir al 2014 quien nos traerá un sinfín de novedades y los estrenos más esperados (Tanto literarios como cinematográficos, musicales, etc).
Espero que paséis la mejor noche posible para comenzar el año como es debido.

Hoy, además comenzamos otra Antología.... Año nuevo, saga nueva, no? o no es así??
Bueno, el caso es que  hoy comenzamos con la primera parte, titulada "Proposición Navideña" de Betty Neels.

Historia corta incluida en la antología Cuentos de Navidad 1998.
Título: Proposición navideña (1998)
Título Original:  A Christmas proposal
Editorial:  Harlequín Ibérica
Sello / Colección:  Internacional 180
Género:  Contemporáneo
Protagonistas:  Oliver Hay-Smythe y Bertha Soames

Sinopsis:

Cuando el doctor Oliver Hay-Smythe vio cómo la familia se aprovechaba de la candidez y la bondad de Bertha, decidió darle la sorpresa de su vida  con una declaracion de amor en Navidad.

Capítulo Uno
La chica que había en el rincón de aquella sala llena de gente apenas merecía una segunda mirada. Era menuda, con el pelo castaño claro estirado hacia atrás en un moño pasado de moda, una cara cuya nariz chata y boca ancha no hacían nada por redimirla de su insignificancia. Para colmo, llevaba un vestido complicado, color rosa quisquilla. Con todo, tras el primer vistazo, el hombre que estabaa al otro lado del salón volvió a mirarla. No tardó en acercarse a ella. Saludó en un tono agradable, ella volvió la cabeza y lo miró.
Le contestó educadamente, contemplándolo con sus ojos castaños enmarcados en unas pestañas largas. Él se dio cuenta de que, mirando aquellos ojos, uno se olvidaba pronto de la nariz, la boca y el pelo estirado. El hombre le sonrió.
—¿Conoces a alguien aquí? He venido con unos amigos... Estoy de visita en su casa y me han pedido que los acompañara. Es una fiesta de cumpleaños, ¿verdad?
—Sí.
La chica desvió la mirada hacia la gente. Había grupos que reían, gente que chismorreaba mientras se saludaban con una bebida en la mano, unas cuantas parejas que bailaban en el centro.
—¿Quieres que te los presente?
—¿Los conoces a todos —dijo él con su tono amable—. ¿No me digas que es tu cumpleaños?
—Sí.
La chica le lanzó una mirada rápida y sorprendida e inclinó la cabeza para examinar las cuentas de su corpiño.
—Entonces, ¿no deberías ser las reina del baile?
—¡Oh! No es mi fiesta, sino la de mi hermanastra, esa chica tan guapa que hay junto al bufet. ¿Quieres conocer a Clare?
—La competencia parece demasiado intensa en este momento —dijo él de buen humor—. Dime, ¿por qué no participas más en la fiesta? A fin de cuentas, también es tu cumpleaños.
Ella tenía una voz bonita y hablaba con realismo.
—Bueno, mejor que no. Estoy segura de que te gustaría conocer a algunos invitados, pero no sé tu nombre.
—Disculpa. Hay—Smythe, Oliver.
—Bertha Soames.
Bertha le ofreció una mano que él estrechó con suavidad.
—La verdad es que no quiero conocer a nadie. Creo que soy un poco mayor para casi todos.
Bertha lo observó detallada y seriamente, un hombre muy alto y fuerte, con el pelo rubio salpicado de gris. Los ojos también eran grises y tenía esa clase de atractivo que cualquiera esperaba al ver su aire de seguridad.
—No creo que seas tan mayor; ni mucho menos.
Oliver te agradeció el cumplido con seriedadd y le preguntó si bailaba.
—¡Ah, me chifla bailar! —contestó con una sonrisa que se desvaneció al instante—. Es que... mi hermana me ha pedido que me encargara de que todos se divirtieran. Por eso estoy de guardia aquí, si veo a alguien solo, me ocupo de que tome algo y de presentarle gente. La verdad es que deberías...
—De ningún modo, señorita Soames.
Oliver la miró otra vez y pensó en lo fuera de lugar que parecía en aquella fiesta bulliciosa. Se preguntó por qué, ya que también era su cumpleaños, no llevaba un vestido deslumbrante en vez de aquella cosa recargada que ni siquiera le venía bien.
—¿Tienes hambre?
—Sí, me he saltado la comida..
Sus ojos se dirigieron al buffet, donde un grupo de personas se servía en abundancia de las delicadezas que se ofrecían.
—¿Porqué no...?
El doctor Hay—Smythe, trabajador infatigable y respetado por sus colegas, un hombre que nunca ignoraba a los gatos y perros perdidos y que era capaz de posponer sus propios asuntos con tal de aliviar los problemas de los demás, dijo:
—Yo también tengo hambre. Supón quee nos escapamos y vamos a comer a alguna parte. No creo que nadie nos eche de menos y podemos volver mucho antes de que esto acabe.
—¿Te refieres a un sitio fuera de aquí? —dijo ella mirándolo—. Pero si ni siquiera hay un café por los alrededores... Además...
—Incluso en Belgravia debe haber pubs. De todos, modos, tengo el coche fuera. Podemos ir a buscar.
Los ojos de Bemba brillaron.
—Me gustaría, pero no sé si debo decírselo a mi madrastra.
—Puess claro que no. La puerta que hay detrás de ti, ¿adónde da? ¿A un pasillo? Venga, vámonos.
—Tendré que ir a buscar un abrigo —dijo Bertha cuando llegaronn al vestíbulo—. Será un momento, pero está en el último piso.
—¿No tienes algún impermeable por aquí abajo?
—Sí, una gabardina, pero es muy vieja y...
Su sonrisa le trasmitía seguridad.
—En un pub nadie se fijará en esas cosas —dijo él, pensando en que al menos taparía aquel vestido horrible.
De ese modo, convenientemente amortajada, salió de la casa con él por la importante puerta principal y descendieron la imponente escalinata hasta la acera. El médico le indicó un Rolls Royce gris oscuro.
—Por aquí..
Oliver lo abrió, la hizo pasar y ocupó el asiento del conductor.
—¿Vives en casa con tus padres?.
—Sí. Papá es abogado, trabajaa sobre todo para compañías internacionales. Mi madrastra prefiere vivir aquí, en Londres.
—¿Y no tienes trabajo?
—No.
Bertha apartó los ojos para mirar por la ventanilla, Oliver no insistió en aquello, sino que habló de esto y de lo de más allá mientras dejaban las calles silenciosas del barrio de lujo y entraron en una zona bulliciosa de la ciudad. Allí detuvo el coche en una calle estrecha y llena de gente.
—¿Te apetece aquel pub de la esquina?
Todas las miradas se centraron en ellos al entrar. Hacían una pareja extraña, él con esmoquin negro y ella con una gabardina vetusta. Pero el tabernero les indicó con gestos una mesa en el salón y luego se acercó a hablar con el médico.
—¿Hacía tiempo que no te veíamos, doctor? ¿Todo bien?
—Espléndido, Joe. ¿Cómo está tu mujer?
—Todavía da la batalla, gracias. ¿Qué va a ser? —dijo mientras miraba a Bertha—. ¿Y la señorita? ¿Un vaso de buen vino para ella?
—Tenemos hambre, Joe.
—Mi mujer acaba de preparar salchichas y puré de patatas. ¿Qué tal con una pinta de cerveza añeja y algún vino suave?
El doctor Hay-Smythe arqueó una ceja mirando a Bertha. Cuando ella asintió, Joe se marchó deprisa para volver enseguida con las bebidas y, cinco minutos después, con una bandeja cargada.
La comida casera estaba bien hecha, caliente y abundante, los dos comieron en un silencio relajado.
—Cuéntame algo sobre ti.
—No hay nada que contar. Además, no nos conocemos y tampoco es probable que volvamos a vemos —añadió ella seriamente—. Tengo que estar loca para hacer esto.
—Bueno, yo no estoy de acuerdo. En todo caso, la locura es más propia de personas que asisten a demasiadas fiestas, comiendo y bebiendo en exceso y sin divertirse. Sin embargo, tú y yo hemos comido y nos divertimos con la compañía del otro —dijo mientras Joe les servía el café que había pedido—. Siendo dos desconocidos, podemos hablar libremente de lo que nos apetezca con la seguridad de que pronto será olvidado.
—Nunca he conocido a nadie como tú —dijo Bertha.
—Pues soy perfectamente normal, debe haber miles exactamente como yo —dijo con una sonrisa leve—. Se me ocurre que quizá no conozcas demasiada gente. ¿Sales a menudo? ¿Vas al teatro? ¿Bailes? ¿Conciertos? ¿Clubs deportivos?
Bertha negó con la cabeza.
—No. Salgo a hacer recados, saco al perro de mi madrastra y echo una mano cuando viene gente a casa a comer o a cenar. Esas cosas.
—¿Y tu hermana? O mejor, tu hermanastra corrigió él al ver su expresión—. ¿Clare tiene trabajo?
—No. Verás, ella es muy popular, sale mucho y tiene montones de amigos. Es muy bonita, has tenido que darte cuenta...
—Muy bonita —repitió él con gesto serio—. ¿Por qué no eres feliz, Bertha? No te importa que te llame Bertha, ¿verdad? Al fin y al cabo, como tú misma has dicho, es poco probable que nos volvamos a ver. Soy un experto escuchando. Considérame un hermano mayor o, si lo prefieres, alguien que dentro de poco se marchará al otro extremo del mundo y nunca va a regresar.
—¿Cómo sabes que no soy feliz?
—Si te dijera que soy médico, ¿contestaría a tu pregunta?
Bertha sonrió aliviada.
—¡Médico! Bueno, entonces sí que puedo hablar contigo, ¿no?
Oliver volvió a sonreír, tranquilizándola.
—Verás, papá se casó por segunda vez... Hace mucho de eso, yo tenía siete años. Mamá murió cuando tenía cinco. Súpongo que se sentía solo, por eso volvió a casarse. Clare es dos años menor que yo. Era una niña preciosa, encantadora, y todo el mundo la adoraba, incluida yo. Pero mi madrastra... bueno, yo siempre he sido normalucha y aburrida. Seguro que intentó quererme... Debe haber sido culpa mía, porque yo también traté de quererla y no pude
Hizo una pausa y añadió:
—Siempre me ha tratado igual que a Clare, teníamos vestidos bonitos, una niñera simpática y fuimos al misma colegio, pero incluso papá se daba cuenta de que al crecer no me convertía en una chica preciosa, como Clare, y mi madrastra lo convenció de que lo mejor para mí era quedarme aquí y aprender a ser una buena ama de casa.
—¿Y Clare, no tuvo que hacer lo mismo?
—Bueno, no. Siempre ha tenido muchos amigos. Me refiero a que nunca ha tenido tiempo para quedarse en casa. Es muy buena conmigo.
Bertha ocultó con la mano un trozo de volante rosa que se le había escapado de la gabardina.
—Fue ella la que me regaló este vestido.
—¿No tienes dinero propio?
—No, mi madre me dejó un poco, pero no lo necesito, ¿no te parece?
Oliver no hizo comentarios sobre eso.
—Hay una solución clara y sencilla, tienes que encontrar un trabajo.
—Ya me gustaría, pero no estoy preparada para hacer nada —dijo y añadió ansiosamente—. No debería contarte todo esto. Olvídalo, por favor. No tengo derecho a quejarme.
—No te has quejado y, además, ¿no te sientes mejor hablando de eso?
—Sí. ¡Claro que sí! —dijo ella. Miró el reloj y contuvo una exclamación—. ¡Cielos! Llevamos siglos aquí...
—Hay tiempo de sobra —dijo él tranquilamente—. Me atrevería a decir que la fiesta se prolongará hasta la media noche.
El médico pagó la cuenta y volvieron en el Rolls a la casa. Ella se quitó la gabardina en el vestíbulo, se alisó aquel adefesio y entró en el vasto salón. La primera persona que los vio fue su madrastra.
—Bertha, ¿dónde te has metido? Ve enseguida a la cocina y di que manden más vol—au—vents. A ver si haces algo útil...
La señora Soames se dio cuenta de la presencia del médico y se transfiguró en una mujer completamente distinta.
—Anda, ve, cariño —dijo en un tono muy diferente——. No tardes, estoy segura de que tus amigos te deben echar de menos.
Bertha no respondió, sino que se escabulló sin siquiera echar una mirada a Oliver.
—Es muy buena chica —comentó la señora Soames con entusiasmo, su enorme busto agitado con sentimientos pseudomaternales—. Me ayuda y me hace compañía. Es una lástima que sea tan tímida y desmañada. Yo he hecho todo lo que he podido —añadió en un tono quejumbroso—, pero Bertha es inteligente y sabe que carece de atractivo y encanto. Sólo me queda la esperanza de que conozca un buen hombre que quiera casarse con ella.
La señora Soames lanzó una mirada de preocupación hacia su interlocutor, que se limitó a darle ánimos con ese tono profesional en el que los médicos son tan expertos.
—Pero no le debería preocupar con mis pequeñas preocupaciones, la verdad. Venga a conocer a Clare, le encanta que le presenten gente nueva. ¿Vive usted en Londres? Tiene que venir más por aquí.
De modo que, cuando Bertha volvió, él estaba al otro extremo del salón y Clare se reía a carcajadas con la mano sobre su hombro. Bien, ¿y qué esperaba? Fue en busca de Crook, el mayordomo, un amigo de toda la vida y un aliado. Había cenado bien y ahora, con un espíritu belicoso que la compasión de] doctor Hay-Smythe había encendido, iba a tomar una copa de champagne.
Se la bebió bajo la mirada paternal de Crook, tomó una segunda copa de su bandeja y también la apuró. Seguramente le dolería la cabeza después y no tenía duda de que se le pondría colorada da la nariz pero, puesto que no había nadie a quien le importara realmente, ella tampoco iba a preocuparse. De repente deseó que su padre se encontrara en casa. Pasaba tan poco tiempo allí...
Los invitados empezaron a marcharse intercambiando saludos e invitaciones, algunos se despedían con indiferencia de Bertha, que se afanaba en buscar abrigos, chales y bolsos extraviados. El doctor Hay-Smythe fue de los primeros que se marcharon, pero cruzó el salón para despedirse de ella.
—Ha sido una cena estupenda —dijo sonriendo—. Puede que la repitamos en alguna otra ocasión.
Antes de que ella pudiera responder, Clare se había metido por medio.
—Oliver, querido, no se te ocurra escaparte ahora que acabamos de descubrir lo maravilloso que eres. Buscaré tu número en la guía y te llamaré, puedes llevarme a cenar.
—Voy a estar fuera varias semanas —dijo él suavemente—. Será mejor que te llame yo cuando vuelva.
Clare hizo un pucherito.
—Eres un hombre malo. De acuerdo, si es lo mejor que se te ocurre —dijo antes de girar la cabeza hacia su hermanastra—. Mamá te está buscando...
Bertha fue a ver, pero no sin antes extender una mano pequeña y capaz y permitir que él se la estrechara amistosamente.
—Adiós, doctor —dijo en voz baja.
Sólo después de que Bertha se hubiera ido a acostar en el cuarto modesto que ocupaba en el último piso de la mansión, la señora Soames entró en el dormitorio de su hija.
—La velada ha sido un éxito. ¿Qué te parece el nuevo, ese Oliver Hay—Smythe? He estado hablando con lady Everett sobre él. Parece muy conocido, tiene una clientela excelente en Harley Street. Es de buena familia, con mucho, dinero, dinero viejo... —dijo dándole unas palmaditas en el hombro—. Ni hecho a medida para mi pequeña.
—Va a estar fuera una temporada —dijo Clare—. Ha dicho que me llamaría cuando volviera.
Miró a su madre y sonrió. Luego frunció el ceño.
—¿Cómo le habrá conocido Bertha? Daban la impresión de ser muy amigos. Lo más seguro es que sienta lástima de ella, parecía una mamarracha, ¿verdad que sí?
Clare se mordisqueó n dedo de manicura perfecta.
—Se la veía feliz, como si compartieran un secreto o algo por el estilo. ¿Sabías que el doctor tiene mucha experiencia con niños retrasados? No será un hombre fácil... Si demuestra algún interés por Bertha, procuraré animarlo.
Madre e hija se buscaron los ojos en el espejo.
—Quizá me equivoque, pero tengo la sensación de que no le gustan las fiestas. Los Payne, que fueron quienes lo han traído, me dijeron que ni está casado ni tiene amigas, que vive dedicado por entero a su trabajo. Si insinúa que quiere volver a ver a Bertha, seré todo comprensión.
Las dos mujeres se sonrieron.


El doctor Hay-Smythe se despidió de sus amigos en casa de éstos y continuó conduciendo hasta el piso que tenía encima de la consulta. Cully, su criado, se había acostado, pero descubrió café caliente y un plato con sandwiches tapado. Se puso un pote de café y se sentó. El labrador que había estado sesteando junto a la cocina se levantó somnoliento y fue a sentarse junto a él, dispuesto a compartir los sandwiches También compartió los pensamientos de su dueño, mientras masticaba el roast beaf frío sin apartar los ojos de su cara.
—He conocido una chica esta noche, Freddie. Una chica del montón, con unos ojos bonitos y un vestido verdaderamente horrible. Un criatura sin interés a primera vista, pero, de algún modo tengo el presentimiento, de que ésa no es la realidad. Tiene una voz deliciosa, extraña y tranquila. Necesita alejarse de esa bruja que tiene por madrastra. Tengo que pensar en algo.
Bertha, satisfecha e ignorante de aquellos planes para su futuro, durmió de un tirón toda la noche, más feliz en sus sueños que en la vida real.


Hasta que no pasaron tres días el médico no encontró un modo de ayudar a Bertha. No solo atendía su consulta particular, sino que mantenía otras en dos de los hospitales más importantes de la ciudad, donde su reputación iba en aumento, y; además era socio de una clínica en el East End, en la que se ocupaban de casos geriátricos y de todos los que no podían o no querían ingresar como pacientes externos en cualquier hospital.
Había pasado la tarde allí y su última paciente había sido una anciana que defendía su independencía con ferocidad y residía en su propia casita junto a la clínica. No había mucho que pudiera hacer por ella, una vida de trabajo duro y la vejez le estaban pasando su factura, pero renqueaba apoyada en su bastón y se negaba a ingresar en un asilo, jurando una y otra vez que podía cuidar de sí misma.
—Me encuentro tan bien como usted, doctor —declaró cuando la hubo examinado—. Aunque echo de menos mis libros. Ya no puedo leer como antes y me gustan los buenos libros. La asistenta social me trajo un libro grabado, pero no tan bueno como una voz de verdad, si sabe a qué me refiero. ¡Ah! Una voz tranquila y bonita...
De inmediato recordó a Bertha.
—Señora Duke, ¿le gustaría que alguien viniera a leer para usted? ¿Dos o tres veces por semana durante una hora más o menos?
—Pero que no sea una de esas beatas de la iglesia. Me gustan las historias románticas, no el muermo del boletín parroquial.
—La joven que tengo en mente no es nada de eso. Estoy convencido de que le leerá lo que usted quiera. ¿Le parece que lo intentemos? Si no funciona, bueno, ya se nos ocurrirá otra cosa.
—Vale, probaré. ¿Cuándo vendrá?
—Tengo que volver dentro de dos días por la tarde. Vendrá conmigo, la dejaré con usted y pasaré a recogerla cuando acabe. ¿Le viene mejor así?
—Parece perfecto.
La señora Duke se levantó trabajosamente de su silla. Oliver también se puso de pie para abrirle la puerta.
—Nos vemos —dijo la anciana.
El doctor fue a casa y maduró su plan. La señora Soames iba a ser un hueso difícil de roer, hacía falta un poco de estrategia...
De inmediato fue en busca de Cully. Cully llevaba varios años con él, era un hombre de mediana edad, leal y urn espléndido cocinero. Dejó la cubertería de plata que estaba abrillantando para escuchar al médico.
—¿Quiere que telefonee ahora, señor?
—Por favor.
—¿Y si la dama encuentra la hora a la que quiere visitarla inaceptable?
—Ya verás como no, Cully.
Mientras el mayordomo hacía la llamada, Oliver se acercó a un aparador antiguo y tomó una manzana del frutero.
—Mañana por la tarde a las cinco —dijo Cully cuando colgó—. La señora Soames estará encantada.
El médico dio un mordisco a la fruta.
—Estupendo, Cully. Y, por favor, si alguna vez ella o su hija me llaman, sé prudente.
Cully se permitió una sonrisa.
—Muy bien, señor.


El médico estuvo demasiado ocupado al día siguiente como para pensar en la visita que lo esperaba. Le habría gustado disponer de más tiempo para elaborar las razones de su petición pero, de todos modos, se presentó a las cinco en punto en la mansión de la señora Soames y fue conducido por una criada gruñona al salón. La señora Soames, enfundada en un modelo azul intenso demasiado apretado para sus amplias curvas, se levantó a recibirlo.
—Oliver, encantsda de verlo, porque seguro que debe ser un hombre muy ocupado. Me he enterado de que tiene mucha clientela —dijo con una risa aguda—. Es una pena que yo disfrute de una salud excelente, de lo contrario iría a hacerle una visita.
Oliver murmuró algo apropiado. La señora Soames dio unas palmaditas en el sofá.
—Siéntese a mi lado y dígame para qué quería verme....
Clare entró en el salón interrumpiendo a su madre. Su sorpresa era casi creíble.
—Cariño; ¿ya has vuelto? Mira quién ha venido á vernos.
La sonrisa de Clare fue encantadora.
—Ya era hora. Creía que ibas a estar fuera.
—Y estuve.
Oliver se había levantado y, cuando ella se les unió, se sentó en una silla y no en el sofá.
—Tenía prevista una serie de conferencias, pero las han retrasado un par de semanas.
Clare arrugó la naricilla con un gesto delicio.
—Fantástico, así podrás llevarme a cenar.
—Será un placer. Miraré en mi agenda y te llamaré por teléfono si puedo. Me estaba preguntando si tenías tiempo libre durante el día. Estoy buscando a alguien dispuesta a leer un par de horas varias veces a la semana para una anciana —dijo sonriendo directamente a Clare—. ¿Podrías ser tú, Clare?
—¿Yo? ¿Que yo lea un libro aburrido para una no menos aburrida vieja? Además, ni siquiera tengo un momento para mí misma. ¿Qué clase de libros?
—¡Oh, bueno! Novelas románticas..
—¡Puag! O sea; absolutamente patético. ¿Y no se te ha ocurrido otra cosa que pensar en mí, Oliver? —añadió con una risa tintineante—: Pero si ni siquiera leo para mí, sólo Vogue y Tatler.
El médico puso una cara de decepción conveniente.
—¡Vaya! En fin, supongo que habrá que seguir buscando.
—¿Quién es esa anciana ? –preguntó Clare, vacilante—. ¿Es alguien que yo conozca? Me parece que lady Power se tiene que hacer algo en los ojos. Y la señora Dillis, ya sabes, estuvo aquí la noche de la fiesta, cubierta de arriba abajo con diamantes. Es muy capaz de contratar a medía docena de acompañantes, cuidadoras o como se llamen.
—La señora Duke vive sola en un piso diminuto y se mantiene de su pensión.
—¡Qué cosa más horrible! —exclamó Clare, intercambiando una mirada con su madre—. ¿Y por qué Bertha no se dedica a algo útil? Se pasa la vida leyendo y nunca hace nada ni sale a ninguna parte. Pues claro, ella es ideal para estas cosas.
Clare se levantó e hizo sonar la campanilla. Le encargó a la criada gruñona que fuera a traer a su hermanastra. Bertha entró en el salón en silencio y se quedó de una pieza cuando vio al doctor Hay—Smythe
—Ven aquí, Bertha —dijo la señora Saames—. Creo que ya conoces al doctor Hay—Smythe, ¿no? Estuvo en la fiesta de Clare. Tiene una petición que hacerte, una que estoy segura de que vas a aceptar y así tendrás algo que hacer de vez en cuando. Quizá quiera explicárselo usted mismo, Oliver.
También se había levantado cuando Bertha apareció y ahora, al sentarse, volvió a cambiar de sitio, procurando hacerlo cerca de ella.
—Sí, nos conocemos —dijo en un tono amistoso—. He venido a pedirle a Clare que leyera para una anciana, una paciente mía, pero ha sugerido que, quizá tú estarías más interesada en ir a visitarla. Tengo entendido que te gusta leer, ¿no?
—Sí, sí que me gusta.
—Pues entonces, decidido —intervino la señora Sóames—: Está a su disposición, Oliver:
—¿Estás dispuesta a ir a la casa de esta señora, digamos tres tardes por semana y leerle durante un par de horas?
—Sí. Gracias, doctor.
Bertlha parecía aceptar de buen grado, pero cuando alzó la cabeza, sus ojos estaban húmedos.
—Estupendo. Veamos. ¿Podrías acercarte hasta Harley Street mañana por la tarde? Así mi secretaria te daría la dirección. Es un trayecto bastante largo en autobús, pero no debe haber mucha gente a esa hora. ¿Quedamos a las dos, de acuerdo? Y muchísimas gracias.
—Pero tomará algo antes de irse, ¿verdad? —dijo la señora Soames—. Yo tengo que ir a hacer una llamada, pero Clare cuidará de de usted. Bertha, ¿quieres ir a comprobar que la cocinera tiene en orden la lista de la compra para mañana?
Oliver, habiendo conseguido su propósito, se sentó durante otra media hora y bebió tónica mientras Clare tomaba vodka.
—¿No bebes? —preguntó ella riéndose—. Te lo juro, Oliver, me parecías un hombre de whisky.
Oliver le contestó con una de sus mejores sonrisas.
—Tengo que conducir. No estaría bien que llegara al hospital haciendo eses, ¿no crees?
—Supongo que no, pero, ¿por qué trabajas en un hospital cuando tienes una clientela tan numerosa y puedes darte el lujo de escoger tus pacientes?
—Me gusta trabajar —dijo él alegremente. Echó un vistazo al reloj—. Quisiera quedarme, pero tengo una cita. Gracias por la copa. Te llevaré a cenar y a tomar champán en la primera ocasión que se presente.
Clare lo acompañó a la puerta, le puso una preciosa y delicada mano sobre el brazo y lo miró a los ojos.
—No te importa que no quiera visitar a esa vieja, ¿verdad? O sea, es que no puedo soportar la vejez y la pobreza, la gente sucia y los ni malolientes. Debo ser demasiado sensible, ¿no crees?
Oliver le sonrió levemente.
—Sí, desde luego que sí, pero no me importa lo más mínimo. Estoy seguro de que tu hermanastra se las arreglará estupendamente. Al fin y al cabo, yo buscaba a alguien que leyera en voz alta. Y ella parece tener tiempo de sobra.
—La verdad es que siento mucha pena por ella, lleva una vida tan aburrida, ¿no? —declaró Clare y se esforzó por aparentar que lo decía en serio.
El doctor Hay-Smythe le palmeó la mano, se la quitó de la manga, se la estrechó y se despidió de ella con modales intachables. Clare se deslizó por el vestíbulo como en un vals, buscó a su madre para hablar con la boca hecha agua de su nueva conquista. El doctor, en cambio, se fue a casa satisfecho de sí mismo. No le gustaba Clare ni en pintura, pero había logrado su propósito.


Llovía cuando Bertha salió de casa para tomar el autobús, lo que significaba que tenía que ponerse otra vez aquella gabardina raída. Se consoló pensando que así ocultaba el vestido que llevaba, uno que Clare se había comprado en un arrebato  sólo para que le resultara odioso en cuanto llegó a casa y lo volvió a ver.
No era adecuado para finales de otoño, al contrario, era todo de colores vivos y excesivamente fino. Pero hasta que su madrastra decidiera comprarle algo más acorde con la temporada, tampoco tenía mucho donde elegir en su armario. Además, tampoco iba a verla nadie. La anciana que iba a visitar padecía de la vista.
Se bajó del autobús e hizo a pie los pocos metros que la deparaban de la consulta del doctor Hay—Smythe, llamó al timbre y le abrieron. La oficina era elegante y cómoda; la señorita elegante que había tras el escritorio tenía una sonrisa simpática.
—¿Señorita Soames? —preguntó mientras se levantaba e iba a abrir una puerta tras el escritorio—. El doctor la está esperando.
¡Era Bertha la que no lo esperaba a él!. Retrocedió un paso.
—No hace falta que lo moleste. Sólo pasaba a que usted me diera una dirección.
La secretaria se limitó a sonreír pero mantuvo la puerta abierta de par en par, permitiendo que Bertha viera al médico sentado en su despacho. Entonces, Oliver alzó los ojos, se levantó y fue a recibirla.
—Hola, Bertha. ¿Te importa esperar a que termine? Sólo será un momento. Siéntate. ¿Has tenido problemas para venir?
Oliver le acercó una silla cómoda, hizo que tomara asiento y volvió a su escritorio.
—Será mejor que te desabroches la gabardina, hace calor aquí dentro.
Era amable y considerado, Bertha perdió su timidez y se sentó cómodamente. La gabardina abierta dejaba ver su vestido. El médico parpadeó al ver aquel color estridente. Tomó la pluma mientras pensaba que debía ser otra prenda de las que Clare se había deshecho, sólo conseguía resaltar cruelmente la sosez de la cara de Bertha.
Se enfureció. Tenía ganas de intervenir, pero se preguntaba si aquello no era algo que concernía exclusivamente al señor Soames. Acabó de escribir y volvió a levantarse.
—Voy a la clínica para ver a un par de pacientes. Te llevaré a casa de la señora Duke y pasaré a recogerte cuando acabe. ¿Te importa esperarme? —dijo él y entonces se fijó en el paquete que Bertha llevaba en las manos—. ¿Libros? ¡Qué detalle!
—A la cocinera le gustan las novelas románticas y me ha dejado algunas viejas. He pensado que quizá entretengan a la señora Duke.
—Señora Taylor, la señorita Soames viene conmigo —le dijo Oliver a la secretaria—. Si no he vuelto a las cinco, haga el favor de cerrar usted. Déjeme los recados sobre el escritorio, ¿quiere?
—Por supuesto, doctor. Sally llegará a las seis.
—Sally es mi enfermera —explicó Oliver—. Mi mano derecha. La señora Taylor es la izquierda.
—Vaya tranquilo, doctor —dijo la señora Taylor con una risilla casi maternal.
Bertha, educada para entablar conversación cuando la circunstancia lo requería, sacó esmeradamente a colación los temas que le parecieron adecuados mientras viajaban en el Rolls. El médico, secretamente divertido, le contestaba con afabilidad, de modo que, cuando detuvo el coche en una calle destartalada de casas adosadas, Bertha se sentía tranquila.
Oliver la ayudó a salir del coche y la llevó ante una puerta que pedía a gritos que la pintaran.
Al cabo de un momento, una anciana de cara arrugada, feroces ojos negros y una mata de pelo sucio y rebelde, les abrió. Saludó con un gesto al médico y se quedó observando a su acompañante.
—¿Ya ha traído a su chica? Venga, pasen. Me vendrá bien un poco de compañía —dijo mientras los conducía por un pasillo estrecho a la puerta que se abría en un extremo—. Esta casita es toda mía. ¿Cómo se llama?
—Bertha, señora Duke.
El médico observó aliviado que no arrugaba la naricilla ante el fuerte olor a col y a gato, en su cara no veía otra cosa que un interés amable. No se quedó mucho tiempo. Cuando el médico se marchó, Bertha aceptó el asiento que le ofrecían y le entregó a la anciana los libros que le había llevado.
La señora Duke leyó los títulos gesticulando con su miopía.
—Espere que haga una taza de té. Prefiero que empecemos por El amor es un voto imperecedero.
En cuanto se dejó caer en un sillón desvencijado, un gato vetusto subió de un salto a su regazo.
Bertha abrió el libro y comenzó a leer.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 30 de diciembre del 2013


Llegó el penúltimo día del año!!!
Quedan menos de 48 horas para que empiece el 2014 pero por ahora, terminemos con esta Antología, publicando "El Despertar" de Patricia Gardner Evans.


3ª historia incluida en la Antología Cuentos de Navidad (1996)
Título: El Despertar (1996)
Título Original: Comfort and joy (1995)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Internacional 134
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Jack Herrad y Claire Ezrin




Sinopsis

¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel?
Claire y Jack se gustaron al momento, de eso no había duda y, si seguían así, pronto se iban a enamorar como dos adolescentes, aunque los dos eran personas maduras…

Capítulo Uno

—¡El siguiente!
La cola se apretujó hacia delante, y Claire Ezrin avanzó un paso hacia su objetivo. Ese día no le había ido bien. Su despertador decidió retirarse la mañana en que el nuevo decano de la facultad de medicina tendría su primera entrevista con los miembros del personal, y las cosas habían ido cuesta abajo a partir de entonces. En el cuarto de baño, un vistazo al espejo le mostró que era un mal día para su pelo. Luego se cepilló con el tubo de óxido de cinc en lugar del de pasta de dientes. Después de cepillarse y enjuagarse varias veces para librarse del horrible sabor en su boca, se echó por la cara la muestra de crema antiarrugas y no la de crema hidratante que le dieron en la droguería. Mirándolo por el lado bueno decidió que podría quitarle algunas arrugas, y que sería más prudente olvidarse de maquillarse.
El traje rojo que la iba a ayudar a dar una buena impresión, tuvo que quedarse en el armario porque todas sus medias estaban en la secadora, mojadas, porque se había roto durante la noche. Tenía medias hasta la rodilla en una de las cajas que aún no había abierto, pero tras echar un vistazo al reloj, decidió afeitarse justo hasta el dobladillo de su falda más larga. No le sorprendió que al sacar la falda de la percha, se le cayera directamente al retrete, por suerte después de haber tirado de la cadena. Un viejo par de pantalones grises eran lo único que pegaba con el jersey que no podía quitarse porque se le había pegado el pelo mientras intentaba hacerse un moño. Y así fue como decidió sentarse en medio de la última fila en la reunión del personal y hundirse lo más posible en el asiento.
La fila siguió avanzando hacia delante y Claire vio que sería la siguiente. Como no tuvo tiempo para desayunar, echó el resto de la sopa que había preparado para almorzar en el plato del gato en lugar de en el suyo. Después de eso, el coche arrancó a la primera y el trayecto hasta Albuquerque fue como la seda. El nuevo decano había anunciado que atrasaría las visitas e inspecciones hasta después de las vacaciones. Eran noticias muy buenas especialmente para el departamento de tecnología médica, con poco personal y en medio de los exámenes finales en ese momento. Cuando el decano fuera a inspeccionarlos, todo habría vuelto a la normalidad, y con suerte, Sylvia, la jefa de departamento, habría encontrado dos médicos más que quisieran cambiar el laboratorio por las clases. Tontamente, Claire se atrevió a pensar que su mala suerte había cambiado.
No fue así. Sólo fue una tregua en la acción, para que así pudiera apreciar mucho más el gran final. Cuando los estudiantes estaban entregando los exámenes, el ayudante de laboratorio tropezó con la bandeja de especímenes. Ninguno de ellos se perdió el maletín abierto de Claire. Durante la siguiente limpieza, enjuague, desinfección y disculpas, Claire encontró la factura del impuesto de su nueva casa. Y por eso en ese momento estaba de pie en fila en el despacho del tesorero en lugar de corrigiendo exámenes finales. ¿Por qué iba a esperar un día más si podía solucionarlo ése?
—¡Siguiente!
Claire avanzó al oír la aguda voz masculina, con la factura ligeramente húmeda en su mano.
A mediados de noviembre todos los años, el tesorero o recaudador de impuestos, les enviaba las facturas de impuestos por propiedades. Los ciudadanos de Albuquerque no apreciaban ese adelantado regalo de Navidad, y no era exagerado decir que el recaudador de impuestos era el hombre más odiado en la ciudad durante ese mes.
Jack Herrod sabía que ese año era especialmente odiado por el aumento de los impuestos.
Cuando él ocupó ese puesto en enero, bromeó diciendo que no le importaban las hostilidades a las que normalmente se enfrentaba un recaudador de impuestos, porque él era un abogado y estaba acostumbrado a abusar, pero ese día se sentía él mismo algo hostil. El ordenador no dejaba de fallar, su empleada había anunciado que el viernes sería su último día y a él le habían llamado «rey Herrod» demasiadas veces. Sólo faltaban dos semanas para Navidad, pero había una clara falta de espíritu navideño en la gente que le agitaba su factura en la cara. Vio a la siguiente ciudadana que se acercaba, se fijó en que no llevaba anillo y se enderezó. Quizás el día se arreglara.
Claire, sonriendo, le entregó la factura, rezando para que él no se diera cuenta de que estaba húmeda, aunque profundamente desinfectada. Sintió que su sonrisa desaparecía cuando él aceptó la factura, la miró, y su atractiva sonrisa se convirtió en un ceño.
—Buenas tardes, señora Swearingen.
Jack se dijo que era una estupidez decepcionarse al ver en la factura el nombre de un hombre junto al suyo.
—Los Swearingen eran los dueños anteriores —explicó Claire—. Yo compré la casa justo después de que enviaran la factura. Me llamo Claire Ezrin.
Él tecleó algo en su ordenador y luego la miró. Su sonrisa había vuelto.
—¿Cómo está, señorita Ezrin?
Estaba a punto de presentarse cuando ella respondió.
—¿Cómo está usted, señor Herrod?
Jack se dijo que también era estúpido alegrarse tanto de que ella le hubiera reconocido. Por supuesto, con todo lo que él había salido en las noticias locales últimamente, la mitad del estado de Nuevo Méjico lo reconocería. Volvió a teclear su factura y la impresora sacó una hoja.
—Aquí está el total, pero sólo tiene que pagar la mitad, claro. El resto no vencerá hasta el próximo abril.
Aguantó la respiración mientras ella miraba la cantidad. Como una venta generaba automáticamente un nuevo impuesto, la cantidad era más alta que la de los dueños anteriores.
—¡Oh! No es tanto como pensé.
Claire sacó el talonario de su bolso.
—Es la primera vez que oigo eso.
Ella se rió mientras escribía el cheque. Al ver su número de teléfono al revés, Jack rápidamente lo garabateó en un papel y se lo guardó en un bolsillo.
Claire arrancó el cheque y se lo dio.
—He de decir que me sorprende que usted trabaje en el mostrador.
—No podía dejar que mis empleados se llevaran toda la diversión.
Su disposición para el trabajo más pesado no era todo lo que había impresionado a Claire. En la televisión se le veía atractivo, pero en persona… Era más grande de lo que pensó. En una edad en la que la mayoría de los hombres echaban barriga, su estómago estaba plano y sus hombros eran anchos. Se veían antebrazos musculosos bajo sus mangas subidas, y el cuello era ancho y firme. Su rostro era demasiado duro para decir que era guapo, pero su mandíbula y su boca indicaban fuerza de carácter y las arrugas alrededor de los ojos un buen sentido del humor. Su pelo era color azúcar y canela, grueso y muy corto. A ella no le gustaba el pelo corto, pero en él no estaba mal. Nada mal. Sus cejas seguían muy oscuras, un tono castaño casi chocolate, al igual que sus largas pestañas.
—Gracias —dijo Jack grapando la factura y el cheque juntos.
Le encantaba el pelo de esa mujer. Era castaño claro, tan claro que parecía plateado. Lo tenía sujeto en un moño, con suficientes mechones escapando para que se viera que era rizado. Llevaba pantalones y jersey algo holgados, pero que indicaban unas bonitas curvas. Claramente no era una de esas mujeres que estaban continuamente a dieta, con miedo de tomar una comida decente. El jersey era gris de cuello vuelto, con motas de otros colores que también aparecían en sus ojos, azul, verde, marrón, dorado… Aunque no era de una gran belleza, su rostro tenía algo que era mejor, humor, inteligencia y honesta simpatía, todo con una luminosidad que le hizo sonreír sin ninguna razón en particular.
Jack tecleó el recibo necesario, le dio al botón de imprimir, y por primera vez en todo el día el cerebro electrónico hizo lo que él quería: entró en coma.
—El ordenador se ha vuelto a estropear —le dijo con falsas disculpas—, pero volverá a funcionar en un par de minutos.
Así disponía de esos minutos para aumentar sus posibilidades de éxito cuando la llamara más tarde. Inclinado un poco sobre el mostrador, olió algo suave y dulce.
—¿Vive cerca de Frost Road?
Su dirección decía Tijeras, un pueblo a unos kilómetros de Albuquerque en el gran cañón que corría entre las dos cadenas montañosas al este de la ciudad, pero el hecho de que ella tuviera tierra junto con la casa significaba que estaba fuera de los límites del pueblo.
—No, estoy en un pequeño valle en medio del cañón.
Él la miró, sorprendido.
—¿El que está frente a Zuxax?
Fue el turno de Claire de sorprenderse.
—Sí, ése. Usted ha debido crecer aquí.
Zuxax era el nombre de un viejo lugar de atracción turística, donde se veían serpientes, que fue demolido unos años antes, y sólo alguien que hubiera crecido en Albuquerque podría recordar el nombre y su localización. A Claire le agradó que fuera un nativo de esa zona, como ella, y no uno de los de fuera que superaban en número a los locales.
—Sí, nací en el viejo hospital Indio —sonrió—. Ha debido ser duro mudarse durante las vacaciones.
—No lo había planeado. Puse mi casa en venta y se vendió tres días más tarde. Aunque realmente no es un grave problema. Mi hermana no podrá venir a casa por Navidad, así que no tengo que preocuparme de desembalarlo y colocarlo todo rápidamente.
Jack vio en sus ojos una tristeza que entendía muy bien.
—Mi hijo no…
Pero fue interrumpido por la impresora, que empezó a trabajar. Al mismo tiempo, su mejor empleada, Donna Luna, apareció corriendo detrás de él.
—Jack, tengo un problema que deberías ver. Jack se giró en la dirección que le indicó Donna, hacia su despacho, donde ella había estado ocupándose del trabajo rutinario. De pie en la puerta del despacho de Jack, había una mujer mayor.
Claire no pudo evitar mirar también.
—¿Mamie? —preguntó sobresaltada.
—¿Conoce a la señora Bonnett?
Claire respondió distraída a la empleada de Jack.
—Sí, la conozco desde hace años… ahora es mi vecina.
Mamie tenía ochenta y un años. Siempre había parecido quince años más joven… hasta ese momento. Su cuerpo alto y delgado había encogido, su rostro estaba muy arrugado y sus ojos tenían la mirada vacía y perdida de la senilidad.
Viendo la posibilidad de una huida limpia, Donna actuó rápidamente.
—Bien, así alguien estará con ella —la impresora se paró y Donna arrancó el recibo y se lo dio—. Jack —se ofreció—. Yo seguiré aquí para que tú puedas volver a tu despacho.
Una vez que Jack y Claire se marcharon en la dirección correcta, ella se cruzó de brazos sobre el mostrador y miró feliz a la larga cola.
—¡Siguiente por favor!


Jack hizo entrar en su despacho a las dos mujeres y luego cerró la puerta.
—Soy Jack Herrod, el tesorero, señora Bonnett… —se presentó y le puso suavemente una mano en el codo para guiarla a una silla frente a su mesa.
Se volvió para ofrecerle otra silla a Claire pero ella ya se había sentado. Cuando él fue a su sitio, Claire sujetó una mano de Mamie entre las suyas.
Claire estudió preocupada a la mujer. Mamie no era una vieja senil. Se habían conocido hacía unos veinte años, mientras Claire estaba estudiando para obtener su título de medicina y se mantenía haciendo análisis de sangre en el hospital universitario a primera hora de la mañana, donde se encontraba muy a gusto, hasta que la asignaron a la unidad de pediatría. A los quince minutos sintió tantas ganas de llorar como sus pequeñas víctimas. Ni siquiera podía ocuparse de los pinchazos para pruebas que requerían una o dos gotas de sangre, y mucho menos clavar la jeringuilla a los que necesitaban un tubo entero. En ese momento, la enfermera jefe, Mamie Bonnett, se acercó a ella sin condescendencia, y con su bolsa de «trucos», un par de canciones tontas y un mono de juguete que contaba bromas, sujetó suavemente pero con firmeza a los pequeños. Después de graduarse, Claire encontró un trabajo en el mismo hospital y vio a Mamie regularmente hasta que se marchó a enseñar, pero se enteró de que Mamie había sido trasladada a la guardería y que su marido había muerto. Claire envió una tarjeta e hizo una donación para comprar flores. Descubrir unas semanas antes que Mamie sería su vecina fue una agradable sorpresa.
—Mamie —le dijo suavemente—. ¿Qué ocurre?
Mamie suspiró.
—Oh, Claire, me he metido en un lío y ahora voy a perder mi casa.
—¿Qué ha pasado, señora Bonnett? —preguntó Jack Herrod con la misma expresión preocupada que Claire.
Mamie respondió sin vacilar, aunque el modo en que apretó la mano a Claire indicó que no le resultaba fácil.
—Cuando mi marido murió, descubrí que liquidó todo el dinero de nuestra pensión de jubilación y puso el dinero en un negocio de un amigo suyo. Yo amaba a Leo, pero era un absoluto idiota en lo referente al dinero. Un mes después, ese negocio se fue a la quiebra, y entonces fue cuando yo encontré los papeles que Leo firmó haciendo a los inversores responsables de las pérdidas. Su amigo se declaró en bancarrota para protegerse. Imagino que yo también debí hacerlo, pero hipotequé mi casa, pagué mi pensión y devolví el dinero.
—¿Y su abogado lo aprobó? —preguntó Jack.
—No, pero yo lo había estudiado todo y sabía que estaría bien económicamente… hasta… —suspiró disgustada—, que me rompí la cadera.
—¿Te rompiste la cadera? ¿Cuándo? —preguntó Claire.
—Hace cuatro años. Pero ya estoy bien. Con la Seguridad Social y la pensión de Leo, podía pagar la hipoteca, pero no pude pagar los impuestos de propiedad ese año. No volví a trabajar tan pronto como pensé, y entonces sólo lo hice un día a la semana, así que tampoco pagué el año siguiente. Finalmente pude ahorrar algo de dinero cada mes, pero cada vez que parecía que podía ponerme al día, ocurría una emergencia… un tejado nuevo, el pozo roto… —se encogió de hombros—. Y volvía a quedarme sin dinero de nuevo. Cuando empecé a trabajar cuatro días por semana el mes pasado, sabía que podría pagar los impuestos y penalizaciones y finalmente tenerlo todo al día para esta época el año que viene. El condado nunca parecía muy preocupado por el dinero. Recibía una carta una vez al año, recordándome que iba atrasada en el pago, pero eso era todo, así que imaginé que tenía tiempo. Pero ayer, me llegó esta carta.
Mamie se soltó de Claire y sacó la carta de su bolso. Antes de poder dársela al tesorero, Claire extendió la mano, y tras vacilar, Mamie se lo dio.
Jack estaba furioso. Hacía años que Mamie había cumplido la edad normal de retirarse, y esa mujer debería haberse tomado la vida con tranquilidad, y no esperando poder trabajar unos días. Claramente no estaba preparada para una mecedora, pero al menos debió tener esa opción. Y quien fuera su abogado debía ser azotado por dejar que pagara con su casa. ¿Y dónde diablos estaba su familia? Bueno, no importaba, ellos dos la ayudarían.
Claire se puso a leer la carta. Jack debería ayudar a esa mujer estuviera Claire allí o no, pero no estaría nada mal que ella viera cómo lo hacía. Sonrió satisfecho, pero su sonrisa se desvaneció cuando ella terminó de leer y levantó la cabeza.
—¿Usted envió esto?
Su tono era tranquilo, pero él no se dejó engañar. Estaba furiosa. Sin decir palabra, extendió la mano para que le diera la carta. La leyó, sintiéndose peor a cada palabra. Unos meses antes él le dijo a su secretaria que fuera dura en las cartas a los que iban atrasados en los pagos, con la idea de asustarlos pero no de dejarlos fuera de combate. Palabras como «inmediata confiscación y posibles cargos civiles si no paga en treinta días», le hicieron sentirse como un ser horrible. Él no había escrito esa carta, pero sí era su culpa, porque no la comprobó antes de ser enviada.
—Sí, yo la envié —dijo inexpresivo.
Antes de que pudiera añadir que no debió hacerlo, Claire se puso de pie.
—Hemos tenido gente baja en este despacho, pero nunca tanto como usted.
Jack también se levantó.
—Señorita Ezrin, la señora Bonnett nunca debió recibir esta carta. Por favor, deje que le expli…
Claire no le prestó atención.
—Vámonos, Mamie —tiró de la mujer—. No tiene sentido perder más tiempo.
Miró a Jack de un modo que fue como un puñetazo. Mamie también intentó calmar a Claire.
—Claire, él sólo hacía su trabajo. Pienso que…
—¡Ya! Su trabajo no es echar a pobres viudas de su casa, ¡y en Navidad!
Mamie, dándose cuenta de que estaba frente a una criatura imparable, dejó que Claire se la llevara y cerrara la puerta de golpe.

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