lunes, 30 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 30 de diciembre del 2013


Llegó el penúltimo día del año!!!
Quedan menos de 48 horas para que empiece el 2014 pero por ahora, terminemos con esta Antología, publicando "El Despertar" de Patricia Gardner Evans.


3ª historia incluida en la Antología Cuentos de Navidad (1996)
Título: El Despertar (1996)
Título Original: Comfort and joy (1995)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Internacional 134
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Jack Herrad y Claire Ezrin




Sinopsis

¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel?
Claire y Jack se gustaron al momento, de eso no había duda y, si seguían así, pronto se iban a enamorar como dos adolescentes, aunque los dos eran personas maduras…

Capítulo Uno

—¡El siguiente!
La cola se apretujó hacia delante, y Claire Ezrin avanzó un paso hacia su objetivo. Ese día no le había ido bien. Su despertador decidió retirarse la mañana en que el nuevo decano de la facultad de medicina tendría su primera entrevista con los miembros del personal, y las cosas habían ido cuesta abajo a partir de entonces. En el cuarto de baño, un vistazo al espejo le mostró que era un mal día para su pelo. Luego se cepilló con el tubo de óxido de cinc en lugar del de pasta de dientes. Después de cepillarse y enjuagarse varias veces para librarse del horrible sabor en su boca, se echó por la cara la muestra de crema antiarrugas y no la de crema hidratante que le dieron en la droguería. Mirándolo por el lado bueno decidió que podría quitarle algunas arrugas, y que sería más prudente olvidarse de maquillarse.
El traje rojo que la iba a ayudar a dar una buena impresión, tuvo que quedarse en el armario porque todas sus medias estaban en la secadora, mojadas, porque se había roto durante la noche. Tenía medias hasta la rodilla en una de las cajas que aún no había abierto, pero tras echar un vistazo al reloj, decidió afeitarse justo hasta el dobladillo de su falda más larga. No le sorprendió que al sacar la falda de la percha, se le cayera directamente al retrete, por suerte después de haber tirado de la cadena. Un viejo par de pantalones grises eran lo único que pegaba con el jersey que no podía quitarse porque se le había pegado el pelo mientras intentaba hacerse un moño. Y así fue como decidió sentarse en medio de la última fila en la reunión del personal y hundirse lo más posible en el asiento.
La fila siguió avanzando hacia delante y Claire vio que sería la siguiente. Como no tuvo tiempo para desayunar, echó el resto de la sopa que había preparado para almorzar en el plato del gato en lugar de en el suyo. Después de eso, el coche arrancó a la primera y el trayecto hasta Albuquerque fue como la seda. El nuevo decano había anunciado que atrasaría las visitas e inspecciones hasta después de las vacaciones. Eran noticias muy buenas especialmente para el departamento de tecnología médica, con poco personal y en medio de los exámenes finales en ese momento. Cuando el decano fuera a inspeccionarlos, todo habría vuelto a la normalidad, y con suerte, Sylvia, la jefa de departamento, habría encontrado dos médicos más que quisieran cambiar el laboratorio por las clases. Tontamente, Claire se atrevió a pensar que su mala suerte había cambiado.
No fue así. Sólo fue una tregua en la acción, para que así pudiera apreciar mucho más el gran final. Cuando los estudiantes estaban entregando los exámenes, el ayudante de laboratorio tropezó con la bandeja de especímenes. Ninguno de ellos se perdió el maletín abierto de Claire. Durante la siguiente limpieza, enjuague, desinfección y disculpas, Claire encontró la factura del impuesto de su nueva casa. Y por eso en ese momento estaba de pie en fila en el despacho del tesorero en lugar de corrigiendo exámenes finales. ¿Por qué iba a esperar un día más si podía solucionarlo ése?
—¡Siguiente!
Claire avanzó al oír la aguda voz masculina, con la factura ligeramente húmeda en su mano.
A mediados de noviembre todos los años, el tesorero o recaudador de impuestos, les enviaba las facturas de impuestos por propiedades. Los ciudadanos de Albuquerque no apreciaban ese adelantado regalo de Navidad, y no era exagerado decir que el recaudador de impuestos era el hombre más odiado en la ciudad durante ese mes.
Jack Herrod sabía que ese año era especialmente odiado por el aumento de los impuestos.
Cuando él ocupó ese puesto en enero, bromeó diciendo que no le importaban las hostilidades a las que normalmente se enfrentaba un recaudador de impuestos, porque él era un abogado y estaba acostumbrado a abusar, pero ese día se sentía él mismo algo hostil. El ordenador no dejaba de fallar, su empleada había anunciado que el viernes sería su último día y a él le habían llamado «rey Herrod» demasiadas veces. Sólo faltaban dos semanas para Navidad, pero había una clara falta de espíritu navideño en la gente que le agitaba su factura en la cara. Vio a la siguiente ciudadana que se acercaba, se fijó en que no llevaba anillo y se enderezó. Quizás el día se arreglara.
Claire, sonriendo, le entregó la factura, rezando para que él no se diera cuenta de que estaba húmeda, aunque profundamente desinfectada. Sintió que su sonrisa desaparecía cuando él aceptó la factura, la miró, y su atractiva sonrisa se convirtió en un ceño.
—Buenas tardes, señora Swearingen.
Jack se dijo que era una estupidez decepcionarse al ver en la factura el nombre de un hombre junto al suyo.
—Los Swearingen eran los dueños anteriores —explicó Claire—. Yo compré la casa justo después de que enviaran la factura. Me llamo Claire Ezrin.
Él tecleó algo en su ordenador y luego la miró. Su sonrisa había vuelto.
—¿Cómo está, señorita Ezrin?
Estaba a punto de presentarse cuando ella respondió.
—¿Cómo está usted, señor Herrod?
Jack se dijo que también era estúpido alegrarse tanto de que ella le hubiera reconocido. Por supuesto, con todo lo que él había salido en las noticias locales últimamente, la mitad del estado de Nuevo Méjico lo reconocería. Volvió a teclear su factura y la impresora sacó una hoja.
—Aquí está el total, pero sólo tiene que pagar la mitad, claro. El resto no vencerá hasta el próximo abril.
Aguantó la respiración mientras ella miraba la cantidad. Como una venta generaba automáticamente un nuevo impuesto, la cantidad era más alta que la de los dueños anteriores.
—¡Oh! No es tanto como pensé.
Claire sacó el talonario de su bolso.
—Es la primera vez que oigo eso.
Ella se rió mientras escribía el cheque. Al ver su número de teléfono al revés, Jack rápidamente lo garabateó en un papel y se lo guardó en un bolsillo.
Claire arrancó el cheque y se lo dio.
—He de decir que me sorprende que usted trabaje en el mostrador.
—No podía dejar que mis empleados se llevaran toda la diversión.
Su disposición para el trabajo más pesado no era todo lo que había impresionado a Claire. En la televisión se le veía atractivo, pero en persona… Era más grande de lo que pensó. En una edad en la que la mayoría de los hombres echaban barriga, su estómago estaba plano y sus hombros eran anchos. Se veían antebrazos musculosos bajo sus mangas subidas, y el cuello era ancho y firme. Su rostro era demasiado duro para decir que era guapo, pero su mandíbula y su boca indicaban fuerza de carácter y las arrugas alrededor de los ojos un buen sentido del humor. Su pelo era color azúcar y canela, grueso y muy corto. A ella no le gustaba el pelo corto, pero en él no estaba mal. Nada mal. Sus cejas seguían muy oscuras, un tono castaño casi chocolate, al igual que sus largas pestañas.
—Gracias —dijo Jack grapando la factura y el cheque juntos.
Le encantaba el pelo de esa mujer. Era castaño claro, tan claro que parecía plateado. Lo tenía sujeto en un moño, con suficientes mechones escapando para que se viera que era rizado. Llevaba pantalones y jersey algo holgados, pero que indicaban unas bonitas curvas. Claramente no era una de esas mujeres que estaban continuamente a dieta, con miedo de tomar una comida decente. El jersey era gris de cuello vuelto, con motas de otros colores que también aparecían en sus ojos, azul, verde, marrón, dorado… Aunque no era de una gran belleza, su rostro tenía algo que era mejor, humor, inteligencia y honesta simpatía, todo con una luminosidad que le hizo sonreír sin ninguna razón en particular.
Jack tecleó el recibo necesario, le dio al botón de imprimir, y por primera vez en todo el día el cerebro electrónico hizo lo que él quería: entró en coma.
—El ordenador se ha vuelto a estropear —le dijo con falsas disculpas—, pero volverá a funcionar en un par de minutos.
Así disponía de esos minutos para aumentar sus posibilidades de éxito cuando la llamara más tarde. Inclinado un poco sobre el mostrador, olió algo suave y dulce.
—¿Vive cerca de Frost Road?
Su dirección decía Tijeras, un pueblo a unos kilómetros de Albuquerque en el gran cañón que corría entre las dos cadenas montañosas al este de la ciudad, pero el hecho de que ella tuviera tierra junto con la casa significaba que estaba fuera de los límites del pueblo.
—No, estoy en un pequeño valle en medio del cañón.
Él la miró, sorprendido.
—¿El que está frente a Zuxax?
Fue el turno de Claire de sorprenderse.
—Sí, ése. Usted ha debido crecer aquí.
Zuxax era el nombre de un viejo lugar de atracción turística, donde se veían serpientes, que fue demolido unos años antes, y sólo alguien que hubiera crecido en Albuquerque podría recordar el nombre y su localización. A Claire le agradó que fuera un nativo de esa zona, como ella, y no uno de los de fuera que superaban en número a los locales.
—Sí, nací en el viejo hospital Indio —sonrió—. Ha debido ser duro mudarse durante las vacaciones.
—No lo había planeado. Puse mi casa en venta y se vendió tres días más tarde. Aunque realmente no es un grave problema. Mi hermana no podrá venir a casa por Navidad, así que no tengo que preocuparme de desembalarlo y colocarlo todo rápidamente.
Jack vio en sus ojos una tristeza que entendía muy bien.
—Mi hijo no…
Pero fue interrumpido por la impresora, que empezó a trabajar. Al mismo tiempo, su mejor empleada, Donna Luna, apareció corriendo detrás de él.
—Jack, tengo un problema que deberías ver. Jack se giró en la dirección que le indicó Donna, hacia su despacho, donde ella había estado ocupándose del trabajo rutinario. De pie en la puerta del despacho de Jack, había una mujer mayor.
Claire no pudo evitar mirar también.
—¿Mamie? —preguntó sobresaltada.
—¿Conoce a la señora Bonnett?
Claire respondió distraída a la empleada de Jack.
—Sí, la conozco desde hace años… ahora es mi vecina.
Mamie tenía ochenta y un años. Siempre había parecido quince años más joven… hasta ese momento. Su cuerpo alto y delgado había encogido, su rostro estaba muy arrugado y sus ojos tenían la mirada vacía y perdida de la senilidad.
Viendo la posibilidad de una huida limpia, Donna actuó rápidamente.
—Bien, así alguien estará con ella —la impresora se paró y Donna arrancó el recibo y se lo dio—. Jack —se ofreció—. Yo seguiré aquí para que tú puedas volver a tu despacho.
Una vez que Jack y Claire se marcharon en la dirección correcta, ella se cruzó de brazos sobre el mostrador y miró feliz a la larga cola.
—¡Siguiente por favor!


Jack hizo entrar en su despacho a las dos mujeres y luego cerró la puerta.
—Soy Jack Herrod, el tesorero, señora Bonnett… —se presentó y le puso suavemente una mano en el codo para guiarla a una silla frente a su mesa.
Se volvió para ofrecerle otra silla a Claire pero ella ya se había sentado. Cuando él fue a su sitio, Claire sujetó una mano de Mamie entre las suyas.
Claire estudió preocupada a la mujer. Mamie no era una vieja senil. Se habían conocido hacía unos veinte años, mientras Claire estaba estudiando para obtener su título de medicina y se mantenía haciendo análisis de sangre en el hospital universitario a primera hora de la mañana, donde se encontraba muy a gusto, hasta que la asignaron a la unidad de pediatría. A los quince minutos sintió tantas ganas de llorar como sus pequeñas víctimas. Ni siquiera podía ocuparse de los pinchazos para pruebas que requerían una o dos gotas de sangre, y mucho menos clavar la jeringuilla a los que necesitaban un tubo entero. En ese momento, la enfermera jefe, Mamie Bonnett, se acercó a ella sin condescendencia, y con su bolsa de «trucos», un par de canciones tontas y un mono de juguete que contaba bromas, sujetó suavemente pero con firmeza a los pequeños. Después de graduarse, Claire encontró un trabajo en el mismo hospital y vio a Mamie regularmente hasta que se marchó a enseñar, pero se enteró de que Mamie había sido trasladada a la guardería y que su marido había muerto. Claire envió una tarjeta e hizo una donación para comprar flores. Descubrir unas semanas antes que Mamie sería su vecina fue una agradable sorpresa.
—Mamie —le dijo suavemente—. ¿Qué ocurre?
Mamie suspiró.
—Oh, Claire, me he metido en un lío y ahora voy a perder mi casa.
—¿Qué ha pasado, señora Bonnett? —preguntó Jack Herrod con la misma expresión preocupada que Claire.
Mamie respondió sin vacilar, aunque el modo en que apretó la mano a Claire indicó que no le resultaba fácil.
—Cuando mi marido murió, descubrí que liquidó todo el dinero de nuestra pensión de jubilación y puso el dinero en un negocio de un amigo suyo. Yo amaba a Leo, pero era un absoluto idiota en lo referente al dinero. Un mes después, ese negocio se fue a la quiebra, y entonces fue cuando yo encontré los papeles que Leo firmó haciendo a los inversores responsables de las pérdidas. Su amigo se declaró en bancarrota para protegerse. Imagino que yo también debí hacerlo, pero hipotequé mi casa, pagué mi pensión y devolví el dinero.
—¿Y su abogado lo aprobó? —preguntó Jack.
—No, pero yo lo había estudiado todo y sabía que estaría bien económicamente… hasta… —suspiró disgustada—, que me rompí la cadera.
—¿Te rompiste la cadera? ¿Cuándo? —preguntó Claire.
—Hace cuatro años. Pero ya estoy bien. Con la Seguridad Social y la pensión de Leo, podía pagar la hipoteca, pero no pude pagar los impuestos de propiedad ese año. No volví a trabajar tan pronto como pensé, y entonces sólo lo hice un día a la semana, así que tampoco pagué el año siguiente. Finalmente pude ahorrar algo de dinero cada mes, pero cada vez que parecía que podía ponerme al día, ocurría una emergencia… un tejado nuevo, el pozo roto… —se encogió de hombros—. Y volvía a quedarme sin dinero de nuevo. Cuando empecé a trabajar cuatro días por semana el mes pasado, sabía que podría pagar los impuestos y penalizaciones y finalmente tenerlo todo al día para esta época el año que viene. El condado nunca parecía muy preocupado por el dinero. Recibía una carta una vez al año, recordándome que iba atrasada en el pago, pero eso era todo, así que imaginé que tenía tiempo. Pero ayer, me llegó esta carta.
Mamie se soltó de Claire y sacó la carta de su bolso. Antes de poder dársela al tesorero, Claire extendió la mano, y tras vacilar, Mamie se lo dio.
Jack estaba furioso. Hacía años que Mamie había cumplido la edad normal de retirarse, y esa mujer debería haberse tomado la vida con tranquilidad, y no esperando poder trabajar unos días. Claramente no estaba preparada para una mecedora, pero al menos debió tener esa opción. Y quien fuera su abogado debía ser azotado por dejar que pagara con su casa. ¿Y dónde diablos estaba su familia? Bueno, no importaba, ellos dos la ayudarían.
Claire se puso a leer la carta. Jack debería ayudar a esa mujer estuviera Claire allí o no, pero no estaría nada mal que ella viera cómo lo hacía. Sonrió satisfecho, pero su sonrisa se desvaneció cuando ella terminó de leer y levantó la cabeza.
—¿Usted envió esto?
Su tono era tranquilo, pero él no se dejó engañar. Estaba furiosa. Sin decir palabra, extendió la mano para que le diera la carta. La leyó, sintiéndose peor a cada palabra. Unos meses antes él le dijo a su secretaria que fuera dura en las cartas a los que iban atrasados en los pagos, con la idea de asustarlos pero no de dejarlos fuera de combate. Palabras como «inmediata confiscación y posibles cargos civiles si no paga en treinta días», le hicieron sentirse como un ser horrible. Él no había escrito esa carta, pero sí era su culpa, porque no la comprobó antes de ser enviada.
—Sí, yo la envié —dijo inexpresivo.
Antes de que pudiera añadir que no debió hacerlo, Claire se puso de pie.
—Hemos tenido gente baja en este despacho, pero nunca tanto como usted.
Jack también se levantó.
—Señorita Ezrin, la señora Bonnett nunca debió recibir esta carta. Por favor, deje que le expli…
Claire no le prestó atención.
—Vámonos, Mamie —tiró de la mujer—. No tiene sentido perder más tiempo.
Miró a Jack de un modo que fue como un puñetazo. Mamie también intentó calmar a Claire.
—Claire, él sólo hacía su trabajo. Pienso que…
—¡Ya! Su trabajo no es echar a pobres viudas de su casa, ¡y en Navidad!
Mamie, dándose cuenta de que estaba frente a una criatura imparable, dejó que Claire se la llevara y cerrara la puerta de golpe.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 28 de diciembre del 2013


Continuamos este especial de Navidad con la segunda parte de la Antología "Cuentos de Navidad" de 1996 titulada "Un Regalo Sorpresa" de Jennifer Greene.


Antología Cuentos de Navidad 1996
Título: Un regalo sorpresa (1996) 
Título Original: Twelfth night (1995)
Autor: Jennifer Greene
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Internacional 134
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Will Montana y Laura Stanley


Sinopsis


¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel?
Un día de Navidad, la hermana de Laura apareció en la puerta de su casa con un bebé en brazos para que ella lo cuidara durante un tiempo. Y aquel niño hizo que, de pronto, la relación entre Laura y su novio empezara a cambiar drásticamente.

Capítulo Uno
Laura Stanley estaba secándose las manos en un trapo de la cocina cuando oyó un golpe en la puerta. Eran más de las once.
Fue a la puerta y abrió. Cuando vio al hombre que había de pie, se llevó la mano al corazón.
—¡Santa Claus! ¿Qué haces en la calle? Es Nochebuena, por el amor de Dios. ¡Se supone que tienes que estar entregando regalos!
—Lo estoy haciendo. Ésta es mi parada más crítica.
Laura inclinó la cabeza y miró suspicaz al recién llegado.
—No sé si debería dejarte entrar. ¿Tienes alguna credencial? A mí me parece que tienes pinta de ladronzuelo, y no veo ningún reno ahí fuera.
Laura miró detrás de él. El coche deportivo negro aparcado frente a su casa no tenía nada que ver con un reno y un trineo, aunque el intruso llevaba un auténtico sombrero rojo de Santa Claus y un voluminoso saco echado al hombro. Pero la cazadora de cuero tampoco tenía que ver con el atuendo de Santa Claus, e incluso en las sombras del porche, Laura podía ver que el tipo era fuerte y elegante. No había barriga, mejillas regordetas ni barba blanca. El pelo le llegaba al cuello y era negro. En lugar de inocentes ojos azules, los suyos eran oscuros e impenetrables.
—Traigo regalos, pero tienes que dejarme entrar para sacarlos.
—¿Crees que puedes sobornarme con regalos?
—No, claro que no. Pero si quieres credenciales tengo que sacar los regalos para mostrártelas. Y no quiero sacar los regalos aquí, en la nieve. O sea que si me dejas entrar sólo durante un par de segundos…
Laura odiaba ceder a una estafa tan clara. Pero se había levantado un viento helado y caían copos de nieve. Su conciencia no sobreviviría si ese hombre se quedaba helado en su porche. Así que se cruzó de brazos y lo dejó entrar.
El se quitó los zapatos de cuero en la puerta, pasó y dejó la bolsa en una silla, actuando como si conociera la casa.
Ella cerró la puerta sin dejar de mirarlo. Él se quitó en seguida el sombrero de Santa Claus y la cazadora de cuero. Dejó todo eso también en la silla, respiró profundamente y miró alrededor.
La única iluminación en el diminuto salón era la de las velas y las luces del árbol de Navidad.
El árbol estaba alegremente decorado y debajo había regalos. Las velas llenaban toda la repisa de la chimenea. El brillo de la decoración navideña lo llenaba todo, y los tonos rojos y verdes contrastaban con la original decoración azul.
La habitación abarrotada no pareció molestarlo. Nunca había visto antes esa casa adornada para Navidad, pero movió la cabeza como si el lío y la confusión fueran exactamente lo que había esperado. Se acercó al árbol y enderezó el ángel en la punta.
Luego se acercó a ella y sus ojos se encontraron.
—Ven aquí.
—¿Yo?
—¿Hay alguna otra morena de pelo rizado con ojos castaños en la casa que se llame Laura Stanley?
—No, sólo yo.
—Pues ven aquí y te daré una de esas credenciales que me habías pedido.
Ella lo hizo, con cuidado. Él no pegaba en esa casa… ni en su vida. Posiblemente Laura tuviera harina en la punta de la nariz, ya que había estado preparando la comida de navidad del día siguiente. Y su sudadera roja, vaqueros viejos y calcetines de Mickey Mouse, eran de las rebajas.
Y él estaba impecable. La camisa blanca era de lino y el reloj que llevaba en la muñeca tenía pinta de costar un riñón. Pero no era sólo el dinero lo que le daba ese aspecto intimidante. Incluso de pie, quieto, su cuerpo emanaba poder y tensión, y una fuerte energía viril. El rostro tenía pómulos salientes y mandíbula fuerte. El pelo oscuro y despeinado contrastaba con su piel blanca, y los ojos negros parecían penetrarlo todo. No tenía ni un rasgo suave, y no era guapo, aunque Laura lo encontraba muy atractivo.
A los treinta y un años, Laura era demasiado madura para dejarse llevar por un montón de química masculina. Tendría que esta loca para arriesgarse emocionalmente con un tipo así.
Pero él le acarició la barbilla con los nudillos, haciéndola levantar la cabeza, y entonces la besó.
El primer beso fue frío. Sus labios estaban tan helados como el paisaje nevado fuera. Pero eran sorprendentemente suaves comparados con las líneas duras de su rostro.
Y los labios se calentaron deprisa. Igual que él.
Cuando Laura le subió las manos por los hombros, pudo sentir que la tensión poco a poco desaparecía de sus músculos. Will Montana rara vez perdía, siempre estaba relajado, siempre parecía dispuesto a luchar contra una banda de matones. No había matones en su casa, ni guerras que luchar, pero él siempre tardaba un tiempo en darse cuenta.
Sus ojos negros empezaron a arder, y la besó con más profundidad, como si ella fuera lo único bueno que había tenido ese día.
Seis meses antes, cuando Will se paró para ayudarla a cambiar una rueda pinchada, ella se sintió encantada por su caballerosidad, pero nunca esperó volver a verlo. Durante mucho tiempo no pudo comprender por qué Will quería verla cuando no tenían nada en común, ni en el aspecto económico ni en el temperamento. Pero ésa no era la primera vez que él la besaba como si ella fuera lo único que hubiera entre él y la locura de la vida. Will era estupendo en su trabajo, un triunfador, pero era horrible relajándose y olvidándose de ello.
Nunca bajaba la guardia… hasta que la tocaba. Siempre era un extraño poderoso que le daba miedo… hasta que ella lo tenía entre sus brazos.
Laura metió los dedos en el pelo de su nuca. El beso se volvió más húmedo y oscuro. Ella movió el cuerpo, acurrucándose contra él, y un torbellino de sensaciones la sacudió.
A veces no se sentía muy segura de él, y se daba cuenta de que Will nunca mencionaba el matrimonio, el futuro o los hijos, todo lo que a ella le importaba. Pero enamorarse de él había sido muy fácil y las razones, elementales. Él la hacía sentirse toda una mujer. La hacía sentirse más necesitaba que el aire. Ella nunca había deseado así a otro hombre.
Laura se apartó porque tenía que respirar.
—Bueno, parece que eres tú y no Santa Claus.
—¿Has tenido que besarme para darte cuenta? ¿Besas a todos los hombres que aparecen en tu puerta para comprobar su identidad?
—A todos no. Sólo a los que entran llevando sombreros de Santa Claus. Ha sido un disfraz muy efectivo. Durante un momento me habías engañado completamente.
Will sonrió y sus ojos se iluminaron. Le sujetó la mano que tenía apoyada en su pecho.
—Tienes problemas, Laura Stanley.
—Eso no es nuevo. Lo supe en cuanto te dejé entrar.
—Si no apartas las manos de mi cuerpo, no podrás abrir los regalos durante un largo rato —dijo mirándola con intensidad.
—No necesito otros regalos. Estoy muy contenta con el que tengo ahora mismo frente a mí.
—Ése será el último. Estoy deseando que los abras.
—Hasta mañana no es Navidad —protestó Laura.
Pero Will insistió, tirando de ella.
Una vez Laura estuvo instalada en la alfombra junto al árbol, Will sacó el montón de regalos de su saco. A Laura se le puso un nudo en la garganta. Debió imaginar que Will querría con ella una navidad privada. Ella le había convencido para que fuera a comer al día siguiente.
Sólo iría su padre, ya que su única hermana se había mudado al otro lado del país. Pero Will había crecido solo, un huérfano, y se sentía incómodo con las fiestas y tradiciones familiares.
Laura entendía que él quisiera compartir con ella una Navidad privada, pero esa generosidad era demasiado. El primer paquete era un camisón blanco de seda. El siguiente, un montón de películas clásicas para el vídeo. Había calcetines de Mickey Mouse para un año, una caja de bombones, una enorme toalla de baño roja, un jersey de lana.
Con cada paquete se sentía más incómoda. Ella siempre había sido más feliz dando que recibiendo. Pero él se estaba divirtiendo y ella no quería estropearle el momento. Así que todo fue más o menos bien hasta que abrió el último regalo. Era una caja pequeña de terciopelo negro, y dentro había un colgante de zafiro en forma de corazón, precioso.
—Will… no puedes hacer esto.
—Puedes cambiar lo que no te guste.
—No tiene nada que ver con el gusto. Es porque me has dado demasiados regalos y has gastado mucho dinero. Y no puedo aceptar algo así.
Tenía miedo de tocar la joya. La cadena de oro era muy delicada y los zafiros parecían tener vida propia.
—¿Por qué?
—Porque yo no puedo hacerte a ti lo mismo.
Él también estaba rodeado de cajas. Laura le había comprado guantes y una bufanda que él se había puesto al cuello, ilusionado como un niño.
—Laura, de niño nunca tuve nada. Ahora tengo mucho dinero y no hay ninguna razón por la que no pueda gastarlo como más me guste. Y adoro sorprenderte. ¿Qué tiene de malo?
No era la primera vez que ella intentaba discutir el problema de su extravagancia, pero era imposible.
—Sorprenderme está bien. Las sorpresas son maravillosas, pero aceptar un colgante así es… diferente. Es demasiado caro. Y no quiero que pienses que tu dinero me importa.
El la miró divertido.
—Bueno, si ése es el único problema… Ya sé lo que opinas de mi dinero. Deberías haberme dejado que cambiara el tejado de esta casa si no fueras tan alérgica a un poco de ayuda. Y también deberías haberme dejado que cambiara tu vieja y oxidada lavadora. Casi me cortaste la cabeza cuando te arreglé los frenos del coche, ¿recuerdas? Pensé que ibas a estrangularme.
—Yo puedo arreglar los frenos de mi coche.
—Lo sé, señora Independiente. Pero estabas esperando un cheque el viernes, y esos frenos fallaron el martes. Era una cuestión de seguridad, no de dinero.
—Estás intentando distraerme. No estamos hablando sobre frenos, sino sobre colgantes.
—Puedes tirarlo si no lo quieres.
—Por encima de mi cadáver. Te estoy diciendo que no necesito que seas tan extravagante conmigo. Habría sido muy feliz con un llavero, por el amor de Dios…
—¿Necesitas un llavero nuevo?
Eso bastó. Laura se echó sobre él con un gruñido de frustración. Will era capaz de salir a comprarle un llavero incluso a esa hora. Tenía que haber algún modo de distraerle para que pensara en otra cosa.
Y la había.
El beso fue para él como un narcótico. Cayó hacia atrás, sobre los lazos y papeles de regalo. Y la tenía sujeta de la cintura, así que ella cayó encima.
Sus lenguas se encontraron. Will estaba hambriento y sus manos tocaban su cuerpo sin parar. Ella sintió que su cuerpo se puso duro y caliente de deseo.
—No voy a quedarme con el colgante.
—Ya hablaremos de eso… pero luego.
La puso bajo él. Rápidamente, se dio cuenta de que ella no llevaba sujetador bajo la sudadera. Fue un error peligroso no ponerse sujetador estando Will cerca, pero era muy divertido tentarlo.
Él necesitaba tentación. Había cientos de cosas que ella no entendía sobre el hombre misterioso de quien se había enamorado. Pero sabía que no tenía apellido. Él había elegido Montana porque fue el estado en el que nació, y no tenía ningún lazo familiar con nadie. Quizás él amara ese abandono porque fue abandonado de pequeño. Quizás se entregara tan completamente porque era el único modo de expresar sus sentimientos.
Laura consiguió quitarle el cinturón y sacarle la camisa. Quería tocarlo, pero él no la ayudaba. Will ya le había quitado la sudadera y había metido la cabeza entre sus pechos. Sus mejillas eran rugosas y eróticas, especialmente comparadas con su lengua. Will conocía su cuerpo mejor que ella misma.
Al final Laura ganó la batalla con los botones de la camisa y se la quitó. Cuando su pecho quedó desnudo, ella extendió las manos por su piel.
La luz de las velas brillaba en la cara de Will, reflejando la solitaria oscuridad en sus ojos. Las luces de colores del árbol se reflejaban en sus enormes hombros desnudos. Ese hombre solitario que necesitaba una familia había sido el que le había robado el corazón, y no el amante extravagante y alocado.
Aunque posiblemente su relación con él era sólo un sueño. Posiblemente su misterioso caballero evitaba temas como los bebés y las familias porque no tenía interés en ello y nunca lo tendría.
—¿Qué ocurre, Laura?
—Nada.
Lo besó con fuerza, queriendo borrar todos sus miedos. Dado su pasado, era normal que él no quisiera compromisos. No sabía nada de la felicidad de una familia, y Will no era un hombre al que se pudiera forzar.
Aún así, ella nunca había estado tan enamorada.
—Laura.
—Sshh…
—Laura, hay alguien en la puerta. Están llamando.
No era posible. Laura acababa de oír el reloj de cuco en la cocina que había dado las doce. Nadie podría llamar a esa hora.
Pero entonces oyó los golpes impacientes en la puerta, y miró a Will confundida.
—No puede haber nadie ahí.
—Pues lo hay. Yo me ocuparé.
Will recogió su camisa y se puso de pie.
Laura se pasó una mano por el pelo revuelto. Se levantó y buscó su sudadera. Se la puso y trató de ordenarse el pelo mientras iba también hacia la puerta.
Cuando Will la abrió, sus anchos hombros le bloquearon la visión.
—¿Quién es?
Entonces se puso junto a Will y lo vio.
No había visto a su hermana pequeña desde hacía un años. A Laura nunca le había gustado el hombre con el que ella se casó tres años antes, pero la pareja se había mudado a Oregón, lo que parecía el otro lado del mundo.
Deb se quedó embarazada el año anterior, y a pesar de que las conferencias eran muy caras, Laura llamaba a menudo a su hermana. Y estaba preocupada, porque últimamente Deb le parecía distinta. Ella sabía que el embarazo suponía un trastorno emocional, y Deb le había dicho una y otra vez que estaba bien y feliz, de manera que pensó que se preocupaba sin necesidad pues, según creía, su hermana no tenía ninguna razón para mentirle.
Pero no se dio cuenta hasta ese momento de lo bien que mentía Deb.
Deb no llevaba sombrero, y su vieja chaqueta de lana estaba abierta y sin botones. Habría perdido casi diez kilos desde la última vez que Laura la vio, y a su hermana nunca le había sobrado peso precisamente. Deb siempre había sido la bella de la familia, pero en ese momento tenía las mejillas hundidas y el rostro demacrado, y el pelo despeinado. Y sus ojos, sus maravillosos ojos llenos de vida, estaban llenos de miedo.
—¡Laura!
Deb echó una mirada rápida a Will pero luego se dirigió a su hermana. Pareció desmoronarse. Se le llenaron los ojos de lágrimas y al instante empezó a llorar descontrolada.
Laura, atónita, corrió hacia su hermana con los brazos abiertos.
Algo tarde se dio cuenta de que Deb no era la única ahí fuera.
El bebé en los brazos de su hermana estaba acurrucado hecho un ovillo y llorando sin parar.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 27 de diciembre del 2013


Llegamos a otro día más y hoy toca cambiar de Antología, dejamos el año 1993 y llegamos al 1996 con la Antología "Cuentos de Navidad" formada por otras tres historias de otras tres grandes escritoras.
La primera de ellas es "Manos Mágicas" de Janet Dailey.


Historia corta incluida en la antología Cuentos de navidad 1996
Título Original: The healing touch (1995)
Editorial: Harlequin Ibérica.
Sello / Colección: Internacional 134.
Género: Contemporáneo.
Protagonistas: Michael Stafford y Rebecca Barclay

Sinopsis

¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel?
Rebecca sabía muy bien lo que era la soledad, por eso comprendía a Michael. Pero la Navidad es siempre especial para los niños y Katie, la hija de Michael, solo tenía ocho años, y ya era hora de que entrara un poco de alegría en aquella vieja casa

Capítulo Uno

—Siento molestarle a esta hora de la noche, doctora Barclay, pero tenemos una emergencia en Casa Colina.
Rebecca Barclay gruñó. ¡Oh, no! ¡No más emergencias esa noche, por favor! Se dio la vuelta en la cama y miró el reloj en la mesilla. Eran las tres de la madrugada.
—¿Cuál es el problema, señor O'Brien? —preguntó, esperando que fuera algo simple.
Normalmente, a Rebecca le gustaba saber de Neil O'Brien, una de sus personas favoritas. Era muy competente con el ganado, y Rebecca sabía que nunca la llamaría a menos que realmente necesitara sus servicios. Pero ella no quería que nadie la necesitara… al menos durante el resto de la noche.
—Tengo aquí a una pequeña cabra que está intentando dar a luz a su primera cría. Pero seguro que algo va mal. Lleva en ello horas y no ha hecho ningún progreso.
Un parto. El parto de una cabra. Rebecca gruñó de nuevo. Algo simple, ¿eh? Era una cruel regla cósmica que ninguna llamada a las tres de la mañana fuera algo simple.
Con un esfuerzo, se obligó a hablar animosa.
—Estaré allí lo antes posible, señor O'Brien.
Rebecca colgó y levantó su cuerpo cansado de la cama. Sólo había dormido una hora desde la última emergencia.
A media noche le había despertado una llamada desesperada del dueño de un gato que vivía al otro lado de la ciudad en el campo. Y Rebecca tuvo que acudir y encontrar con dificultades el lugar en la oscuridad.
El felino llamado Butch, que pesaba casi quince kilos, era liso y brillante, más parecido a una pantera que a un gato casero. Rebecca pasó las dos horas siguientes volviendo a juntar las orejas destrozadas del animal. Como había perdido una pelea con un macho mayor y más fuerte, Butch estuvo de un humor pésimo. A Rebecca le dolían las manos y los brazos de sus arañazos, y su pulgar izquierdo tenía varios agujeros donde él le clavó los dientes.
Por desgracia, ella era la única veterinaria en la pequeña ciudad de San Carlos que estaba dispuesta a hacer visitas a domicilio. Como resultado, la sacaban de la cama varias noches a la semana.
¿Por qué quiso ser veterinario? ¿No era para algo de ayudar a los animales… aliviar el sufrimiento y curar las heridas?
¡Ugh! Dejando las razones altruistas a un lado, no quería ver otro rostro peludo al menos durante un mes.
Se puso los vaqueros y la camisa de cuadros que poco antes había dejado sobre la silla. Se llevó su viejo jersey de lana y su maletín lleno de medicinas e instrumental y corrió a su destartalado camión.
Durante un breve momento se permitió el lujo de respirar el dulce olor de la noche californiana. El delicado aroma de los jazmines plantados junto a su puerta se mezclaba con el de los naranjos del campo.
El aire era algo frío para ser verano. Se puso el jersey y subió al camión.
Ni un sólo faro brillaba en la carretera frente a su casa. San Carlos estaba dormido… exceptuándolos a ella y a Neil O'Brien, y por supuesto, a esa pobre cabra.

—Diez minutos más tarde, Rebecca llegó a Casa Colina, una enorme propiedad al norte del pueblo. La gran casa, una antigua hacienda española con techo de tejas rojas y elegantes arcos cubiertos de enredaderas, brillaba azul y blanca bajo la luna.
Rebecca conocía bien el lugar. De niña, pasó muchas horas felices jugando en la propiedad, explorando los rincones y escondrijos de la vieja casa, los jardines, graneros y huertas. La familia Flores tuvo cinco hijas y ella fue amiga de todas.
Pero con los años, las chicas crecieron, se marcharon a la universidad y se casaron. Finalmente, incluso Gabriela, la más joven, abandonó su hogar. El invierno anterior, sintiéndose perdidos y solos en un lugar tan grande, José y Rosa Flores vendieron Casa Colina y se mudaron a un apartamento en la ciudad.
A Rebecca le dijeron que los nuevos dueños eran gente reservada, y no sabía más de ellos. Incluso los habituales «cotillas» de la ciudad estaban en la oscuridad y hambrientos por cualquier detalle sobre sus solitarios vecinos.
A Rebecca le agradó enterarse de que habían elegido quedarse con Neil O'Brien como vigilante y con su esposa, Bridget, de ama de llaves. Después de trabajar para la familia Flores durante veinte años, Neil y Bridget sabían más sobre el modo de dirigir Casa Colina que nadie. Rebecca le tenía mucho cariño a la pareja y disfrutaba de su compañía. Admiraba los conocimientos de Neil y su amor por los animales, y siempre parecía tener una sonrisa para todo el mundo. Bridget era igual de agradable, ofreciendo una taza de té irlandés y pasteles caseros a todo el que iba a Casa Colina.
Al haber visitado muchas veces la propiedad, Rebecca la conocía bien. No se molestó en ir primero a la casa. Sabía que Neil estaría en el granero con la cabra y Bridget posiblemente estaría durmiendo. Así que pasó con su camión por la parte delantera de la casa y se dirigió hacia una serie de dependencias en la parte trasera.
Con su maletín en la mano, salió del camión y fue a los establos, donde brillaba una luz desde una ventana polvorienta. Entró corriendo, esperando que no fuera demasiado tarde.
O'Brien estaba arrodillado junto a una pequeña cabra blanca que estaba echada de lado sobre un montón de paja. Era una Nubian, la variedad de cabra favorita de Rebecca, conocidas por ser juguetonas y simpáticas y tener orejas largas y blandas. El animal jadeaba con fuerza, agotado de las contracciones. Pero a pesar de sus esfuerzos, no había señal de un recién llegado.
Con la atención centrada en su paciente, Rebecca no se fijó en la niñita que estaba sentada y acurrucada en un rincón del establo. Se abrazaba las rodillas que tenía dobladas hasta el pecho. Sus enormes ojos azules estaban llenos de lágrimas.
—¿Cuánto tiempo lleva de parto? —preguntó Rebecca.
Se arrodilló junto a la cabra y pasó una mano por su vientre hinchado. Sintió al animal estremecerse de miedo y fatiga. La cabra no podría soportar mucho más. Pero Rebecca sintió algo más, que le dio esperanza… el movimiento de su cría dentro.
—Lleva así desde ayer por la mañana —explicó Neil, sacando un pañuelo rojo del bolsillo de su mono. Se secó la frente que tenía empapada de sudor, a pesar del frío de la noche—. Como ves, no ha ocurrido nada. Creo que algo debe estar enredado ahí dentro.
Rebecca abrió su maletín y sacó un tubo de crema lubricante y antiséptica.
—Creo que tienes razón, Neil.
—Desde que te llamé, ha empeorado mucho —explicó el hombre preocupado—. Hilda es una cabra estupenda —añadió acariciando sus orejas largas—. No me gustaría perderla.
Entonces, Rebecca oyó un sollozo. Se dio la vuelta y miró en las sombras, viendo a la niñita por primera vez.
—Hilda va a morir… ¿verdad, doctora? —preguntó la niña con la cara llena de lágrimas—. Sabía que iba a pasar algo horrible.
Rebecca se acercó a la niña y se agachó a su lado en el montón de paja.
—Me llamo Rebecca. ¿Y tú?
—Katie.
—Bien, Katie. No creo que tengas que preocuparte mucho de Rebecca —le dijo, acariciando suavemente sus rizos negros que le caían por un hombro—. Continuamente me encuentro con este tipo de problemas, y normalmente todo sale bien.
—¿En serio? —La niña abrió mucho los ojos—. ¿Lo haces todo el tiempo?
—Ayer diez veces —respondió Rebecca sonriendo.
La niña se rió entre sus lágrimas.
—Eh, no creo que pase tantas veces.
—Tienes razón. Pero pienso que Hilda se pondrá bien. Ya lo verás.
Después de consolar a la niña, Rebecca volvió con Neil y la cabra. Se subió las mangas y se echó crema antiséptica desde los dedos a los codos. Luego se puso un par de largos guantes quirúrgicos.
—Voy a comprobar qué está sucediendo ahí dentro.
Mientras Rebecca examinaba a su paciente, el animal se quedó quieto, demasiado débil para resistirse. Tras un par de minutos, encontró la respuesta.
—Bien, tenemos gemelos. Y el primero es muy grande. Él es quien está retrasándolo todo.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Neil.
—Voy a girarlo un poco para ponerlo en la posición correcta. Así podré sacarlo.
Tan suavemente como pudo, Rebecca realizó la tarea. Hilda pareció sentir que algo había cambiado, y animada, empezó a empujar de nuevo.
En sólo unos minutos, Rebecca sacó a la primera cría. Como había dicho, era enorme con una cabeza especialmente grande. Pero no parecía mal por haber pasado por semejante prueba. Resopló gruñón a Rebecca cuando ella le aspiró la nariz y boca y le secó la cabeza con una toalla.
Con un puñado de paja, Neil empezó a darle al pequeño un masaje enérgico. Hilda gimió y dobló el cuello para ver mejor a su retoño.
Por el rabillo del ojo, Rebecca vio que Katie abandonaba despacio su sitio en la pared y se acercaba a ellos.
—¿Es chico o chica? —preguntó.
Sus lágrimas habían desaparecido, pero sus ojos azules estaban como platos, maravillados.
—Es un chico estupendo y fuerte —le dijo Rebecca.
Katie pareció decepcionada.
—Oh… yo estaba esperando una chica.
Neil se rió mientras empujaba a la cría hacia la cara de su madre. Ella le olisqueó con curiosidad y luego empezó a darle su primer baño con la lengua.
—Pobre Katie —dijo el hombre—. Le prometí que podría quedársela de mascota si era hembra.
—Bueno, aún hay más ahí dentro —dijo Rebecca—. Y en seguida sabremos si es tu cabrita o el hermano de éste.
Katie había perdido su timidez. Se puso al lado de Rebecca y se arrodilló sobre la paja. Extendió su manita y acarició el vientre de la cabra.
—Ya estás bien, Hilda —dijo con suavidad—. La buena doctora se ocupará de ti.
—Sí —dijo una voz grave tras ellos—. Parece que todo está bajo control.
Rebecca miró por encima de su hombro y aguantó la respiración. El hombre que estaba en la entrada era el más atractivo e impresionante que nunca había visto. Con su brillante pelo negro y sus ojos azules, era obvio que era el padre de Katie. Casi llenaba la entrada con sus anchos hombros, y la habitación pareció vibrar con su presencia.
Pero Rebecca no tenía tiempo en ese momento para pensar en un hombre atractivo. Tenía trabajo que hacer. Con su hermano grande dejando de obstruir, la segunda cría estaba a punto de salir al mundo.
Se preocupó cuando vio a la cría. Era mucho más pequeña que la primera, y parecía débil y sin vida mientras caía sobre la paja.
Rápidamente le limpió la nariz y boca y empezó a frotarle el cuello con la toalla. Neil entendió la urgencia y le hizo lo mismo en las piernas.
—Vamos, cielo —susurró Rebecca—. Respira… vamos…
Entonces vio que era una hembra y se le cayó el alma a los pies. Katie se hundiría si no vivía.
Justo cuando Rebecca estaba perdiendo toda esperanza, el pequeño animal se estremeció. Respiró y movió las patas traseras.
Neil sonrió de oreja a oreja.
—¡Lo has conseguido, Rebecca! —se puso de pie, la levantó y le dio un gran abrazo.
—¡Y es una chica! —exclamó Katie poniéndose de pie—. ¡Es para mí!
Hilda gimoteó y olisqueó a su segunda cría. La madre tenía una expresión feliz y aliviada en la cara, y sus largas orejas se agitaban mientras lamía a sus gemelos.
Finalmente, los dos hermanos se acurrucaron contra a su madre, oliéndola y buscando su leche tibia.
Rebecca se sentó en la paja y disfrutó de la escena. Momentos como ese hacían que todo valiera la pena. Había hecho su trabajo bien. Hilda estaba aliviada de su carga. Sus pequeños estaban a salvo y felices. Katie y Neil estaban encantados con los recién llegados. Y el padre de Katie…
Rebecca se giró para ver si estaba disfrutando de la escena tanto como los demás, pero para su sorpresa, tenía el ceño fruncido.
Dio un par de pasos hacia ellos y estudió a la segunda cría.
—Esa cabra es obviamente muy débil —dijo—. No creo que sea un animal apropiado para una niña.
—¡Si es apro… apro… muy buena! ¡Y yo la quiero! —gritó Katie mirando a su padre, furiosa y suplicante a la vez.
Rebecca tuvo que esforzarse por controlar su genio. ¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿No tenía corazón? ¿Cómo podía echar a perder un momento tan feliz y maravilloso?
—Los animales débiles y enfermos normalmente tienen problemas y son difíciles de cuidar —le dijo su padre—. Y aún ni siquiera sabes si vivirá.
Rebecca no pudo seguir callada más rato.
—Disculpe, señor…
—Stafford. Michael Stafford.
—Señor Stafford, entiendo su preocupación sobre tener un animal sano para su hija. Pero aunque esta cabra es algo pequeña, no hay razón para suponer que no vivirá.
—¿Oh, en serio? —La miró furioso, aparentemente ofendido de que hubiera dado su opinión sin que le preguntaran—. ¿Y puede usted garantizar eso, doctora?
Rebecca no podía entender su tono amargo. ¿Por qué reaccionaba así?
—Claro que no puedo garantizar que el animal no enfermará, señor Stafford. La vida no ofrece ese tipo de garantías.
—Realmente no.
De nuevo, Rebecca notó la furia en su voz. ¿Qué le había pasado a ese hombre para volverle tan frío?
Miró a Katie y vio el mismo dolor reflejado en sus ojos azules. Parecía ser de familia.
—Señor Stafford —dijo, intentando sonar más paciente y comprensiva de lo que se sentía—. Realmente creo que esta cabra está sana, a pesar de su pequeño tamaño. Si deja que Katie se la quede, prometo ayudar todo lo que pueda. Le enseñaré a su hija cómo cuidar a la cabra. Si algo va mal, todo lo que tendrá que hacer es llamarme y yo vendré en seguida.
—¡Por favor, papá! —suplicó Katie, acercándose a él y tomándole una mano entre las suyas—. La doctora Rebecca piensa que está bien. Deja que me la quede. Por favor, por favor, por favor.
Michael Stafford no dijo nada durante un rato mientras miraba a su hija, que tiraba de su mano. Rebecca no podía entender cómo podía resistirse a esos enormes ojos azules. Ella no podía.
Y su padre tampoco pudo. Suavemente, apartó la mano y se giró hacia la puerta.
—Bien —dijo mientras se marchaba—, si la doctora piensa que está bien, debe estar bien. Estoy seguro de que ella sabe más que yo de esas cosas. Sólo espero que tenga razón.
Rebecca hubiera deseado que no sonara tan sarcástico, pero le había dado su permiso a Katie para quedarse con la cría, y eso era lo importante.
Neil la ayudó a recoger sus cosas y guardarlas en el maletín. Su trabajo allí había terminado. Al menos de momento.
Después de haberse despedido, se giró para marcharse, pero se detuvo en la puerta para echar un último vistazo a Hilda y sus crías, a Katie y a Neil. Katie tenía los brazos alrededor de la cabra y le estaba murmurando cosas dulces al oído.
Sí, había una razón por la que Rebecca se hizo veterinario. Y era ésa.

En cuanto Rebecca entró al salón de belleza, fue abordada por un misil peludo llamado Twinkle. Twinkle era blanca la última vez que la visitó, pero esa mañana, el pelo de la perrita era de un extraño tono morado.
Rebecca había visto muchos animales a lo largo de los años, pero nunca un pequinés morado. Empezó a tener una ligera idea de qué había podido causar la irritación cutánea que la dueña de la perrita le había descrito antes por teléfono.
—Oh, Twink —dijo arrodillándose y acariciando sus orejas—, ¿qué te ha hecho Betty Sue ahora?
Ella simplemente ladró en respuesta y puso expresión lastimera.
—Lo sé, lo sé… —Rebecca aceptó el lametazo—. Lo he intentado, Twink, pero ya conoces a Betty Sue. Por cierto, ¿dónde está tu dueña? —preguntó mirando alrededor por el salón vacío.
Una puerta en la parte trasera se abrió y entró una mujer joven con un uniforme rosa, llevando con ella olor a permanente y a esmalte. Por alguna razón, a Rebecca no le sorprendió ver que Betty Sue se había teñido su propio pelo platino del mismo tono morado. Nada en Betty Sue podía sorprender ya a Rebecca. Pero Betty había nacido y se había criado en el corazón de Hollywood, por lo que Rebecca intentaba tenerlo en cuenta. Posiblemente la pobre no podía evitar ser así.
—Eh, hola, querida —dijo acercándose a Rebecca y dándole un abrazo—. Es nuestra doctora favorita, ¿verdad, Twinkle?
—No me hagas la pelota —replicó Rebecca—. Sólo lo haces porque sabes que estoy enfadada contigo.
—¿Enfadada? —Rebecca agitó sus pestañas postizas—. ¿Estás enfadada conmigo? ¿Por qué?
—No oíste ni una palabra de lo que dije la última vez que estuve aquí.
—Eso no es cierto. Claro que te oí.
—Entonces no me escuchaste. Te dije que le dejaras de hacer cosas raras a esta inocente criatura.
—Pero… pero… —balbuceó Betty Sue—. Nunca le haría a Twinkle nada que no me hiciera a mí misma.
Rebecca la miró de arriba a abajo, fijándose en el pelo teñido, las uñas de porcelana, los kilos de maquillaje. Betty no era una belleza natural. La lista de cosas que no se haría a sí misma o a su sufrida perrita debía ser muy corta.
—Betty Sue, tienes que dejarte de estas tonterías. Estoy cansada de venir a tratar problemas que tú has provocado. Le has pintado las uñas a Twinkle y…
—Oh, le gustó mucho. Se divirtió.
—Se puso piripi por los gases, Betty Sue. ¿Y recuerdas cuando le hiciste esas trenzas con los abalorios y las plumas?
—Bueno, pensé…
—Yo tuve que cortárselas. Tuve que afeitarla. Se pasó todo el invierno con el aspecto de una rata pelada.
—Pero yo le tejí un jersey.
—No se lo terminaste hasta la primavera.
—Actué con el corazón.
—Entonces será mejor que empieces a pensar con la cabeza —se agachó, recogió a la perrita y le separó el pelo, viendo su piel irritada y roja—. ¡Mira esto! Es una reacción a ese estúpido tinte morado.
—¡Antes le hice una prueba en un trocito, como decían las instrucciones! —lloriqueó Rebecca—. Lo hice, y salió bien.
—Esas instrucciones eran para una persona, Betty Sue, no para un pequinés. No bromeo, tienes que dejar de hacer estas cosas o te denunciaré por crueldad a los animales.
La barbilla de Betty Sue empezó a temblar ligeramente. Rebecca se alivió. Parecía que finalmente lo había entendido.
—Te daré un champú medicinal. Ayudará a aliviarle los picores y a evitar que la piel se infecte. No olerá muy bien después, pero…
—No te preocupes —la interrumpió Betty Sue—. No le echaré perfume. Me resistiré.
—Así lo espero.
Mientras Rebecca sacaba la medicina de su maletín y le escribía las instrucciones en la etiqueta, Betty Sue tomó a su perrita y le arrulló en la oreja.
—¿Quieres a tu mamaíta? Sí, claro que sí. Sabes que mamaíta sólo intentaba que estuvieras preciosa. Twinkle quiere a su mamá.
Betty Sue dejó a la perrita en el suelo y Rebecca le dio el champú.
—Por cierto —dijo la peluquera con una sonrisa en sus labios perfilados y pintados de rojo—. He oído algo, pero no sé si es cierto.
—¿El qué? —preguntó Rebecca intentando no parecer interesada mientras cerraba su maletín.
Betty Sue era una cotilla empedernida.
—He oído que has pasado mucho tiempo en Casa Colina… con ese guapo viudo, Michael Stafford.
—Entonces has oído mal —dijo Rebecca intentando ocultar su disgusto—. Sólo estuve allí una noche, y fue por trabajo, no placer. Créeme, tenía la mano metida en una cabra hasta el codo. Eso no es precisamente divertido.
—Oh… Pero conociste a Michael Stafford, ¿verdad?
—Sí, lo conocí. Lo vi con mis dos ojos. Me quedé muda mirando su guapísimo rostro durante tres o cuatro minutos.
Betty Sue se animó.
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Es tan atractivo?
—Es impresionante —tomó su maletín—. También es muy excéntrico, y personalmente, no me gustó… ni un poco.
Sin más palabra, Rebecca dio media vuelta y salió, dejando a Betty Sue boquiabierta.
Pero Betty pronto se recuperó y volvió a levantar a Twinkle.
—No la creo, ¿y tú? Mamaíta piensa que a la doctora Rebecca le gusta el señor Michael más de lo que dice. ¿No lo piensas tú también? Sí… mamaíta reconoce el amor verdadero en cuanto lo ve.
Betty Sue miró por la ventana hasta que la vieja camioneta desapareció.
—Bueno, ya se ha ido. Ahora probaremos ese nuevo blanqueador de dientes que ha comprado mamaíta en la droguería. Los tienes muy amarillentos. Y no pueden estar así, ¿verdad, bonita? A mí me han quedado muy bien. Vamos a ver…

jueves, 26 de diciembre de 2013

Especial de Navidad, 26 de diciembre del 2013


Hola de nuevo a tod@s, hoy tenemos otro frío e invernal día de Navidad pero que intentaremos hacerlo algo más llevadero y acogedor con la última parte de esta Antología, titulada "Esperanza en los corazones" de Sondra Stanford


Publicada en la antología «Otras historias para una Navidad 1993» (Silhouette Christmas Stories)
Título: Esperanza en los corazones (1993)
Título Original: Hearts of Hope (1992)
Autor: Sondra Stanford
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección:  Internacional 87
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Rob Green y Mary Shelton

Sinopsis

Rob Green no pudo evitar reírse cuando se topó con el enorme árbol de Navidad que Mary Shelton había adquirido para su casa. ¿Cómo podría el más pequeño apartamento de la ciudad contener ese enorme árbol? La mujer estaba esperando un milagro. Pero una mirada a Mary dejó a Rob pensando... en los árboles, el múerdago y el milagro de la Navidad.

Capítulo Uno

Mary Shelton abrió la pesada puerta y salió al exterior de la escuela primaria de Hope. Su amiga, la profesora de primer grado Jan Crane, la seguía.
Era una tarde brillante y soleada de primeros de diciembre, pero la belleza del día engañaba. Mary se alegró de haberse puesto la gruesa chaqueta sobre la falda negra y la suave blusa blanca. Jan, ataviada sólo con un vestido de seda, se estremeció mientras buscaba en su bolso las llaves del coche.
—¿Quieres que te lleve, Mary? —preguntó—. Hace bastante frío.
—Gracias, pero sólo vivo a dos manzanas de aquí —repuso la otra—. Además, eso me dará tiempo para organizar mis ideas.
—No te atormentes demasiado —le aconsejó su amiga—. Serás una buena directora del programa navideño.
Mary hizo una mueca.
—Espero que tengas razón, pero me sentiría mejor si tuviera ya experiencia en ese tema. Por lo que tengo entendido, va a ser difícil superar a Jackie Murphy.
En la reunión de profesores que acababa de tener lugar, el director de la escuela le había comunicado que tendría que ocuparse de dirigir el programa especial navideño de la escuela. La profesora de quinto grado que se había ocupado de ello durante los últimos veinte años, se recuperaba en el hospital de una apendicitis.
—Hace un buen trabajo, sí —admitió Jan—, pero tú también lo harás. Y Lydia Willis te ayudará mucho. Ha ayudado a Jackie en los últimos años, así que conoce todos los trucos.
—Ojalá se hiciera cargo del programa y me dejara a mí ser su asistente —dijo Mary.
Aquel era el primer semestre que enseñaba en la Escuela Hope y, en su calidad de recién llegada, no se sentía demasiado cómoda asumiendo ya una tarea de tanta responsabilidad.
—Lydia no sabe solfeo. Tú eres la única músico que tenemos aquí además de Jackie, así que no había más remedio que cargarte con eso.
—Lo sé —asintió Mary—. Pero espero hacer honor a la tarea. Me han dicho que toda la ciudad suele venir a vernos.
Jan sonrió.
—No hay muchas diversiones en Hope, Texas. Así que todos acudimos siempre que hay ocasión —se echó a reír al ver la expresión de ansiedad de su amiga—. Vamos, mujer, no es para tanto. Recuerda que tú sólo eres la directora, no la estrella del programa. Lo son los niños. La gente viene a verlos a ellos y no hay audiencia más complaciente que la formada por mamás, papás, abuelas y abuelos. Nadie te prestará la más mínima atención a ti.
Mary se echó a reír.
—Gracias. Eso es justo lo que necesitaba mi ego.
Jan también se rió.
—Bueno, me voy al supermercado. Pete tenía una entrevista para un empleo hoy en Nacogdoches, así que llegará tarde a casa. Quiero prepararle una buena cena para cuando vuelva.
—No sabía que pensarais mudaros.
La cara de Jan se ensombreció. Su esposo estaba desempleado desde que cerró la planta de refrigeradores de Ledbetter, siete meses atrás.
—Si encuentra un trabajo bien pagado en otra parte, tendremos que mudarnos. ¿Qué podemos hacer? Hay mucha gente en nuestra situación —dijo con tristeza—. Si no cambian pronto las cosas, la escuela empezará a perder muchos alumnos a medida que se marchen sus padres. ¿Y qué pasará entonces con nuestros empleos? —se encogió de hombros con aire filosófico—. No tiene sentido preocuparse por lo que no se puede evitar. Nos veremos mañana, Mary.
A pesar del frío, la joven anduvo lentamente. No tenía prisa por encerrarse en la pequeña casa que había alquilado en Oak Grove. Se había trasladado a la pequeña comunidad de Hope para dar clases al segundo grado de la escuela. Como había crecido siendo hija única en un rancho de Texas, nunca se sentía aburrida en soledad, pero en los últimos meses, desde su fiasco en Abilene, había empezado a pensar que quizá pasaba demasiado tiempo sola.
Los demás profesores de la escuela eran bastante amistosos, pero la mayoría tenía muchos más de los veintiséis años que tenía ella. Jan era la única de edad parecida y probablemente la mejor amiga que tenía allí, pero estaba ocupada con su esposo y su niño, así que no se veían mucho fuera de la escuela.
El señor Starr, el anciano viudo vecino de Mary, estaba fuera, barriendo su porche delantero cuando se acercó a su casa. Levantó una mano y ella le devolvió el saludo.
Al entrar, la recibió el silencio de la casa vacía. Otras personas tenían vidas interesantes a las que volver después del trabajo; maridos, esposas, niños. Ella no tenía a nadie que se preocupara de si iba o venía.
Se quitó las botas y se preparó una taza de té caliente. Cuando estuvo lista, se la llevó a la sala de estar, donde se sentó ante el piano y empezó a tocar las notas de «Dulce Navidad».
El piano era la razón principal por la que había alquilado aquella casa en particular. Había pertenecido, junto con el resto de los muebles, a la difunta hermana de la casera y le había ayudado a pasar muchas horas solitarias. Afortunadamente, siempre podía entretenerse con la música o los libros.
A pesar de sus vacilaciones al hacerse cargo del programa navideño de la escuela, no le importaba el trabajo extra. Prefería estar ocupada a tener demasiado tiempo para pensar. Mary temía a la Navidad. No estaba segura de poder soportarla sola cuando el año anterior había estado con su abuela y Wayne.
Aquel año, sin embargo, no tenía a nadie.
Dejó caer la tapa del piano, se puso en pie y volvió a ponerse los zapatos. Cogió el bolso y la chaqueta y se dirigió a la puerta.
La mejor arma contra la depresión era hacer algo. No pasaría nada si tenía que estar sola en Navidad ni tenía a nadie con quien intercambiar regalos. Se pagaría la mejor Navidad que pudiera permitirse.
Se metió en su coche Honda y condujo por la calle principal. Pasó el supermercado, el banco, una gasolinera y una oficina inmobiliaria. Justo después de la droguería había un solar que solía estar vacío. Ahora había allí un pequeño edificio metálico prefabricado rodeado de docenas de árboles de Navidad.
La joven aparcó y salió del coche con la intención de comprarse el árbol más grande y bonito que pudiera encontrar.


Rob Green abrió la puerta de la casa prefabricada. Sus ceñidos tejanos estaban manchados de grasa y restos de tierra roja. Su camiseta aparecía tan sucia como los pantalones, pero estaba semioculta por una chaqueta vaquera. Sus botas camperas hacían juego con el resto de su atuendo, que demostraba que había estado trabajando duro.
Sus ojos marrón oscuro estaban casi ocultos por el borde de una gorra azul de béisbol; observaba a los clientes inspeccionar los árboles. Le divertía ver a una familia completa reunirse juntos para debatir los méritos de un árbol sobre los demás antes de tomar una decisión.
Ed Watson, amigo y vecino de Rob, era el dueño de aquello. En aquel momento, estaba ocupado ayudando a un cliente a cargar un gran árbol en una camioneta. Sólo le había saludado con la cabeza al verlo llegar.
El hermoso día soleado había degenerado ya en un atardecer nublado y frío. Las luces cercanas aparecían rodeadas por halos de humedad.
Cuando Ed se quedó libre, se unió a Rob en el interior del pequeño edificio que hacía las veces de oficina temporal.
—Hay café recién hecho. ¿Quieres una taza?
—Muy bien.
La minúscula estancia contenía dos sillas, una mesa que servía de escritorio y otra mesa más pequeña que sostenía la cafetera.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó Ed, mientras servía el café.
—Daré una vuelta hasta que sea hora de recoger a Holly. Está haciendo un proyecto para la escuela con una compañera de clase. La madre de la otra chica la ha invitado a cenar, así que le dije que la recogería a las ocho —miró su ropa sucia—. No he tenido tiempo de ducharme y cambiarme antes de traerla. He pasado la tarde arreglando vallas y trabajando con el tractor.
Ed asintió comprensivo. Los dos hombres eran hijos de granjeros y se habían criado a media milla de distancia el uno del otro. Ed seguía cultivando la tierra de su familia. Había construido una casa moderna para su esposa y sus hijos cerca de la granja en la que seguía viviendo su madre. También trabajaba la mayor parte de la tierra que Rob había heredado de sus padres. Rob seguía viviendo en los terrenos, en una casa nueva, pero había dejado de cultivar la tierra para montar una compañía inmobiliaria en la ciudad. Sólo conservaba un par de prados para dar de comer a unas cuantas cabezas de ganado y a sus caballos.
—¿Cómo van los negocios? —preguntó, cogiendo su café.
—No van mal teniendo en cuenta que sólo estamos a primeros de mes —declaró Ed—. ¿Quieres elegir un árbol?
Rob sonrió.
—Ya conoces a Holly. Si no vamos al bosque a cortar uno nosotros mismos, no me lo perdonaría nunca.
Ed asintió. Aunque todos los años vendía árboles de Navidad, a él le ocurría lo mismo con su familia. Empezó a hablar, pero le interrumpió un ataque de tos.
—Parece que te has pillado un buen resfriado —dijo su amigo.
—Sí. No consigo soltarlo y este aire húmedo y frío no me ayuda precisamente.
—¿Y por qué no cierras temprano y te vas a la cama? —miró a través de la puerta—. De todos modos, ya no hay más clientes.
Ed volvió a toser y luego murmuró:
—Creo que lo haré. Cada vez me siento peor —se dio un golpe en la frente—. Oh, se me olvidaba. Le he prometido a la profesora de Randy que le llevaría el árbol a su casa cuando terminara esta noche.
Rob pareció sorprendido.
—¿Desde cuándo entregas árboles a domicilio?
—No lo hago —se inclinó y tosió un par de veces más—. Al menos no como algo normal. A veces se lo llevo a la vieja señora Phillips. Pero la profesora quería ese árbol —señaló un árbol alto con un cartel de vendido colgado de la rama—. Y no podía entrar en su Honda, así que le dije que se lo llevaría después de cerrar —sonrió—. Supongo que se lo debo por soportar a mi hijo todos los días en la escuela.
Rob sonrió. Randy era un niño de siete años bastante travieso. El pobre Ed volvió a toser y su amigo miró su reloj.
—¿Y dónde vive esa profesora? Yo tengo tiempo de llevarle al árbol antes de recoger a Holly. Tú cierra aquí y vete a casa.
—Bendito seas —murmuró su amigo a través de su pañuelo.


Quince minutos después, Rob llegaba a la pequeña casa de Oak Grove. En la parte delantera había un Honda aparcado.
El joven no se había hecho ninguna idea previa de la profesora, pero, desde luego, no estaba preparado para la angélica visión con la que se encontró cuando le abrieron la puerta.
Era una mujer joven y extraordinariamente atractiva, con largo cabello rubio y una figura sensacional resaltada por una falda negra recta y una blusa de seda. Le hubiera gustado saber cuál era el color de sus ojos, pero no estaba lo bastante cerca para verlo.
—¿Señorita Shelton?
La joven lo miró un momento.
—Sí. ¿Deseaba algo?
Rob se tocó el borde de su gorra e inclinó ligeramente la cabeza.
—Le he traído su árbol de Navidad —anunció.
—Pero… el señor Watson…
—Me envía él. ¿Quiere que se lo meta en la casa o lo dejo aquí en el porche?
—¿Le importa llevarlo al porche de atrás?
—Claro que no.
—Voy a dar la luz —dijo ella.
Cuando volvía a la camioneta, Rob pensó que aquella mujer no debía llevar mucho tiempo en Hope o él tendría que haberla visto antes.
Cuando llegó al porche trasero, la luz exterior estaba encendida. La señorita Shelton estaba de pie con los brazos cruzados bajo el pecho.
—No sé dónde quiere ponerlo cuando lo meta dentro —comentó el hombre—. Es un árbol bastante grande. Probablemente tendrá que cortar algunas de las ramas más bajas y parte del tronco antes de poder meterlo en la casa.
—Tiene razón —replicó ella, mientras él apoyaba el árbol en una esquina del porche—. Sabía que era demasiado grande, pero era tan hermoso que no he podido evitar comprarlo —se rió sin ganas—. Me temo que me he precipitado.
A Rob le gustó el tono dulce, casi musical de la profesora. Se limpió las manos contra los tejanos y se acercó más a ella. A la luz brillante del porche, podía verla con claridad. Sus primeras conclusiones habían sido acertadas. La señorita Shelton era más que atractiva; era extraordinariamente hermosa.
El corazón le latió con fuerza y se descubrió mirando sus labios y preguntándose cómo sabrían y si serían tan suaves como parecían. Aquella reacción lo sorprendió. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan fuertemente atraído por una mujer.
Consiguió controlarse lo suficiente para preguntar:
—¿Tiene a alguien que le corte las ramas?
Mary se sintió desconcertada por el magnetismo viril de aquel hombre. ¡Era tan grande! Y ella apenas medía un metro sesenta de estatura. Suponía que era su tamaño lo que la había dejado sin aliento, pero no había nada que pudiera explicar su súbita y repentina atracción por él.
Se fijó en aquellas manos fuertes y se preguntó cómo acariciarían. Después se sintió horrorizada. ¿Se había vuelto loca? No podía creer que estuviera pensando eso de un hombre al que no había visto nunca.
—¿Se encuentra bien? —preguntó él, preocupado, acercándose más a ella.
Mary se ruborizó y lo miró a los ojos. Tras un esfuerzo enorme, consiguió sonreír.
—Estoy bien. Lo siento. ¿Qué decía?
—¿Tiene a alguien que le corte las ramas? Esta noche no tengo tiempo, pero si necesita a alguien que se las corte, puedo traer mi sierra y volver mañana por la tarde.
Mary se sintió tentada de aceptar su oferta. Ella no tenía sierra e iba a necesitar ayuda con aquel árbol tan grande, pero no podía aprovecharse de la buena disposición de aquel hombre. A juzgar por su aspecto, probablemente debía trabajar duro durante el día y acabar agotado.
—Gracias, pero no es necesario —repuso.
Rob asintió con brusquedad.
—De acuerdo. Buenas noches.
—Buenas noches —replicó ella—. Y gracias.
Lo observó bajar las escaleras del porche y entonces recordó el billete que tenía en la mano derecha. Lo había cogido de su billetero al ir a encender la luz exterior.
—Espere —gritó.
Rob se volvió.
—¿Sí?
Mary se acercó al borde de las escaleras y tendió la mano.
—Aquí tiene su propina. Lo siento. Casi se me olvida.
Rob se quedó atónito. Era evidente que la señorita Shelton lo había confundido con un empleado de Ed Watson. No supo si reír, seguirle la corriente o sentirse insultado. Al final hizo un gesto negativo con la mano.
—No es necesario.
—¡Oh, no, por favor! —suplicó Mary—. Ha sido un gran trabajo traerme el árbol. Le debo algo por la molestias. Por favor, me sentiré muy mal si no lo acepta.
Rob se mordió el labio inferior para contener la risa.
—En ese caso, lo cogeré, señora. Lo último que querría en el mundo es que usted se sintiera mal.
Cogió el billete doblado y se llevó la mano a su gorra.
—Muchas gracias, señora. Buenas noches.
Luego dio la vuelta y se alejó con rapidez.

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