sábado, 28 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 28 de diciembre del 2013


Continuamos este especial de Navidad con la segunda parte de la Antología "Cuentos de Navidad" de 1996 titulada "Un Regalo Sorpresa" de Jennifer Greene.


Antología Cuentos de Navidad 1996
Título: Un regalo sorpresa (1996) 
Título Original: Twelfth night (1995)
Autor: Jennifer Greene
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Internacional 134
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Will Montana y Laura Stanley


Sinopsis


¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel?
Un día de Navidad, la hermana de Laura apareció en la puerta de su casa con un bebé en brazos para que ella lo cuidara durante un tiempo. Y aquel niño hizo que, de pronto, la relación entre Laura y su novio empezara a cambiar drásticamente.

Capítulo Uno
Laura Stanley estaba secándose las manos en un trapo de la cocina cuando oyó un golpe en la puerta. Eran más de las once.
Fue a la puerta y abrió. Cuando vio al hombre que había de pie, se llevó la mano al corazón.
—¡Santa Claus! ¿Qué haces en la calle? Es Nochebuena, por el amor de Dios. ¡Se supone que tienes que estar entregando regalos!
—Lo estoy haciendo. Ésta es mi parada más crítica.
Laura inclinó la cabeza y miró suspicaz al recién llegado.
—No sé si debería dejarte entrar. ¿Tienes alguna credencial? A mí me parece que tienes pinta de ladronzuelo, y no veo ningún reno ahí fuera.
Laura miró detrás de él. El coche deportivo negro aparcado frente a su casa no tenía nada que ver con un reno y un trineo, aunque el intruso llevaba un auténtico sombrero rojo de Santa Claus y un voluminoso saco echado al hombro. Pero la cazadora de cuero tampoco tenía que ver con el atuendo de Santa Claus, e incluso en las sombras del porche, Laura podía ver que el tipo era fuerte y elegante. No había barriga, mejillas regordetas ni barba blanca. El pelo le llegaba al cuello y era negro. En lugar de inocentes ojos azules, los suyos eran oscuros e impenetrables.
—Traigo regalos, pero tienes que dejarme entrar para sacarlos.
—¿Crees que puedes sobornarme con regalos?
—No, claro que no. Pero si quieres credenciales tengo que sacar los regalos para mostrártelas. Y no quiero sacar los regalos aquí, en la nieve. O sea que si me dejas entrar sólo durante un par de segundos…
Laura odiaba ceder a una estafa tan clara. Pero se había levantado un viento helado y caían copos de nieve. Su conciencia no sobreviviría si ese hombre se quedaba helado en su porche. Así que se cruzó de brazos y lo dejó entrar.
El se quitó los zapatos de cuero en la puerta, pasó y dejó la bolsa en una silla, actuando como si conociera la casa.
Ella cerró la puerta sin dejar de mirarlo. Él se quitó en seguida el sombrero de Santa Claus y la cazadora de cuero. Dejó todo eso también en la silla, respiró profundamente y miró alrededor.
La única iluminación en el diminuto salón era la de las velas y las luces del árbol de Navidad.
El árbol estaba alegremente decorado y debajo había regalos. Las velas llenaban toda la repisa de la chimenea. El brillo de la decoración navideña lo llenaba todo, y los tonos rojos y verdes contrastaban con la original decoración azul.
La habitación abarrotada no pareció molestarlo. Nunca había visto antes esa casa adornada para Navidad, pero movió la cabeza como si el lío y la confusión fueran exactamente lo que había esperado. Se acercó al árbol y enderezó el ángel en la punta.
Luego se acercó a ella y sus ojos se encontraron.
—Ven aquí.
—¿Yo?
—¿Hay alguna otra morena de pelo rizado con ojos castaños en la casa que se llame Laura Stanley?
—No, sólo yo.
—Pues ven aquí y te daré una de esas credenciales que me habías pedido.
Ella lo hizo, con cuidado. Él no pegaba en esa casa… ni en su vida. Posiblemente Laura tuviera harina en la punta de la nariz, ya que había estado preparando la comida de navidad del día siguiente. Y su sudadera roja, vaqueros viejos y calcetines de Mickey Mouse, eran de las rebajas.
Y él estaba impecable. La camisa blanca era de lino y el reloj que llevaba en la muñeca tenía pinta de costar un riñón. Pero no era sólo el dinero lo que le daba ese aspecto intimidante. Incluso de pie, quieto, su cuerpo emanaba poder y tensión, y una fuerte energía viril. El rostro tenía pómulos salientes y mandíbula fuerte. El pelo oscuro y despeinado contrastaba con su piel blanca, y los ojos negros parecían penetrarlo todo. No tenía ni un rasgo suave, y no era guapo, aunque Laura lo encontraba muy atractivo.
A los treinta y un años, Laura era demasiado madura para dejarse llevar por un montón de química masculina. Tendría que esta loca para arriesgarse emocionalmente con un tipo así.
Pero él le acarició la barbilla con los nudillos, haciéndola levantar la cabeza, y entonces la besó.
El primer beso fue frío. Sus labios estaban tan helados como el paisaje nevado fuera. Pero eran sorprendentemente suaves comparados con las líneas duras de su rostro.
Y los labios se calentaron deprisa. Igual que él.
Cuando Laura le subió las manos por los hombros, pudo sentir que la tensión poco a poco desaparecía de sus músculos. Will Montana rara vez perdía, siempre estaba relajado, siempre parecía dispuesto a luchar contra una banda de matones. No había matones en su casa, ni guerras que luchar, pero él siempre tardaba un tiempo en darse cuenta.
Sus ojos negros empezaron a arder, y la besó con más profundidad, como si ella fuera lo único bueno que había tenido ese día.
Seis meses antes, cuando Will se paró para ayudarla a cambiar una rueda pinchada, ella se sintió encantada por su caballerosidad, pero nunca esperó volver a verlo. Durante mucho tiempo no pudo comprender por qué Will quería verla cuando no tenían nada en común, ni en el aspecto económico ni en el temperamento. Pero ésa no era la primera vez que él la besaba como si ella fuera lo único que hubiera entre él y la locura de la vida. Will era estupendo en su trabajo, un triunfador, pero era horrible relajándose y olvidándose de ello.
Nunca bajaba la guardia… hasta que la tocaba. Siempre era un extraño poderoso que le daba miedo… hasta que ella lo tenía entre sus brazos.
Laura metió los dedos en el pelo de su nuca. El beso se volvió más húmedo y oscuro. Ella movió el cuerpo, acurrucándose contra él, y un torbellino de sensaciones la sacudió.
A veces no se sentía muy segura de él, y se daba cuenta de que Will nunca mencionaba el matrimonio, el futuro o los hijos, todo lo que a ella le importaba. Pero enamorarse de él había sido muy fácil y las razones, elementales. Él la hacía sentirse toda una mujer. La hacía sentirse más necesitaba que el aire. Ella nunca había deseado así a otro hombre.
Laura se apartó porque tenía que respirar.
—Bueno, parece que eres tú y no Santa Claus.
—¿Has tenido que besarme para darte cuenta? ¿Besas a todos los hombres que aparecen en tu puerta para comprobar su identidad?
—A todos no. Sólo a los que entran llevando sombreros de Santa Claus. Ha sido un disfraz muy efectivo. Durante un momento me habías engañado completamente.
Will sonrió y sus ojos se iluminaron. Le sujetó la mano que tenía apoyada en su pecho.
—Tienes problemas, Laura Stanley.
—Eso no es nuevo. Lo supe en cuanto te dejé entrar.
—Si no apartas las manos de mi cuerpo, no podrás abrir los regalos durante un largo rato —dijo mirándola con intensidad.
—No necesito otros regalos. Estoy muy contenta con el que tengo ahora mismo frente a mí.
—Ése será el último. Estoy deseando que los abras.
—Hasta mañana no es Navidad —protestó Laura.
Pero Will insistió, tirando de ella.
Una vez Laura estuvo instalada en la alfombra junto al árbol, Will sacó el montón de regalos de su saco. A Laura se le puso un nudo en la garganta. Debió imaginar que Will querría con ella una navidad privada. Ella le había convencido para que fuera a comer al día siguiente.
Sólo iría su padre, ya que su única hermana se había mudado al otro lado del país. Pero Will había crecido solo, un huérfano, y se sentía incómodo con las fiestas y tradiciones familiares.
Laura entendía que él quisiera compartir con ella una Navidad privada, pero esa generosidad era demasiado. El primer paquete era un camisón blanco de seda. El siguiente, un montón de películas clásicas para el vídeo. Había calcetines de Mickey Mouse para un año, una caja de bombones, una enorme toalla de baño roja, un jersey de lana.
Con cada paquete se sentía más incómoda. Ella siempre había sido más feliz dando que recibiendo. Pero él se estaba divirtiendo y ella no quería estropearle el momento. Así que todo fue más o menos bien hasta que abrió el último regalo. Era una caja pequeña de terciopelo negro, y dentro había un colgante de zafiro en forma de corazón, precioso.
—Will… no puedes hacer esto.
—Puedes cambiar lo que no te guste.
—No tiene nada que ver con el gusto. Es porque me has dado demasiados regalos y has gastado mucho dinero. Y no puedo aceptar algo así.
Tenía miedo de tocar la joya. La cadena de oro era muy delicada y los zafiros parecían tener vida propia.
—¿Por qué?
—Porque yo no puedo hacerte a ti lo mismo.
Él también estaba rodeado de cajas. Laura le había comprado guantes y una bufanda que él se había puesto al cuello, ilusionado como un niño.
—Laura, de niño nunca tuve nada. Ahora tengo mucho dinero y no hay ninguna razón por la que no pueda gastarlo como más me guste. Y adoro sorprenderte. ¿Qué tiene de malo?
No era la primera vez que ella intentaba discutir el problema de su extravagancia, pero era imposible.
—Sorprenderme está bien. Las sorpresas son maravillosas, pero aceptar un colgante así es… diferente. Es demasiado caro. Y no quiero que pienses que tu dinero me importa.
El la miró divertido.
—Bueno, si ése es el único problema… Ya sé lo que opinas de mi dinero. Deberías haberme dejado que cambiara el tejado de esta casa si no fueras tan alérgica a un poco de ayuda. Y también deberías haberme dejado que cambiara tu vieja y oxidada lavadora. Casi me cortaste la cabeza cuando te arreglé los frenos del coche, ¿recuerdas? Pensé que ibas a estrangularme.
—Yo puedo arreglar los frenos de mi coche.
—Lo sé, señora Independiente. Pero estabas esperando un cheque el viernes, y esos frenos fallaron el martes. Era una cuestión de seguridad, no de dinero.
—Estás intentando distraerme. No estamos hablando sobre frenos, sino sobre colgantes.
—Puedes tirarlo si no lo quieres.
—Por encima de mi cadáver. Te estoy diciendo que no necesito que seas tan extravagante conmigo. Habría sido muy feliz con un llavero, por el amor de Dios…
—¿Necesitas un llavero nuevo?
Eso bastó. Laura se echó sobre él con un gruñido de frustración. Will era capaz de salir a comprarle un llavero incluso a esa hora. Tenía que haber algún modo de distraerle para que pensara en otra cosa.
Y la había.
El beso fue para él como un narcótico. Cayó hacia atrás, sobre los lazos y papeles de regalo. Y la tenía sujeta de la cintura, así que ella cayó encima.
Sus lenguas se encontraron. Will estaba hambriento y sus manos tocaban su cuerpo sin parar. Ella sintió que su cuerpo se puso duro y caliente de deseo.
—No voy a quedarme con el colgante.
—Ya hablaremos de eso… pero luego.
La puso bajo él. Rápidamente, se dio cuenta de que ella no llevaba sujetador bajo la sudadera. Fue un error peligroso no ponerse sujetador estando Will cerca, pero era muy divertido tentarlo.
Él necesitaba tentación. Había cientos de cosas que ella no entendía sobre el hombre misterioso de quien se había enamorado. Pero sabía que no tenía apellido. Él había elegido Montana porque fue el estado en el que nació, y no tenía ningún lazo familiar con nadie. Quizás él amara ese abandono porque fue abandonado de pequeño. Quizás se entregara tan completamente porque era el único modo de expresar sus sentimientos.
Laura consiguió quitarle el cinturón y sacarle la camisa. Quería tocarlo, pero él no la ayudaba. Will ya le había quitado la sudadera y había metido la cabeza entre sus pechos. Sus mejillas eran rugosas y eróticas, especialmente comparadas con su lengua. Will conocía su cuerpo mejor que ella misma.
Al final Laura ganó la batalla con los botones de la camisa y se la quitó. Cuando su pecho quedó desnudo, ella extendió las manos por su piel.
La luz de las velas brillaba en la cara de Will, reflejando la solitaria oscuridad en sus ojos. Las luces de colores del árbol se reflejaban en sus enormes hombros desnudos. Ese hombre solitario que necesitaba una familia había sido el que le había robado el corazón, y no el amante extravagante y alocado.
Aunque posiblemente su relación con él era sólo un sueño. Posiblemente su misterioso caballero evitaba temas como los bebés y las familias porque no tenía interés en ello y nunca lo tendría.
—¿Qué ocurre, Laura?
—Nada.
Lo besó con fuerza, queriendo borrar todos sus miedos. Dado su pasado, era normal que él no quisiera compromisos. No sabía nada de la felicidad de una familia, y Will no era un hombre al que se pudiera forzar.
Aún así, ella nunca había estado tan enamorada.
—Laura.
—Sshh…
—Laura, hay alguien en la puerta. Están llamando.
No era posible. Laura acababa de oír el reloj de cuco en la cocina que había dado las doce. Nadie podría llamar a esa hora.
Pero entonces oyó los golpes impacientes en la puerta, y miró a Will confundida.
—No puede haber nadie ahí.
—Pues lo hay. Yo me ocuparé.
Will recogió su camisa y se puso de pie.
Laura se pasó una mano por el pelo revuelto. Se levantó y buscó su sudadera. Se la puso y trató de ordenarse el pelo mientras iba también hacia la puerta.
Cuando Will la abrió, sus anchos hombros le bloquearon la visión.
—¿Quién es?
Entonces se puso junto a Will y lo vio.
No había visto a su hermana pequeña desde hacía un años. A Laura nunca le había gustado el hombre con el que ella se casó tres años antes, pero la pareja se había mudado a Oregón, lo que parecía el otro lado del mundo.
Deb se quedó embarazada el año anterior, y a pesar de que las conferencias eran muy caras, Laura llamaba a menudo a su hermana. Y estaba preocupada, porque últimamente Deb le parecía distinta. Ella sabía que el embarazo suponía un trastorno emocional, y Deb le había dicho una y otra vez que estaba bien y feliz, de manera que pensó que se preocupaba sin necesidad pues, según creía, su hermana no tenía ninguna razón para mentirle.
Pero no se dio cuenta hasta ese momento de lo bien que mentía Deb.
Deb no llevaba sombrero, y su vieja chaqueta de lana estaba abierta y sin botones. Habría perdido casi diez kilos desde la última vez que Laura la vio, y a su hermana nunca le había sobrado peso precisamente. Deb siempre había sido la bella de la familia, pero en ese momento tenía las mejillas hundidas y el rostro demacrado, y el pelo despeinado. Y sus ojos, sus maravillosos ojos llenos de vida, estaban llenos de miedo.
—¡Laura!
Deb echó una mirada rápida a Will pero luego se dirigió a su hermana. Pareció desmoronarse. Se le llenaron los ojos de lágrimas y al instante empezó a llorar descontrolada.
Laura, atónita, corrió hacia su hermana con los brazos abiertos.
Algo tarde se dio cuenta de que Deb no era la única ahí fuera.
El bebé en los brazos de su hermana estaba acurrucado hecho un ovillo y llorando sin parar.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 27 de diciembre del 2013


Llegamos a otro día más y hoy toca cambiar de Antología, dejamos el año 1993 y llegamos al 1996 con la Antología "Cuentos de Navidad" formada por otras tres historias de otras tres grandes escritoras.
La primera de ellas es "Manos Mágicas" de Janet Dailey.


Historia corta incluida en la antología Cuentos de navidad 1996
Título Original: The healing touch (1995)
Editorial: Harlequin Ibérica.
Sello / Colección: Internacional 134.
Género: Contemporáneo.
Protagonistas: Michael Stafford y Rebecca Barclay

Sinopsis

¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel?
Rebecca sabía muy bien lo que era la soledad, por eso comprendía a Michael. Pero la Navidad es siempre especial para los niños y Katie, la hija de Michael, solo tenía ocho años, y ya era hora de que entrara un poco de alegría en aquella vieja casa

Capítulo Uno

—Siento molestarle a esta hora de la noche, doctora Barclay, pero tenemos una emergencia en Casa Colina.
Rebecca Barclay gruñó. ¡Oh, no! ¡No más emergencias esa noche, por favor! Se dio la vuelta en la cama y miró el reloj en la mesilla. Eran las tres de la madrugada.
—¿Cuál es el problema, señor O'Brien? —preguntó, esperando que fuera algo simple.
Normalmente, a Rebecca le gustaba saber de Neil O'Brien, una de sus personas favoritas. Era muy competente con el ganado, y Rebecca sabía que nunca la llamaría a menos que realmente necesitara sus servicios. Pero ella no quería que nadie la necesitara… al menos durante el resto de la noche.
—Tengo aquí a una pequeña cabra que está intentando dar a luz a su primera cría. Pero seguro que algo va mal. Lleva en ello horas y no ha hecho ningún progreso.
Un parto. El parto de una cabra. Rebecca gruñó de nuevo. Algo simple, ¿eh? Era una cruel regla cósmica que ninguna llamada a las tres de la mañana fuera algo simple.
Con un esfuerzo, se obligó a hablar animosa.
—Estaré allí lo antes posible, señor O'Brien.
Rebecca colgó y levantó su cuerpo cansado de la cama. Sólo había dormido una hora desde la última emergencia.
A media noche le había despertado una llamada desesperada del dueño de un gato que vivía al otro lado de la ciudad en el campo. Y Rebecca tuvo que acudir y encontrar con dificultades el lugar en la oscuridad.
El felino llamado Butch, que pesaba casi quince kilos, era liso y brillante, más parecido a una pantera que a un gato casero. Rebecca pasó las dos horas siguientes volviendo a juntar las orejas destrozadas del animal. Como había perdido una pelea con un macho mayor y más fuerte, Butch estuvo de un humor pésimo. A Rebecca le dolían las manos y los brazos de sus arañazos, y su pulgar izquierdo tenía varios agujeros donde él le clavó los dientes.
Por desgracia, ella era la única veterinaria en la pequeña ciudad de San Carlos que estaba dispuesta a hacer visitas a domicilio. Como resultado, la sacaban de la cama varias noches a la semana.
¿Por qué quiso ser veterinario? ¿No era para algo de ayudar a los animales… aliviar el sufrimiento y curar las heridas?
¡Ugh! Dejando las razones altruistas a un lado, no quería ver otro rostro peludo al menos durante un mes.
Se puso los vaqueros y la camisa de cuadros que poco antes había dejado sobre la silla. Se llevó su viejo jersey de lana y su maletín lleno de medicinas e instrumental y corrió a su destartalado camión.
Durante un breve momento se permitió el lujo de respirar el dulce olor de la noche californiana. El delicado aroma de los jazmines plantados junto a su puerta se mezclaba con el de los naranjos del campo.
El aire era algo frío para ser verano. Se puso el jersey y subió al camión.
Ni un sólo faro brillaba en la carretera frente a su casa. San Carlos estaba dormido… exceptuándolos a ella y a Neil O'Brien, y por supuesto, a esa pobre cabra.

—Diez minutos más tarde, Rebecca llegó a Casa Colina, una enorme propiedad al norte del pueblo. La gran casa, una antigua hacienda española con techo de tejas rojas y elegantes arcos cubiertos de enredaderas, brillaba azul y blanca bajo la luna.
Rebecca conocía bien el lugar. De niña, pasó muchas horas felices jugando en la propiedad, explorando los rincones y escondrijos de la vieja casa, los jardines, graneros y huertas. La familia Flores tuvo cinco hijas y ella fue amiga de todas.
Pero con los años, las chicas crecieron, se marcharon a la universidad y se casaron. Finalmente, incluso Gabriela, la más joven, abandonó su hogar. El invierno anterior, sintiéndose perdidos y solos en un lugar tan grande, José y Rosa Flores vendieron Casa Colina y se mudaron a un apartamento en la ciudad.
A Rebecca le dijeron que los nuevos dueños eran gente reservada, y no sabía más de ellos. Incluso los habituales «cotillas» de la ciudad estaban en la oscuridad y hambrientos por cualquier detalle sobre sus solitarios vecinos.
A Rebecca le agradó enterarse de que habían elegido quedarse con Neil O'Brien como vigilante y con su esposa, Bridget, de ama de llaves. Después de trabajar para la familia Flores durante veinte años, Neil y Bridget sabían más sobre el modo de dirigir Casa Colina que nadie. Rebecca le tenía mucho cariño a la pareja y disfrutaba de su compañía. Admiraba los conocimientos de Neil y su amor por los animales, y siempre parecía tener una sonrisa para todo el mundo. Bridget era igual de agradable, ofreciendo una taza de té irlandés y pasteles caseros a todo el que iba a Casa Colina.
Al haber visitado muchas veces la propiedad, Rebecca la conocía bien. No se molestó en ir primero a la casa. Sabía que Neil estaría en el granero con la cabra y Bridget posiblemente estaría durmiendo. Así que pasó con su camión por la parte delantera de la casa y se dirigió hacia una serie de dependencias en la parte trasera.
Con su maletín en la mano, salió del camión y fue a los establos, donde brillaba una luz desde una ventana polvorienta. Entró corriendo, esperando que no fuera demasiado tarde.
O'Brien estaba arrodillado junto a una pequeña cabra blanca que estaba echada de lado sobre un montón de paja. Era una Nubian, la variedad de cabra favorita de Rebecca, conocidas por ser juguetonas y simpáticas y tener orejas largas y blandas. El animal jadeaba con fuerza, agotado de las contracciones. Pero a pesar de sus esfuerzos, no había señal de un recién llegado.
Con la atención centrada en su paciente, Rebecca no se fijó en la niñita que estaba sentada y acurrucada en un rincón del establo. Se abrazaba las rodillas que tenía dobladas hasta el pecho. Sus enormes ojos azules estaban llenos de lágrimas.
—¿Cuánto tiempo lleva de parto? —preguntó Rebecca.
Se arrodilló junto a la cabra y pasó una mano por su vientre hinchado. Sintió al animal estremecerse de miedo y fatiga. La cabra no podría soportar mucho más. Pero Rebecca sintió algo más, que le dio esperanza… el movimiento de su cría dentro.
—Lleva así desde ayer por la mañana —explicó Neil, sacando un pañuelo rojo del bolsillo de su mono. Se secó la frente que tenía empapada de sudor, a pesar del frío de la noche—. Como ves, no ha ocurrido nada. Creo que algo debe estar enredado ahí dentro.
Rebecca abrió su maletín y sacó un tubo de crema lubricante y antiséptica.
—Creo que tienes razón, Neil.
—Desde que te llamé, ha empeorado mucho —explicó el hombre preocupado—. Hilda es una cabra estupenda —añadió acariciando sus orejas largas—. No me gustaría perderla.
Entonces, Rebecca oyó un sollozo. Se dio la vuelta y miró en las sombras, viendo a la niñita por primera vez.
—Hilda va a morir… ¿verdad, doctora? —preguntó la niña con la cara llena de lágrimas—. Sabía que iba a pasar algo horrible.
Rebecca se acercó a la niña y se agachó a su lado en el montón de paja.
—Me llamo Rebecca. ¿Y tú?
—Katie.
—Bien, Katie. No creo que tengas que preocuparte mucho de Rebecca —le dijo, acariciando suavemente sus rizos negros que le caían por un hombro—. Continuamente me encuentro con este tipo de problemas, y normalmente todo sale bien.
—¿En serio? —La niña abrió mucho los ojos—. ¿Lo haces todo el tiempo?
—Ayer diez veces —respondió Rebecca sonriendo.
La niña se rió entre sus lágrimas.
—Eh, no creo que pase tantas veces.
—Tienes razón. Pero pienso que Hilda se pondrá bien. Ya lo verás.
Después de consolar a la niña, Rebecca volvió con Neil y la cabra. Se subió las mangas y se echó crema antiséptica desde los dedos a los codos. Luego se puso un par de largos guantes quirúrgicos.
—Voy a comprobar qué está sucediendo ahí dentro.
Mientras Rebecca examinaba a su paciente, el animal se quedó quieto, demasiado débil para resistirse. Tras un par de minutos, encontró la respuesta.
—Bien, tenemos gemelos. Y el primero es muy grande. Él es quien está retrasándolo todo.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Neil.
—Voy a girarlo un poco para ponerlo en la posición correcta. Así podré sacarlo.
Tan suavemente como pudo, Rebecca realizó la tarea. Hilda pareció sentir que algo había cambiado, y animada, empezó a empujar de nuevo.
En sólo unos minutos, Rebecca sacó a la primera cría. Como había dicho, era enorme con una cabeza especialmente grande. Pero no parecía mal por haber pasado por semejante prueba. Resopló gruñón a Rebecca cuando ella le aspiró la nariz y boca y le secó la cabeza con una toalla.
Con un puñado de paja, Neil empezó a darle al pequeño un masaje enérgico. Hilda gimió y dobló el cuello para ver mejor a su retoño.
Por el rabillo del ojo, Rebecca vio que Katie abandonaba despacio su sitio en la pared y se acercaba a ellos.
—¿Es chico o chica? —preguntó.
Sus lágrimas habían desaparecido, pero sus ojos azules estaban como platos, maravillados.
—Es un chico estupendo y fuerte —le dijo Rebecca.
Katie pareció decepcionada.
—Oh… yo estaba esperando una chica.
Neil se rió mientras empujaba a la cría hacia la cara de su madre. Ella le olisqueó con curiosidad y luego empezó a darle su primer baño con la lengua.
—Pobre Katie —dijo el hombre—. Le prometí que podría quedársela de mascota si era hembra.
—Bueno, aún hay más ahí dentro —dijo Rebecca—. Y en seguida sabremos si es tu cabrita o el hermano de éste.
Katie había perdido su timidez. Se puso al lado de Rebecca y se arrodilló sobre la paja. Extendió su manita y acarició el vientre de la cabra.
—Ya estás bien, Hilda —dijo con suavidad—. La buena doctora se ocupará de ti.
—Sí —dijo una voz grave tras ellos—. Parece que todo está bajo control.
Rebecca miró por encima de su hombro y aguantó la respiración. El hombre que estaba en la entrada era el más atractivo e impresionante que nunca había visto. Con su brillante pelo negro y sus ojos azules, era obvio que era el padre de Katie. Casi llenaba la entrada con sus anchos hombros, y la habitación pareció vibrar con su presencia.
Pero Rebecca no tenía tiempo en ese momento para pensar en un hombre atractivo. Tenía trabajo que hacer. Con su hermano grande dejando de obstruir, la segunda cría estaba a punto de salir al mundo.
Se preocupó cuando vio a la cría. Era mucho más pequeña que la primera, y parecía débil y sin vida mientras caía sobre la paja.
Rápidamente le limpió la nariz y boca y empezó a frotarle el cuello con la toalla. Neil entendió la urgencia y le hizo lo mismo en las piernas.
—Vamos, cielo —susurró Rebecca—. Respira… vamos…
Entonces vio que era una hembra y se le cayó el alma a los pies. Katie se hundiría si no vivía.
Justo cuando Rebecca estaba perdiendo toda esperanza, el pequeño animal se estremeció. Respiró y movió las patas traseras.
Neil sonrió de oreja a oreja.
—¡Lo has conseguido, Rebecca! —se puso de pie, la levantó y le dio un gran abrazo.
—¡Y es una chica! —exclamó Katie poniéndose de pie—. ¡Es para mí!
Hilda gimoteó y olisqueó a su segunda cría. La madre tenía una expresión feliz y aliviada en la cara, y sus largas orejas se agitaban mientras lamía a sus gemelos.
Finalmente, los dos hermanos se acurrucaron contra a su madre, oliéndola y buscando su leche tibia.
Rebecca se sentó en la paja y disfrutó de la escena. Momentos como ese hacían que todo valiera la pena. Había hecho su trabajo bien. Hilda estaba aliviada de su carga. Sus pequeños estaban a salvo y felices. Katie y Neil estaban encantados con los recién llegados. Y el padre de Katie…
Rebecca se giró para ver si estaba disfrutando de la escena tanto como los demás, pero para su sorpresa, tenía el ceño fruncido.
Dio un par de pasos hacia ellos y estudió a la segunda cría.
—Esa cabra es obviamente muy débil —dijo—. No creo que sea un animal apropiado para una niña.
—¡Si es apro… apro… muy buena! ¡Y yo la quiero! —gritó Katie mirando a su padre, furiosa y suplicante a la vez.
Rebecca tuvo que esforzarse por controlar su genio. ¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿No tenía corazón? ¿Cómo podía echar a perder un momento tan feliz y maravilloso?
—Los animales débiles y enfermos normalmente tienen problemas y son difíciles de cuidar —le dijo su padre—. Y aún ni siquiera sabes si vivirá.
Rebecca no pudo seguir callada más rato.
—Disculpe, señor…
—Stafford. Michael Stafford.
—Señor Stafford, entiendo su preocupación sobre tener un animal sano para su hija. Pero aunque esta cabra es algo pequeña, no hay razón para suponer que no vivirá.
—¿Oh, en serio? —La miró furioso, aparentemente ofendido de que hubiera dado su opinión sin que le preguntaran—. ¿Y puede usted garantizar eso, doctora?
Rebecca no podía entender su tono amargo. ¿Por qué reaccionaba así?
—Claro que no puedo garantizar que el animal no enfermará, señor Stafford. La vida no ofrece ese tipo de garantías.
—Realmente no.
De nuevo, Rebecca notó la furia en su voz. ¿Qué le había pasado a ese hombre para volverle tan frío?
Miró a Katie y vio el mismo dolor reflejado en sus ojos azules. Parecía ser de familia.
—Señor Stafford —dijo, intentando sonar más paciente y comprensiva de lo que se sentía—. Realmente creo que esta cabra está sana, a pesar de su pequeño tamaño. Si deja que Katie se la quede, prometo ayudar todo lo que pueda. Le enseñaré a su hija cómo cuidar a la cabra. Si algo va mal, todo lo que tendrá que hacer es llamarme y yo vendré en seguida.
—¡Por favor, papá! —suplicó Katie, acercándose a él y tomándole una mano entre las suyas—. La doctora Rebecca piensa que está bien. Deja que me la quede. Por favor, por favor, por favor.
Michael Stafford no dijo nada durante un rato mientras miraba a su hija, que tiraba de su mano. Rebecca no podía entender cómo podía resistirse a esos enormes ojos azules. Ella no podía.
Y su padre tampoco pudo. Suavemente, apartó la mano y se giró hacia la puerta.
—Bien —dijo mientras se marchaba—, si la doctora piensa que está bien, debe estar bien. Estoy seguro de que ella sabe más que yo de esas cosas. Sólo espero que tenga razón.
Rebecca hubiera deseado que no sonara tan sarcástico, pero le había dado su permiso a Katie para quedarse con la cría, y eso era lo importante.
Neil la ayudó a recoger sus cosas y guardarlas en el maletín. Su trabajo allí había terminado. Al menos de momento.
Después de haberse despedido, se giró para marcharse, pero se detuvo en la puerta para echar un último vistazo a Hilda y sus crías, a Katie y a Neil. Katie tenía los brazos alrededor de la cabra y le estaba murmurando cosas dulces al oído.
Sí, había una razón por la que Rebecca se hizo veterinario. Y era ésa.

En cuanto Rebecca entró al salón de belleza, fue abordada por un misil peludo llamado Twinkle. Twinkle era blanca la última vez que la visitó, pero esa mañana, el pelo de la perrita era de un extraño tono morado.
Rebecca había visto muchos animales a lo largo de los años, pero nunca un pequinés morado. Empezó a tener una ligera idea de qué había podido causar la irritación cutánea que la dueña de la perrita le había descrito antes por teléfono.
—Oh, Twink —dijo arrodillándose y acariciando sus orejas—, ¿qué te ha hecho Betty Sue ahora?
Ella simplemente ladró en respuesta y puso expresión lastimera.
—Lo sé, lo sé… —Rebecca aceptó el lametazo—. Lo he intentado, Twink, pero ya conoces a Betty Sue. Por cierto, ¿dónde está tu dueña? —preguntó mirando alrededor por el salón vacío.
Una puerta en la parte trasera se abrió y entró una mujer joven con un uniforme rosa, llevando con ella olor a permanente y a esmalte. Por alguna razón, a Rebecca no le sorprendió ver que Betty Sue se había teñido su propio pelo platino del mismo tono morado. Nada en Betty Sue podía sorprender ya a Rebecca. Pero Betty había nacido y se había criado en el corazón de Hollywood, por lo que Rebecca intentaba tenerlo en cuenta. Posiblemente la pobre no podía evitar ser así.
—Eh, hola, querida —dijo acercándose a Rebecca y dándole un abrazo—. Es nuestra doctora favorita, ¿verdad, Twinkle?
—No me hagas la pelota —replicó Rebecca—. Sólo lo haces porque sabes que estoy enfadada contigo.
—¿Enfadada? —Rebecca agitó sus pestañas postizas—. ¿Estás enfadada conmigo? ¿Por qué?
—No oíste ni una palabra de lo que dije la última vez que estuve aquí.
—Eso no es cierto. Claro que te oí.
—Entonces no me escuchaste. Te dije que le dejaras de hacer cosas raras a esta inocente criatura.
—Pero… pero… —balbuceó Betty Sue—. Nunca le haría a Twinkle nada que no me hiciera a mí misma.
Rebecca la miró de arriba a abajo, fijándose en el pelo teñido, las uñas de porcelana, los kilos de maquillaje. Betty no era una belleza natural. La lista de cosas que no se haría a sí misma o a su sufrida perrita debía ser muy corta.
—Betty Sue, tienes que dejarte de estas tonterías. Estoy cansada de venir a tratar problemas que tú has provocado. Le has pintado las uñas a Twinkle y…
—Oh, le gustó mucho. Se divirtió.
—Se puso piripi por los gases, Betty Sue. ¿Y recuerdas cuando le hiciste esas trenzas con los abalorios y las plumas?
—Bueno, pensé…
—Yo tuve que cortárselas. Tuve que afeitarla. Se pasó todo el invierno con el aspecto de una rata pelada.
—Pero yo le tejí un jersey.
—No se lo terminaste hasta la primavera.
—Actué con el corazón.
—Entonces será mejor que empieces a pensar con la cabeza —se agachó, recogió a la perrita y le separó el pelo, viendo su piel irritada y roja—. ¡Mira esto! Es una reacción a ese estúpido tinte morado.
—¡Antes le hice una prueba en un trocito, como decían las instrucciones! —lloriqueó Rebecca—. Lo hice, y salió bien.
—Esas instrucciones eran para una persona, Betty Sue, no para un pequinés. No bromeo, tienes que dejar de hacer estas cosas o te denunciaré por crueldad a los animales.
La barbilla de Betty Sue empezó a temblar ligeramente. Rebecca se alivió. Parecía que finalmente lo había entendido.
—Te daré un champú medicinal. Ayudará a aliviarle los picores y a evitar que la piel se infecte. No olerá muy bien después, pero…
—No te preocupes —la interrumpió Betty Sue—. No le echaré perfume. Me resistiré.
—Así lo espero.
Mientras Rebecca sacaba la medicina de su maletín y le escribía las instrucciones en la etiqueta, Betty Sue tomó a su perrita y le arrulló en la oreja.
—¿Quieres a tu mamaíta? Sí, claro que sí. Sabes que mamaíta sólo intentaba que estuvieras preciosa. Twinkle quiere a su mamá.
Betty Sue dejó a la perrita en el suelo y Rebecca le dio el champú.
—Por cierto —dijo la peluquera con una sonrisa en sus labios perfilados y pintados de rojo—. He oído algo, pero no sé si es cierto.
—¿El qué? —preguntó Rebecca intentando no parecer interesada mientras cerraba su maletín.
Betty Sue era una cotilla empedernida.
—He oído que has pasado mucho tiempo en Casa Colina… con ese guapo viudo, Michael Stafford.
—Entonces has oído mal —dijo Rebecca intentando ocultar su disgusto—. Sólo estuve allí una noche, y fue por trabajo, no placer. Créeme, tenía la mano metida en una cabra hasta el codo. Eso no es precisamente divertido.
—Oh… Pero conociste a Michael Stafford, ¿verdad?
—Sí, lo conocí. Lo vi con mis dos ojos. Me quedé muda mirando su guapísimo rostro durante tres o cuatro minutos.
Betty Sue se animó.
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Es tan atractivo?
—Es impresionante —tomó su maletín—. También es muy excéntrico, y personalmente, no me gustó… ni un poco.
Sin más palabra, Rebecca dio media vuelta y salió, dejando a Betty Sue boquiabierta.
Pero Betty pronto se recuperó y volvió a levantar a Twinkle.
—No la creo, ¿y tú? Mamaíta piensa que a la doctora Rebecca le gusta el señor Michael más de lo que dice. ¿No lo piensas tú también? Sí… mamaíta reconoce el amor verdadero en cuanto lo ve.
Betty Sue miró por la ventana hasta que la vieja camioneta desapareció.
—Bueno, ya se ha ido. Ahora probaremos ese nuevo blanqueador de dientes que ha comprado mamaíta en la droguería. Los tienes muy amarillentos. Y no pueden estar así, ¿verdad, bonita? A mí me han quedado muy bien. Vamos a ver…

jueves, 26 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 26 de diciembre del 2013


Hola de nuevo a tod@s, hoy tenemos otro frío e invernal día de Navidad pero que intentaremos hacerlo algo más llevadero y acogedor con la última parte de esta Antología, titulada "Esperanza en los corazones" de Sondra Stanford


Publicada en la antología «Otras historias para una Navidad 1993» (Silhouette Christmas Stories)
Título: Esperanza en los corazones (1993)
Título Original: Hearts of Hope (1992)
Autor: Sondra Stanford
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección:  Internacional 87
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Rob Green y Mary Shelton

Sinopsis

Rob Green no pudo evitar reírse cuando se topó con el enorme árbol de Navidad que Mary Shelton había adquirido para su casa. ¿Cómo podría el más pequeño apartamento de la ciudad contener ese enorme árbol? La mujer estaba esperando un milagro. Pero una mirada a Mary dejó a Rob pensando... en los árboles, el múerdago y el milagro de la Navidad.

Capítulo Uno

Mary Shelton abrió la pesada puerta y salió al exterior de la escuela primaria de Hope. Su amiga, la profesora de primer grado Jan Crane, la seguía.
Era una tarde brillante y soleada de primeros de diciembre, pero la belleza del día engañaba. Mary se alegró de haberse puesto la gruesa chaqueta sobre la falda negra y la suave blusa blanca. Jan, ataviada sólo con un vestido de seda, se estremeció mientras buscaba en su bolso las llaves del coche.
—¿Quieres que te lleve, Mary? —preguntó—. Hace bastante frío.
—Gracias, pero sólo vivo a dos manzanas de aquí —repuso la otra—. Además, eso me dará tiempo para organizar mis ideas.
—No te atormentes demasiado —le aconsejó su amiga—. Serás una buena directora del programa navideño.
Mary hizo una mueca.
—Espero que tengas razón, pero me sentiría mejor si tuviera ya experiencia en ese tema. Por lo que tengo entendido, va a ser difícil superar a Jackie Murphy.
En la reunión de profesores que acababa de tener lugar, el director de la escuela le había comunicado que tendría que ocuparse de dirigir el programa especial navideño de la escuela. La profesora de quinto grado que se había ocupado de ello durante los últimos veinte años, se recuperaba en el hospital de una apendicitis.
—Hace un buen trabajo, sí —admitió Jan—, pero tú también lo harás. Y Lydia Willis te ayudará mucho. Ha ayudado a Jackie en los últimos años, así que conoce todos los trucos.
—Ojalá se hiciera cargo del programa y me dejara a mí ser su asistente —dijo Mary.
Aquel era el primer semestre que enseñaba en la Escuela Hope y, en su calidad de recién llegada, no se sentía demasiado cómoda asumiendo ya una tarea de tanta responsabilidad.
—Lydia no sabe solfeo. Tú eres la única músico que tenemos aquí además de Jackie, así que no había más remedio que cargarte con eso.
—Lo sé —asintió Mary—. Pero espero hacer honor a la tarea. Me han dicho que toda la ciudad suele venir a vernos.
Jan sonrió.
—No hay muchas diversiones en Hope, Texas. Así que todos acudimos siempre que hay ocasión —se echó a reír al ver la expresión de ansiedad de su amiga—. Vamos, mujer, no es para tanto. Recuerda que tú sólo eres la directora, no la estrella del programa. Lo son los niños. La gente viene a verlos a ellos y no hay audiencia más complaciente que la formada por mamás, papás, abuelas y abuelos. Nadie te prestará la más mínima atención a ti.
Mary se echó a reír.
—Gracias. Eso es justo lo que necesitaba mi ego.
Jan también se rió.
—Bueno, me voy al supermercado. Pete tenía una entrevista para un empleo hoy en Nacogdoches, así que llegará tarde a casa. Quiero prepararle una buena cena para cuando vuelva.
—No sabía que pensarais mudaros.
La cara de Jan se ensombreció. Su esposo estaba desempleado desde que cerró la planta de refrigeradores de Ledbetter, siete meses atrás.
—Si encuentra un trabajo bien pagado en otra parte, tendremos que mudarnos. ¿Qué podemos hacer? Hay mucha gente en nuestra situación —dijo con tristeza—. Si no cambian pronto las cosas, la escuela empezará a perder muchos alumnos a medida que se marchen sus padres. ¿Y qué pasará entonces con nuestros empleos? —se encogió de hombros con aire filosófico—. No tiene sentido preocuparse por lo que no se puede evitar. Nos veremos mañana, Mary.
A pesar del frío, la joven anduvo lentamente. No tenía prisa por encerrarse en la pequeña casa que había alquilado en Oak Grove. Se había trasladado a la pequeña comunidad de Hope para dar clases al segundo grado de la escuela. Como había crecido siendo hija única en un rancho de Texas, nunca se sentía aburrida en soledad, pero en los últimos meses, desde su fiasco en Abilene, había empezado a pensar que quizá pasaba demasiado tiempo sola.
Los demás profesores de la escuela eran bastante amistosos, pero la mayoría tenía muchos más de los veintiséis años que tenía ella. Jan era la única de edad parecida y probablemente la mejor amiga que tenía allí, pero estaba ocupada con su esposo y su niño, así que no se veían mucho fuera de la escuela.
El señor Starr, el anciano viudo vecino de Mary, estaba fuera, barriendo su porche delantero cuando se acercó a su casa. Levantó una mano y ella le devolvió el saludo.
Al entrar, la recibió el silencio de la casa vacía. Otras personas tenían vidas interesantes a las que volver después del trabajo; maridos, esposas, niños. Ella no tenía a nadie que se preocupara de si iba o venía.
Se quitó las botas y se preparó una taza de té caliente. Cuando estuvo lista, se la llevó a la sala de estar, donde se sentó ante el piano y empezó a tocar las notas de «Dulce Navidad».
El piano era la razón principal por la que había alquilado aquella casa en particular. Había pertenecido, junto con el resto de los muebles, a la difunta hermana de la casera y le había ayudado a pasar muchas horas solitarias. Afortunadamente, siempre podía entretenerse con la música o los libros.
A pesar de sus vacilaciones al hacerse cargo del programa navideño de la escuela, no le importaba el trabajo extra. Prefería estar ocupada a tener demasiado tiempo para pensar. Mary temía a la Navidad. No estaba segura de poder soportarla sola cuando el año anterior había estado con su abuela y Wayne.
Aquel año, sin embargo, no tenía a nadie.
Dejó caer la tapa del piano, se puso en pie y volvió a ponerse los zapatos. Cogió el bolso y la chaqueta y se dirigió a la puerta.
La mejor arma contra la depresión era hacer algo. No pasaría nada si tenía que estar sola en Navidad ni tenía a nadie con quien intercambiar regalos. Se pagaría la mejor Navidad que pudiera permitirse.
Se metió en su coche Honda y condujo por la calle principal. Pasó el supermercado, el banco, una gasolinera y una oficina inmobiliaria. Justo después de la droguería había un solar que solía estar vacío. Ahora había allí un pequeño edificio metálico prefabricado rodeado de docenas de árboles de Navidad.
La joven aparcó y salió del coche con la intención de comprarse el árbol más grande y bonito que pudiera encontrar.


Rob Green abrió la puerta de la casa prefabricada. Sus ceñidos tejanos estaban manchados de grasa y restos de tierra roja. Su camiseta aparecía tan sucia como los pantalones, pero estaba semioculta por una chaqueta vaquera. Sus botas camperas hacían juego con el resto de su atuendo, que demostraba que había estado trabajando duro.
Sus ojos marrón oscuro estaban casi ocultos por el borde de una gorra azul de béisbol; observaba a los clientes inspeccionar los árboles. Le divertía ver a una familia completa reunirse juntos para debatir los méritos de un árbol sobre los demás antes de tomar una decisión.
Ed Watson, amigo y vecino de Rob, era el dueño de aquello. En aquel momento, estaba ocupado ayudando a un cliente a cargar un gran árbol en una camioneta. Sólo le había saludado con la cabeza al verlo llegar.
El hermoso día soleado había degenerado ya en un atardecer nublado y frío. Las luces cercanas aparecían rodeadas por halos de humedad.
Cuando Ed se quedó libre, se unió a Rob en el interior del pequeño edificio que hacía las veces de oficina temporal.
—Hay café recién hecho. ¿Quieres una taza?
—Muy bien.
La minúscula estancia contenía dos sillas, una mesa que servía de escritorio y otra mesa más pequeña que sostenía la cafetera.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó Ed, mientras servía el café.
—Daré una vuelta hasta que sea hora de recoger a Holly. Está haciendo un proyecto para la escuela con una compañera de clase. La madre de la otra chica la ha invitado a cenar, así que le dije que la recogería a las ocho —miró su ropa sucia—. No he tenido tiempo de ducharme y cambiarme antes de traerla. He pasado la tarde arreglando vallas y trabajando con el tractor.
Ed asintió comprensivo. Los dos hombres eran hijos de granjeros y se habían criado a media milla de distancia el uno del otro. Ed seguía cultivando la tierra de su familia. Había construido una casa moderna para su esposa y sus hijos cerca de la granja en la que seguía viviendo su madre. También trabajaba la mayor parte de la tierra que Rob había heredado de sus padres. Rob seguía viviendo en los terrenos, en una casa nueva, pero había dejado de cultivar la tierra para montar una compañía inmobiliaria en la ciudad. Sólo conservaba un par de prados para dar de comer a unas cuantas cabezas de ganado y a sus caballos.
—¿Cómo van los negocios? —preguntó, cogiendo su café.
—No van mal teniendo en cuenta que sólo estamos a primeros de mes —declaró Ed—. ¿Quieres elegir un árbol?
Rob sonrió.
—Ya conoces a Holly. Si no vamos al bosque a cortar uno nosotros mismos, no me lo perdonaría nunca.
Ed asintió. Aunque todos los años vendía árboles de Navidad, a él le ocurría lo mismo con su familia. Empezó a hablar, pero le interrumpió un ataque de tos.
—Parece que te has pillado un buen resfriado —dijo su amigo.
—Sí. No consigo soltarlo y este aire húmedo y frío no me ayuda precisamente.
—¿Y por qué no cierras temprano y te vas a la cama? —miró a través de la puerta—. De todos modos, ya no hay más clientes.
Ed volvió a toser y luego murmuró:
—Creo que lo haré. Cada vez me siento peor —se dio un golpe en la frente—. Oh, se me olvidaba. Le he prometido a la profesora de Randy que le llevaría el árbol a su casa cuando terminara esta noche.
Rob pareció sorprendido.
—¿Desde cuándo entregas árboles a domicilio?
—No lo hago —se inclinó y tosió un par de veces más—. Al menos no como algo normal. A veces se lo llevo a la vieja señora Phillips. Pero la profesora quería ese árbol —señaló un árbol alto con un cartel de vendido colgado de la rama—. Y no podía entrar en su Honda, así que le dije que se lo llevaría después de cerrar —sonrió—. Supongo que se lo debo por soportar a mi hijo todos los días en la escuela.
Rob sonrió. Randy era un niño de siete años bastante travieso. El pobre Ed volvió a toser y su amigo miró su reloj.
—¿Y dónde vive esa profesora? Yo tengo tiempo de llevarle al árbol antes de recoger a Holly. Tú cierra aquí y vete a casa.
—Bendito seas —murmuró su amigo a través de su pañuelo.


Quince minutos después, Rob llegaba a la pequeña casa de Oak Grove. En la parte delantera había un Honda aparcado.
El joven no se había hecho ninguna idea previa de la profesora, pero, desde luego, no estaba preparado para la angélica visión con la que se encontró cuando le abrieron la puerta.
Era una mujer joven y extraordinariamente atractiva, con largo cabello rubio y una figura sensacional resaltada por una falda negra recta y una blusa de seda. Le hubiera gustado saber cuál era el color de sus ojos, pero no estaba lo bastante cerca para verlo.
—¿Señorita Shelton?
La joven lo miró un momento.
—Sí. ¿Deseaba algo?
Rob se tocó el borde de su gorra e inclinó ligeramente la cabeza.
—Le he traído su árbol de Navidad —anunció.
—Pero… el señor Watson…
—Me envía él. ¿Quiere que se lo meta en la casa o lo dejo aquí en el porche?
—¿Le importa llevarlo al porche de atrás?
—Claro que no.
—Voy a dar la luz —dijo ella.
Cuando volvía a la camioneta, Rob pensó que aquella mujer no debía llevar mucho tiempo en Hope o él tendría que haberla visto antes.
Cuando llegó al porche trasero, la luz exterior estaba encendida. La señorita Shelton estaba de pie con los brazos cruzados bajo el pecho.
—No sé dónde quiere ponerlo cuando lo meta dentro —comentó el hombre—. Es un árbol bastante grande. Probablemente tendrá que cortar algunas de las ramas más bajas y parte del tronco antes de poder meterlo en la casa.
—Tiene razón —replicó ella, mientras él apoyaba el árbol en una esquina del porche—. Sabía que era demasiado grande, pero era tan hermoso que no he podido evitar comprarlo —se rió sin ganas—. Me temo que me he precipitado.
A Rob le gustó el tono dulce, casi musical de la profesora. Se limpió las manos contra los tejanos y se acercó más a ella. A la luz brillante del porche, podía verla con claridad. Sus primeras conclusiones habían sido acertadas. La señorita Shelton era más que atractiva; era extraordinariamente hermosa.
El corazón le latió con fuerza y se descubrió mirando sus labios y preguntándose cómo sabrían y si serían tan suaves como parecían. Aquella reacción lo sorprendió. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan fuertemente atraído por una mujer.
Consiguió controlarse lo suficiente para preguntar:
—¿Tiene a alguien que le corte las ramas?
Mary se sintió desconcertada por el magnetismo viril de aquel hombre. ¡Era tan grande! Y ella apenas medía un metro sesenta de estatura. Suponía que era su tamaño lo que la había dejado sin aliento, pero no había nada que pudiera explicar su súbita y repentina atracción por él.
Se fijó en aquellas manos fuertes y se preguntó cómo acariciarían. Después se sintió horrorizada. ¿Se había vuelto loca? No podía creer que estuviera pensando eso de un hombre al que no había visto nunca.
—¿Se encuentra bien? —preguntó él, preocupado, acercándose más a ella.
Mary se ruborizó y lo miró a los ojos. Tras un esfuerzo enorme, consiguió sonreír.
—Estoy bien. Lo siento. ¿Qué decía?
—¿Tiene a alguien que le corte las ramas? Esta noche no tengo tiempo, pero si necesita a alguien que se las corte, puedo traer mi sierra y volver mañana por la tarde.
Mary se sintió tentada de aceptar su oferta. Ella no tenía sierra e iba a necesitar ayuda con aquel árbol tan grande, pero no podía aprovecharse de la buena disposición de aquel hombre. A juzgar por su aspecto, probablemente debía trabajar duro durante el día y acabar agotado.
—Gracias, pero no es necesario —repuso.
Rob asintió con brusquedad.
—De acuerdo. Buenas noches.
—Buenas noches —replicó ella—. Y gracias.
Lo observó bajar las escaleras del porche y entonces recordó el billete que tenía en la mano derecha. Lo había cogido de su billetero al ir a encender la luz exterior.
—Espere —gritó.
Rob se volvió.
—¿Sí?
Mary se acercó al borde de las escaleras y tendió la mano.
—Aquí tiene su propina. Lo siento. Casi se me olvida.
Rob se quedó atónito. Era evidente que la señorita Shelton lo había confundido con un empleado de Ed Watson. No supo si reír, seguirle la corriente o sentirse insultado. Al final hizo un gesto negativo con la mano.
—No es necesario.
—¡Oh, no, por favor! —suplicó Mary—. Ha sido un gran trabajo traerme el árbol. Le debo algo por la molestias. Por favor, me sentiré muy mal si no lo acepta.
Rob se mordió el labio inferior para contener la risa.
—En ese caso, lo cogeré, señora. Lo último que querría en el mundo es que usted se sintiera mal.
Cogió el billete doblado y se llevó la mano a su gorra.
—Muchas gracias, señora. Buenas noches.
Luego dio la vuelta y se alejó con rapidez.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Feliz Navidad a tod@s!!!!!


Hola de nuevo!!
¿Hoy también estoy aquí? si, pero hoy no os traigo ningún libro, todos los días no se puede así que estoy aquí solo de pasada.
Mañana ya volveré con otra novela. Pero hoy solo he entrado muy brevemente para deciros...


Hoy es el día de navidad y espero que, como os dije ayer, hayáis pasado una noche feliz y divertida.
Para los más peques, que Papa Noel les haya traído montones de cosas y que hoy disfrutéis de este día tanto como ayer.
Un saludo para tod@s y mañana nos volveremos a ver!!


martes, 24 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 24 de diciembre del 2013


Hoy es un gran día!!!
Os deseo una muy feliz noche junto a todos vuestros seres queridos; mucho turrón, mucho alcohol (tampoco hay que pasarse), pero sobretodo muchas risas e ilusión.
Pero, entrando en el tema literario, hoy os traigo la segunda parte de la antología "Otras Historias para una Navidad" titulada "Noche de Paz" de Marie Ferrarella.


Publicada en la antología «Otras historias para una Navidad» (Silhouette Christmas Stories)
Título: Noche de Paz (1993)
Título Original: The night Santa Claus returned (1992)
Autor: Marie Ferrarella
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Internacional 87
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Timothy Holt y Laura Lekawski

Sinopsis


Laura Lekawski no creía en Papá Noel. Su hijo, Robbie, tampoco... hasta que lo conocieron, o al menos conocieron al Papá Noel de los almacenes Mattingly's. Aquél era la clase de Papá Noel que podría hacer realidad los deseos de un niño triste. Y de paso, hacer realidad también los sueños de su madre.

Capítulo Uno

Había algo extraño en aquel traje.
Al principio no notó nada raro. Cuando el dependiente le tendió la caja, en su interior parecía haber un típico disfraz rojo de Papá Noel de la talla 42.
Hasta que no se lo puso no empezó a ocurrir. Al meter los brazos en las mangas y cerrar la chaqueta, los recuerdos se apoderaron de él como en una oleada mágica; una magia que se correspondía por entero con la visión que tiene un niño de la Navidad.
Timothy Holt se miró en el espejo, se ajustó la peluca y la barba blancas y, al hacerlo, hubiera jurado que olía a bizcochos de azúcar. Su madre siempre preparaba esos bizcochos por Navidad. Había olvidado lo mucho que le gustaba aquel aroma y lo especial que solía ser la Navidad para él. Especial y llena de magia.
Gerald Lakewood echó a Tim una mirada nerviosa. El hombre lo había contratado menos de una hora antes.
—¿Tiene bastante relleno? —preguntó.
Tim asintió y se golpeó el estómago.
—Sólo espero que no se suelte.
Gerald abrió la puerta del vestuario. El ruido de los clientes llenaba la atmósfera de los almacenes Mattingly's.
—Lo único que tiene que hacer es sentarse y escuchar. Y sonreír al fotógrafo.
Tim empezó a avanzar hacia el departamento de juguetes. Los niños con los que se cruzaba le sonreían o le gritaban cosas. Él saludaba a su vez; una extraña sensación de ternura se iba apoderando de él. Saludó a una niña que no podía tener más de tres años y la pequeña abrió mucho los ojos encantada. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan contento.
Se recordó a sí mismo que tenía trabajo. Aquello no era un capricho, sino una investigación.
—Vamos, siéntese aquí —dijo Gerald, señalando una silla enorme cubierta de terciopelo rojo y colocada en lo alto de una plataforma.
A la izquierda de la silla había una cabaña; delante de ella esperaban un elfo y su cámara. Las fotos de los niños con Papá Noel costaban seis dólares.
Tim pensó con un arranque súbito de tristeza que todo tenía un precio. Pero, si no fuera así, él no tendría aquel trabajo.
—No sé qué le ha pasado a Jack para marcharse así —murmuró Gerald—. Él ha sido nuestro Papá Noel durante los últimos cinco años. Y no necesitaba relleno.
No, pero sí necesitaba los trescientos dólares que le dio Tim para que dejara libre el puesto sin avisar. Eso y la promesa de darle su salario habitual. A Tim no le interesaba el sueldo de la tienda. Lo único que deseaba era hacer de Papá Noel allí.
—Apendicitis —murmuró, inspirado.
Después de todo, quizá Jack necesitara aquel puesto al año siguiente. Y él sólo lo necesitaba durante tres semanas, para terminar su análisis de mercado.
—Sí, bueno —Gerald se pasó una mano por la frente—. Ha sido una suerte que pudiera venir usted en su lugar.
—Para eso están los sobrinos —murmuró el otro.
Aquélla era la excusa que le dio cuando apareció en el lugar del otro hombre.
Un niño moreno se acercó a él y se soltó de la mano de su madre.
—¿Tú eres el sobrino de Papá Noel? —preguntó muy serio.
—¿Yo? —Tim tosió y bajó la voz hasta adquirir un tono más grave—. No, yo soy el verdadero. Estaba hablando de mi sobrino.
El niño apretó los labios.
—No sabía que Papá Noel tuviera un sobrino.
—Claro que sí —le indicó que se acercara y Gerald se apartó—. Pero hablemos de ti, ¿vale? ¿Qué quieres que te traiga?


Tim pasó tres horas escuchando a los niños. La experiencia resultó ser diferente a lo que había imaginado. Se sentía relajado, como si fuera en realidad el personaje al que interpretaba en lugar del dueño de Empresas Holt, una firma de marketing que en sólo seis años había pasado de ser completamente desconocida a convertirse en una de las líderes en su campo. La compañía Juguetes Imaginativos lo había contratado para que averiguara qué era lo que en realidad querían los niños y no sus padres.
Estaba convencido de que había algo en aquel traje que le provocaba aquella extraña sensación de euforia.
A medida que pasaban las horas, la sensación se hizo más intensa en lugar de remitir. No lo comprendía y, al final, dejó de intentar analizarla. Se sentía cómodo en aquella silla de terciopelo esperando a los niños. Muy cómodo. Desde luego, mucho más de lo que se sentía en su despacho. Los niños lo miraban con absoluta confianza y eso le gustaba, como también le gustaba escuchar sus risas y oír lo que deseaban encontrar el día de Navidad debajo del árbol.
Con ayuda de su prodigiosa memoria, retenía el grueso de la información que conseguía, catalogando bien las clases de juguetes que le pedían una y otra vez. Los minutos se convirtieron en horas y, sumergido en la magia de su trabajo, Tim perdió la noción del tiempo.
Por eso no se dio cuenta del momento exacto en el que se fijó en aquel niño rubio. Cuando lo hizo, comprendió que el niño llevaba ya un rato allí, apoyado contra un mostrador y mirándolo con aire de entendido. No podía tener más de seis años y estaba solo.
Una niña rubia, ataviada con un vestido de color rojo, saltó de sus rodillas, convencida de que Papá Noel le concedería todos sus deseos. Tim se volvió para mirar de nuevo al niño cuando sintió que alguien le daba en el hombro. La señora de Papá Noel, que estaba allí para acercar los niños hasta él, le sonrió con amabilidad.
—Puedes tomarte otro descanso, Papá Noel —le informó.
Los niños que estaban haciendo cola lanzaron un gemido.
Tim se levantó de la silla, bajó de la plataforma y se acercó al niño, que seguía al lado del mostrador. El pequeño lo miró con ojos desafiantes.
—Hola —sonrió el hombre.
Los luminosos ojos azules lo miraron de nuevo y aquella vez casi había hostilidad en ellos.
—Hola —respondió.
Se metió las manos en los bolsillos y se volvió con aire de enfado. Tim no pudo evitar preguntarse por qué.
—¿Sabes quién soy? —preguntó, esforzándose por no sonar paternalista.
El muchacho se dio la vuelta y empezó a examinar un camión de juguete.
—Sí, un hombre disfrazado de Papá Noel.
Tim sabía que era inútil intentar hacerse pasar por verdadero. El niño ya tenía una firme opinión sobre el tema.
—Bueno, él está muy ocupado en esta época, así que tiene gente que lo sustituye.
El pequeño dejó el camión sobre el mostrador y miró a Tim con ojos de persona mayor.
—No, no es cierto.
—¿No lo es?
El niño apretó la mandíbula.
—No. Él no existe.
Tim se inclinó hacia él.
—¿De verdad?
El pequeño le lanzó una mirada impregnada de rabia y dolor.
—Claro. ¿Es que no lo sabes?
—¿Cuántos años tienes?
—Seis.
—¿Y no crees en Papá Noel?
—No.
Pero aquella vez hubo una sombra de duda en su voz.
Tim le habló con gentileza.
—¿Estás completamente seguro de ello?
El pequeño volvió a meterse las manos en los bolsillos, como si aquello le diera seguridad.
—Sí.
Tim no sabía por qué proseguía la conversación. Quizá fuera el traje. O quizá era el hecho de que no le gustaba ver a un niño tan pequeño sin esperanza.
—¿Y por qué estás tan seguro?
El niño respiró hondo.
—Porque el año pasado le pedí un papá y no me lo trajo.
Tim se acarició la barba pensativo.
—Un papá es un pedido difícil.
El niño levantó la barbilla.
—Para Papá Noel no. Si existiera —bajó la voz—. Pero no existe.
Tim le colocó una mano en el hombro y se alegró al ver que el niño no lo rechazaba.
—¿Qué le ha pasado a tu padre?
—No lo sé —repuso con voz dolorida—. Hace mucho tiempo que se fue. Más tiempo del que puedo recordar. Le pedí un papá para que pudiera traerme un tren y jugar conmigo. Y hacer que mi madre dejara de estar triste. Pero no me lo trajo.
—Tal vez este año.
No sabía por qué, pero se sintió obligado a mostrarse optimista.
Pero el niño frunció el ceño.
—No. Nos hemos mudado.
—¿Y eso importa mucho?
El muchacho suspiró impaciente.
—Nos hemos mudado desde muy lejos. Aquí no conocemos a casi nadie. Todos los padres de nuestra manzana tienen ya hijos. Nosotros somos de Ohio. Y esto no me gusta mucho.
Tim era californiano de origen y le encantaba.
—California es estupenda.
—Aquí no nieva.
—Bueno, no, pero…
—Sé que Papá Noel no existe, pero me gustaba la nieve en Navidad —frunció aún más el ceño—. Este año hasta tenemos un árbol falso. Mamá dice que así resultará más barato —le tembló el labio inferior—. Ya no hay nada que sea real.
Hacía mucho tiempo que Tim no se sentía tan conmovido. Deseaba abrazar al pequeño y decirle que todo saldría bien si conservaba la fe en ello. Pero no podía sacar a un padre como por arte de magia.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Robbie. Robbie Lekawski.
—¿Y qué haces aquí solo?
—No estoy solo. Mi mamá está por aquí.
—¿Por aquí?
—Se ha perdido —musitó el niño, mirando nervioso a su alrededor.
Tim cogió al pequeño de la mano.
—En ese caso, será mejor que la encontremos antes de que se asuste —dijo con gentileza.
—No debo hablar con desconocidos —musitó el niño, que no deseaba moverse.
Tim sonrió.
—Pero yo no soy un desconocido. Soy el representante en la tierra de Papá Noel.
—Ya te he dicho que no creo en Papá Noel.
—Eso no importa. Yo sí.
—¡Robbie!
Aquel grito de alivio hizo que Tim se volviera y empezara a buscar a la persona que lo había lanzado.
Siempre había sabido que era un hombre de una sola mujer. Aunque no la había encontrado todavía, no le preocupaba. Sabía que ella estaría por allí en alguna parte, que sólo era cuestión de tiempo. Algún día, sin saber cómo, cuando menos lo esperara, la vería y sabría que era ella.
Pero nunca había esperado encontrársela vestido de aquel modo.
Robbie, ¿dónde te has metido?
Laura Lekawski se arrodilló y abrazó a su único hijo. Tenía los ojos llenos de lágrimas. No sabía si llorar y estrecharlo con fuerza o reñirle por haberle dado aquel susto. En los veinte minutos que llevaba buscándolo, había imaginado toda clase de cosas horribles.
—Aquí. Hablando con él —dijo el niño, señalando a Tim
Laura miró hacia arriba y vio a Papá Noel, que le sonreía.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 23 de Diciembre del 2013


Por fin llegó el día!!!!!!
Carta a Papá Noel, ¡Hecho!
Carta a los reyes, ¡Hecho!
Galletas en el horno emmmm bueno, las de caja están muy bien... (por el bien de mi cocina).
Villancicos sonando, ¡Hecho!
Nieve cayendo, ¡Hecho!
Árbol colocado e iluminado, ¡Hecho!

Así que lo único que quedaba y que ya lo fui avisando estos días, es que a partir de hoy y hasta el día 6 de enero del próximo año (Siempre me suena raro decir esto jajaja) se celebrará en el blog un "especial navideño".
Cada día subiré una novela romántica navideña distinta, y durante estos primeros tres días, se tratará de la Antología "Otras Historias para una Navidad".
Hoy, traigo "La magia de Navidad" de Mary Lynn Baxter.


Publicada en la antología "Otras historias para una Navidad" (Silhouette Christmas Stories 1992)
Título: La magia de la navidad (1993)
Título Original: Joni's Magic (1992)
Autor: Mary Lynn Baxter
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección:  Internacional 87
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Lacy Madison y Boothe Larson

Sinopsis

Un hombre y su perro: esa es la suma que Boothe Larson se impuso en su autoexilio en los bosques de Arkansas. Todos los visitantes se alejaron de la cabaña solitaria. Pero entonces una niña le trajo la magia, y también lo hizo su madre, Lacy Madison. Es la magia de la Navidad... y se llama amor verdadero.

Capítulo Uno

Lacy Madison miró la pila de libros colocada sobre el mostrador y sonrió. Su idea de montar una sección de préstamo de libros había resultado un completo triunfo. El negocio de la tienda aumentaba día a día. Estaba contenta y era un buen momento para ello, ya que se acercaba la Navidad.
Cogió el libro situado encima de todos y empezó a hojearlo. Había llegado casi al final cuando se encontró con un sobre. Frunció el ceño y lo examinó. Era un sobre bancario, pero no veía el nombre del dueño. Extrajo el contenido y una hoja de papel cayó al suelo.
Se inclinó, la recogió y, al examinarla, se ruborizó. Se trataba de una carta personal, dirigida a un cliente nuevo de su tienda. Lacy no conocía todavía al misterioso Boothe Larson, pero Sue, su ayudante, lo había definido como un hombre guapo, pero bastante introvertido.
Lacy comprendía esa actitud. Después de dos años, seguía todavía intentando olvidar su doloroso pasado. Años atrás, se creyó la más afortunada de las mujeres al casarse con un ejecutivo joven y brillante, al que no hacía mucho que conocía.
Tal vez hubiera estado buscando algo nuevo en su vida. Después de cuatro años en la universidad, no sabía todavía a qué quería dedicarse. Trabajó como secretaria en una compañía de abogados, pero no le gustó. Artística por naturaleza, le gustaba trabajar con las manos, pero sus padres, antes de morir en un accidente de coche, creían que eso era una tontería e intentaron convencerla de que el único modo de sobrevivir en este mundo era tener un trabajo fijo bien pagado.
Lacy contempló su matrimonio como algo nuevo y excitante. Y los primeros años fue feliz. Pero luego, su esposo no consiguió un ascenso que esperaba y empezó a beber. Se volvió cada vez más difícil y la vida de Lacy y de su hija llegó a hacerse insoportable.
Desesperada por abandonar la ciudad y empezar una nueva vida, aceptó una oferta de una amiga de su madre. La mujer quería alguien que se hiciera cargo de su librería con opción a compra y Lacy no lo dudó ni un segundo.
Y no se arrepentía de ello. Camden, Arkansas, había resultado ser un paraíso en la tierra, la ciudad era el centro de una zona turística rural situada en las hermosas montañas de Ozark. Toda la región era un sueño para un artista. Magníficos pinos y otros árboles de hoja perenne daban sombra a amplios arroyos que albergaban multitud de percas y truchas. Y los pescadores que acudían gastaban dinero en la ciudad.
En cuanto estuvo instalada, decidió utilizar su talento artístico y aprendió a trabajar con cristal. No tardó en especializarse en la elaboración de pequeñas lámparas de formas extrañas que cortaba y moldeaba con amor.
En aquel momento estaba ya decidida a vender las lámparas a las tiendas para poder sacar dinero suficiente para comprar la librería. Miró a su alrededor con orgullo. La librería, resultaba original y adorable. Los libros estaban colocados en estanterías antiguas y, entre ellos, se veían las lámparas con las que esperaba reunir dinero suficiente para alcanzar su objetivo.
—Mamá.
La voz de su hija la sacó de su ensueño. Sacudió la cabeza y, al darse cuenta de que todavía tenía el sobre en la mano, se lo metió en el bolsillo.
—Estoy aquí, querida.
Aunque hacía horas que se había levantado, había dejado a su hija dormida en el apartamento de arriba. Miró su reloj y vio que eran las nueve en punto. Apenas le quedaba tiempo de poner en su sitio los libros devueltos el día anterior antes de abrir la tienda a las diez.
Joni se acercó a ella. Llevaba puesto el chándal rojo que Lacy le había dejado extendido a los pies de la cama. La parte superior tenía una imagen de Papá Noel pintada en el frente.
La joven sonrió y tendió los brazos.
—Hola, preciosa —dijo, abrazándola—. ¿Has dormido bien?
—Muy bien —repuso la niña, sonriente.
—¿Quieres cereales? —dijo, alisándole el pelo—. ¿Te has lavado los dientes?
—Sí.
—Estupendo.
Su hija de cuatro años era inteligente, precoz y un reto constante para Lacy. Pero ella adoraba aquel reto y estaba decidida a hacer de ella una persona responsable y productiva.
Sin embargo, la tarea no era fácil. A veces yacía despierta toda la noche y sentía que sus responsabilidades le pesaban como una losa. Entonces deseaba poder tener a alguien que compartiera sus cargas, un hombre al que amar. Pero no era así y no había nada que hacer.
Joni la cogió de la mano.
—¿Cuánto tiempo falta para que venga Papá Noel?
—Tres semanas, querida —respondió ella, automáticamente.
Su hija le había hecho aquella misma pregunta unas mil veces desde que terminara el día de Acción de Gracias y las tiendas empezaran a llenarse de decoraciones navideñas.
—He soñado con él, mamá.
—Dime lo que has soñado —repuso Lacy, llevándola hasta la parte trasera de la tienda desde donde salía una escalera que conducía a la vivienda.
Para Lacy, la casa había resultado ser una bendición. Decoró aquel espacio pequeño con una variedad de muebles, algunos de mimbre y otros antiguos, y consiguió un efecto muy agradable, con gran variedad de plantas vivas y unos cojines floreados sobre los sillones.
—Vamos, cuéntame tu sueño —musitó cuando tuvo a Joni sentada a la mesa de la cocina delante de un plato de cereales.
La niña dejó la cuchara y murmuró excitada:
—He soñado que Papá Noel bajaba por la chimenea.
—Eso está muy bien —repuso su madre, muy seria—. ¿Y eso es todo?
La niña se echó a reír.
—No. Se quemaba el culo, mamá.
—¡Joni! ¿Dónde aprendes a hablar así?
La aludida se encogió de hombros y entonces oyeron pasos en la escalera.
—¿Sue? —preguntó Lacy.
—La misma —repuso Sue Petty, entrando en la estancia.
—Hola, Sue —dijo la niña—. ¿Sabes una cosa? He soñado que Papá Noel bajaba por la chimenea y se quemaba el culo.
La aludida la miró un momento sorprendida y después se echó a reír.
Lacy extendió las manos con aire impotente.
—¿Qué quieres que diga? —preguntó.
—Nada —repuso su amiga—. Yo tengo una en casa que es igual de descarada.
Lacy agradecía todos los días a su buena estrella el haber podido encontrar a Sue. Aquella mujer regordeta y morena no sólo era una vendedora nata, sino también una amiga. La conoció el mismo día en que abrió la tienda y la otra entró a preguntarle si necesitaba ayuda. La contrató al segundo. Lo que contribuía todavía más a mejorar su relación era el hecho de que Sue tenía un hijo un año mayor que Joni.
Cuando Lacy necesitaba salir, ella podía hacerse cargo de la pequeña.
—¿Quieres una taza de café? —le preguntó.
—No. Creo que voy a abrir la tienda.
—Ah, siéntate. Todavía es temprano.
Sue sonrió y se sentó a la mesa.
—¿Podrás arreglártelas sola un rato esta mañana? —preguntó Lacy.
—Por supuesto.
—Tengo que ir a Harrison a comprarle unos zapatos a Joni.
La niña aplaudió.
—Estupendo. A lo mejor vemos a Papá Noel.
—A lo mejor —dijo su madre, retirándole el plato vacío de cereales—. Ve a buscar el cepillo para peinarte.
La niña se acercó a la puerta y luego se volvió hacia ella con la cara muy seria.
—Mamá, papá no vendrá para Navidad, ¿verdad?
Lacy sintió un nudo en la garganta.
—No, cariño, no vendrá. Ya lo sabes —repuso con cierta dureza.
Joni dejó caer la cabeza, pero un segundo después miró sonriente a Sue.
—¿Podrá venir Melody a mi casa a recoger su regalo?
—Por supuesto —asintió la mujer, sonriente—. Y luego puedes venir tú a la nuestra a recoger el tuyo.
Lacy tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Eso suena muy divertido. Pero vete ya a buscar el cepillo.
—Está algo confusa —dijo Sue, cuando la pequeña salió de la estancia.
—Más de lo que tú te crees.
—Echa de menos a su padre.
—Sí, así es.
—¿Hay alguna posibilidad de que volváis a juntaros?
Lacy la miró con ojos llorosos.
—No.
Se hizo un silencio. Sue carraspeó un poco y dijo:
—Nunca me has dicho nada y no te lo he preguntado, pero como amiga que os quiere a las dos, me gustaría saber qué te pasó con tu ex.
Lacy se apoyó contra la mesa y suprimió un escalofrío.
—Escucha… olvida que te lo he preguntado.
—No, no importa. Quiero que lo sepas. Después de un divorcio largo y difícil, empezaba a recuperarme cuando mi ex secuestró a Joni y la sacó del estado. Ella tenía dos años.
—¡Oh, Dios! ¡Qué horror!
—Utilicé mis ahorros para contratar a un detective privado que terminó por encontrarlos. El padre de Joni fue detenido en el acto y condenado a una pena de cárcel —continuo Lacy, con voz casi inaudible—. En cuanto pude, hice las maletas y me vine aquí. Ya conoces el resto.
Sue pareció que iba a decir algo, pero no lo hizo. Terminó su café y luego la miró.
—No todos los hombres son como tu ex marido, ¿sabes?
Su amiga respiró hondo y se esforzó por sonreír.
—Probablemente no, pero soy demasiado cobarde para comprobarlo.
Sue sonrió.
—No se puede trabajar siempre; hay que divertirse alguna vez. Tú tienes mucho que ofrecerle a un hombre. Billy quiere que salgas con un amigo de su trabajo.
—Dale las gracias a tu marido, pero no me interesa.
—Bueno, no es Boothe Larson, desde luego —prosiguió Sue, ignorando su comentario—, pero no está mal.
Lacy metió la mano en el bolsillo y tocó el sobre con la mano. Tenía que acordarse de enviárselo por correo.
—Hablando de ese cliente, ¿cuántas veces ha estado en la tienda?
—Sólo un par de ellas.
—No puedo imaginar por qué viene aquí.
Su amiga frunció los labios.
—Creo que está solo. En la ciudad se dice que solía ser un guardabosques que combatía fuegos y ahora, nadie sabe por qué, pero vive como un recluso porque odia a la gente —hizo una mueca—. De lo último soy testigo. Cuando le presté el libro, me miró con una mueca en la cara que me recordó a un oso viejo que tuviera una pata herida.
Lacy se echó a reír.
—Me gustaría haberlo visto.
—No, no lo creo.
—Mamá, ¿qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó Joni desde el umbral.
—Nada, cariño. Son cosas de adultos.


Treinta minutos más tarde, Lacy se sentaba al volante de su Honda.
—Mierda —murmuró al darse cuenta de que todavía llevaba en el bolsillo el sobre del banco.
Joni contuvo el aliento y se tapó la boca.
—Oh, has dicho una palabrota, mamá.
—Tienes razón. Lo siento mucho.
—Vámonos a ver a Papá Noel.
Lacy puso el motor en marcha y empezó a pensar. Puesto que no había echado el sobre al correo, ¿qué pasaría si se lo devolvía personalmente? Probablemente, nada. Además, hacía una mañana estupenda para conducir. Salió del aparcamiento y apretó los dientes. Después de todo, la curiosidad mató al gato.


Hasta aquí el primer capítulo, si os ha gustado y queréis cotinuar leyendo esta pequeña novela navideña, solo tenéis que pedírmelo y os lo mandaré.
Mañana, la siguiente. Un saludo.

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